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jueves, 1 de noviembre de 2012

La excavación arqueológica

Dedicado a Ana Gil. Con mucho cariño.


Trabajar en verano en una excavación arqueológica es excitante… los cinco primeros minutos. Luego te das cuenta enseguida de que ni el excesivo calor ni el sentir que tienes arena en partes de tu cuerpo que ni sospechabas que existían le aporta romanticismo a la aventura. Sobretodo si, tras un mes no has dado con otra cosa más que piedras y polvo.
En esta situación me encontraba, a una hora de irme al campamento a descansar cuando mis ojos se encontraron con la punta de algo que no parecía arena ni roca, ilusionado pero con poca fe escarbé alrededor tratando de no dañar nada. El corazón casi se me sale del pecho cuando vi que se trataba de un fósil del cual aún no sabía su procedencia, pero que se hundía en la tierra demostrando que no se trataba de un simple fragmento normal, sino de una pieza de un tamaño poco usual en este tipo de descubrimientos.
Grité, avisando a mis compañeros que viniesen corriendo a compartir conmigo el momento del hallazgo y que sacasen vídeo e imágenes del mismo. Pronto, a mi alrededor se formó un círculo de gente ansiosa por vislumbrar algo, empujándose unos a otros con el fin de estar en primera fila. Sonreí, posando para la foto y anuncié: “Hoy es un gran día para la arqueología, si tenemos suerte (y cruzo los dedos para que así sea) encontraremos en estas tierras el famoso eslabón perdido y seremos famosos a través de los siglos”
Sí, puede que la frase sonase algo presuntuosa, pero me salió así del alma, ya estaba harto de trabajar en esas condiciones y sin apenas subvenciones, sabiendo que cada día que pasaba sin encontrar nada se acababa la esperanza y mis oportunidades de ser un gran descubridor, pero ahora todo iba a cambiar, en mi interior sabía que había dado con algo importante, y, como que me llamaba Tadeus Sasimov Theus que mi nombre sería estudiado en los libros de historia.

Diez años más tarde…

El guía esperó pacientemente a que el grupo al completo llegase junto al cordón de seguridad y empezó el discurso:
-Como todos ustedes saben, nos hallamos ante el mayor descubrimiento arqueológico y científico de la historia. Pocos creían que fuese posible saber el origen de nuestra especie, pero el Doctor Sasimov creía en esa posibilidad y no descansó hasta que lo descubrió.
Gracias a este hallazgo conocemos más de nuestra fisiología, ya que, asombrosamente, el fósil no se compone de pequeños fragmentos como es habitual sino que se trata de un especímen completo, preservado intacto en piedra durante millones de años.
Parece mentira que descendamos de él debido a su pequeño tamaño y sus forma primitiva, pero sin duda notarán ciertos aspectos familiares, ¿a quién no le recuerda a un cuñado o una suegra? 
Bromas aparte, el fósil TST o más familiarmente conocido como “Tostador” llamado así por las siglas del nombre del científico que lo descubrió, también recibe ese apelativo por el hecho de que recientes informes indican que su principal función era, precisamente la de tostar pan. 
Ya ven que nuestra especie ha evolucionado asombrosamente y más desde que conseguimos eliminar la amenaza que suponía para nuestra supervivencia la infame humanidad.
Si me siguen, podrán disfrutar en nuestra sala de relax de un ajustado de tuercas y un reconfortante baño en aceite caliente para eliminar de sus circuitos toda la arena. Gracias.


La belleza del sol



Siempre había intentado imaginarme cómo sería. A mis cuarenta y dos años por fin estaba en la habitación después de una operación de cinco largas horas. Una venda cubría mis ojos, pues podía sentirla alrededor de mi cabeza.
El médico me había dicho que la mantuviera veinticuatro horas después de la operación y ya llevaba tres horas que había permanecido durmiendo. Jessica, mi hermana mayor, estaba conmigo en la habitación. Me había dicho que había una amplia ventana y que le tomaría una foto para cuando pudiera ver, porque dentro de una hora nos iríamos a mi casa en los alrededores de Madrid, en un pueblecito en el que hay mucha flora. Las vistas de la ventana (decía) daban al otro edificio del hospital nuevo de Infanta Sofía y por un lado se veían las hermosas palmeras que habían plantado en la entrada.
Yo estaba impaciente por ver. Ver los árboles, verdes en primavera, de cálidos marrones en otoño y fríos grises y blancos en invierno... Ver los pájaros que cantaban cada mañana, a mis dos hijos Pablo y Amanda y a mi marido con el que llevaba casada diez felices años, el cual había permanecido pacientemente toda la noche en la sala de espera cuando me operaban y cuando dormía sentado a mi lado, pero mi hermana le había casi obligado a que se retirara a descansar diciéndole que ella le relevaba. A parte de que quería ver todo aquello a lo que me alcanzara la vista, lo que de verdad tenía ganas de observar eran los rayos del sol. Toda mi vida imaginándome como sería despertarse cada mañana con los rayos del sol en la cara y con la visión de mis hijos revoloteando con la ilusión de ver a sus amigos en el colegio, sabiendo con seguridad que les he peinado bien y que van con la ropa adecuada…
Mientras pensaba en cómo estaría de guapa mi hermana ya mayor desde la última vez que la vi, hacía tantos años antes del accidente, me advirtió de que ya era la hora de irse a casa.
Con toda mi ilusión me colgué el bolso, que me tendía Jess, del hombro después de vestirme y me fui palpando las paredes pensando que estas eran las últimas veces que tendría que tocar todo para poder avanzar.
Mi hermana me agarró del brazo y con la confianza que me confería bajamos en el ascensor.
Ya me había despedido de las enfermeras, que tan amablemente me habían ayudado en todo lo que necesitara, y le regalé a Clara, con la que había entablado más conversación, una tarjeta con una foto de nosotras dos. Claro está, que yo tenía fotos de todas ellas, para poder reconocerlas y saber cómo eran, además Jess había escrito sus nombres debajo de cada cara.
En ese momento me entraron ganas de correr, de ir hacia el coche, a pesar de no saber ni donde estaba, y conducir dirección a mi casa para ver a mi familia... tenía tantas ganas...
Seguro que todo sería precioso. Estábamos en primavera, cosa que me entusiasmaba muchísimo, porque echaba de menos los colores de las flores.
De repente tuve miedo. ¿Y si todo lo que recordaba y creía conocer no era como yo lo recordaba? ¿Y si no sabría acostumbrarme a esta nueva vida? Lo peor de todo eran los pensamientos de inseguridad, los pensamientos que atenazaban mi mente con sus dudas sobre la operación, y sobre si daría efecto y podría ver de nuevo.
Mi hermana me hablaba cuando subimos al coche y me esforcé en escucharla, porque ya me había perdido en el hilo de mis pensamientos.
Mis sentidos estaban tan agudizados por los nervios que podía oír el sonido de las ruedas del coche al girar y rodar sobre el asfalto. Sentía calor en mi cara, y sabía que eso significaba que hacía sol y que éste me llamaba e insistía en que abriese los ojos.
El viento soplaba suave. Bajé la ventana y asomé los dedos un poco, para notar su caricia en mis yemas.
El olor a menta en el coche lo llenaba todo. Tantos años y mi hermana seguía usando el mismo ambientador de coche. Te despejaba las fosas nasales y te llegaba al cerebro recreándote una imagen de inmensos valles, con viento fresco y un lago cristalino. También recordaba al olor de la pasta de dientes, pero eso era menos especial y a mí siempre me ha gustado lo especial, las cosas que te hacen sentir que son únicas porque son tuyas, porque aunque alguien más las utilice, siempre te vendrá a la mente tu uso, su uso por las personas a las que quieres.
 Jessica puso la radio, pero ya estábamos llegando, no se por qué, pero lo sentía en mi pecho, cómo mi corazón se hinchaba y creía que se me saldría y alcanzaría el cielo, el mundo.
Cuando Jessica aparcó me temblaban las piernas.
Todavía me faltaban muchas horas para poder quitarme la venda, pero la excitación y el deseo, me hacían temblar de arriba a abajo, como si una corriente pasara por mi cuerpo y saliera, como si solo estuviera de paso pero la siguieran muchas más.
Creo que se notó cuán nerviosa estaba, porque mi hermana me cogió una mano y me susurró que me tranquilizara. No iba a pasar nada malo, incluso podría volver a pintar como lo hacía antes, me dijo. Estaba tan nerviosa...
Parecerá una tontería, pero había sufrido mucho cuando perdí la visión. A mí me encantaba leer a todas horas, me encantaba quedarme embobada mirando algo, un paisaje, un cuadro, una foto, algo que me encantara. Pero desde el accidente no pude hacerlo y esta oportunidad que se me ofreció, aquél donante... fue como si naciera de nuevo.
Oí los gritos de mis hijos y sus rápidas pisadas por la acera que conducía a la calle, donde nos encontrábamos mi hermana y yo en el coche.
Respiré profundamente y bajé del coche. Mis hijos me abrazaron y me llenaron de besos y de palabras de alegría. Que me habían echado de menos, que Amanda se iba a hacer un peinado muy bonito para que cuando pudiese ver la viera muy guapa. Pablo me dijo que él no se haría un peinado bonito, porque quería que le viese como era siempre.
No pude evitar llorar. Tenía tantísimas ganas de verlos...
Oí la voz de mi marido, David, el cual me leía todas las noches la novela que yo quisiera y no podía sentirme más orgullosa de haber encontrado un hombre tan bueno.
Cuando llegó hasta mí me abrazó y con la ayuda de mi hermana cogieron mis maletas y me acompañaron hasta la puerta de la casa. Abrí la puerta y mi hermana dijo que tenía que marcharse y volvería mañana para poder “vernos”.
Esa noche, mis dos hijos pequeños, mi marido y yo, dormimos juntos en la cama de matrimonio, arropados por una gran manta, esperando que se hiciese de día.
A la mañana siguiente, cuando desperté me giré y vi el reloj, eran las diez y media y mi familia seguía durmiendo conmigo. Cerré los ojos y suspiré, pero de repente los volví a abrir mucho y miré la habitación. Gritando de alegría desperté a mi familia. Amanda subió la persiana, dejando entrar a la habitación la belleza del sol.

@PattiSD 
Patricia Sánchez Díaz

Maldito espejo


Delante del maldito espejo,
busco encontrar la obsesión que colman mis días,
recibir una imagen que consiga saciar mi hambre,
demostrarme que todo se vá,
que aunque es mi peor enemigo,
es quien únicamente me demuestra una falsa realidad.

Promesas incumplidas
que de manera innata quedan enmascaradas,
con mentiras que me acompañan cada día,
engañando a un fatídico destino
que asoma y que espera,
mientras mi sufrimiento vá marcándole el camino.

Esa tortura diaria,
que se alimenta de mi ceguera
dibujando mis costillas,
amenazando con arrancarme
cada centímetro de mi piel,
para vestirme con la pesada soledad.

Esa angustia que me perturba,
arrastrándome a un pozo de desequilibrio y enfermedad,
engañándome con un falso control,
desordenando mi fortaleza
y envenenando mis sueños.

Sueños que quedaron
atrapados sobre una mesa
y aun te preguntas como y cuando todo empezó.
Tu sufrimiento desprende solo incomprensión.
Enemigos ves en cada corazón
que te acompaña y que espera
a que abras los ojos a la vida
y que tu risa sea tu única enfermedad.


Delante del Maldito espejo….

…………………

Este poema refleja los sentimientos que afloran por una enfermedad que aún hoy es  incomprendida por muchos y cuyo nombre para ciertas personas es difícil de nombrar y lo peor de todo,  de aceptar: Anorexia

María de los Ángeles  Calduch Catrofe

Otra historia de amor


Se puede ver una gran azotea. Normal, como tienden a ser las azoteas. Cuatro esquinas  y los lados que daban al vacío. Pero lo que más resaltaba de todo, a parte de la puerta que daba al hotel, era la piscina que había en el medio. Era una piscina pequeña, pero envidiable para muchos. Se notaba que había sido recientemente limpiada pues el agua se hallaba clara y en calma. Ahí también se puede observar lo que parece una pareja, y uno de ellos ayuda a salir al otro de la piscina.
Recuerdo haber nombrado una puerta. Pues bien no hará quince minutos desde que la pareja entró por ahí para darse un chapuzón. Esta pareja tenía en mente casarse en un par de días, y estaban celebrando su pre-luna de miel. ¿Qué es eso? A mi no me pregunten yo digo lo que él piensa.

Antes de que él la ayudase a salir de la piscina, estuvieron ahí jugueteando tonteando y demostrando su mutuo amor el uno por el otro.
Con mucho cuidado fueron ellos a tumbarse en una gran toalla estirada en el duro suelo. Allí cabían los dos. A cada lado una copa rellena de champagne. Pero un gran problema había que le impedía a ella beber. Tristeza era su nombre, y su cara estaba completamente descuadrada por ella. Él en cambio bebía y bebía y nada ni nadie podía pararlo, así que ella no tuvo intención de hacerlo.
Pero entonces él se dio cuenta. Vio su rostro y el suyo se contrajo con el de ella, con su visión.
-No amor- dijo- no te perderé, no estés triste por ello, nunca dejaré que me separen de ti.

Así que para cambiar aquel triste rostro por uno sonriente comenzó a contarla la vez que se conocieron.
Para acomodarla él apoyó el codo izquierdo en la toalla y la trajo hacia si para pasar con más facilidad el mismo brazo por la espalda de ella, y así de esta manera reforzar el sentimiento con un abrazo.
La besó en los labios, y comenzó.

-¿Recuerdas como nos conocimos? Fue en la playa de Benidorm. Yo sentía la arena caliente bajo mis pies, una suave brisa parecía bailar conmigo esa mañana, y las olas se mecían en la mar. Entonces… Te vi. A lo lejos. Dentro del agua. Te ahogabas.
Nadé hacia ti. Cuando llegué tú ya te habías hundido un poco, por lo que me di prisa para sacarte de ahí y reanimarte. Tenía miedo de rozar tus labios e intoxicarte con los míos. Pues amor, yo en comparación con tu belleza y tu ser no era más que veneno.
Pero tenía que ayudarte rápido pues te perdía. Mis labios se acercaron a los tuyos, y comencé a reanimarte. Nuestro primer beso fue el que te devolvió la vida, y entre toses y espasmos me miraste, me abrazaste, y como pudiste me diste las gracias para después desmayarte. Mientras tú permanecías inconsciente te dije que te quería. En ese momento te juré amor eterno según te llevaba al coche de camino al hospital. Pasé un par de días contigo hasta que te dieron el alta y cuando todo pasó te llevé a casa. Allí te expliqué mis sentimientos y te pedí que fueses a vivir conmigo. Tú aceptaste. Así pasamos felices cinco años hasta que, hace poco, conseguí el valor de pedirte que te casaras conmigo. Ahora míranos, tan felices los dos. Queriéndonos como siempre lo hicimos. Porque amor, nos conocemos desde siempre, estábamos destinados. Mi destino era salvarte. Pero ahora no puedo. Tu silencio me lo impide, y no puedo darte vida.
Y aquí yaces, en mis brazos de nuevo.

Ahora observamos, podemos ver la realidad que nos rodea, pero, ¿esto lo es? Vemos la mirada perdida en los ojos de ella, y como su cuerpo comienza a palidecer. Él la vuelve a besar en sus morados labios.
Vemos como él mira al horizonte. Mira fijamente a la puesta de sol y el astro comienza a quemarle las retinas, pero no le importa porque esta recordando. Recuerda el susurro de las suaves olas estrellarse y romper contra las rocas allí en Benidorm. Recuerda la arena bajo sus rodillas y las manos sobre el pecho de la chica ahogada intentando reanimarla.
Volvió de nuevo a aquella piscina pero para quedarse poco tiempo, pues rápidamente dejó el cuerpo de la que iba a ser su futura esposa tumbado en la toalla.
Se encaminó hacia uno de los lados de la azotea. Miró atrás. Susurró un te quiero. Saltó.
Sentía en la caída la arena a su alrededor, cerro los ojos, pero cuando llego a bajo no murió.
Cuando los abrió estaba de nuevo en la playa, sentía la brisa y la humedad en el ambiente. La arena le raspaba las rodillas, y la visión de la chica tumbada sin poder levantarse desgarró su alma.

 PeJota @David_Jabas

Nada es igual


Era una mañana fría aunque soleada, Anais se despierta; era bastante temprano.
¡Oh!, que bien se esta entre las sabanas, piensa. Poco a poco se levanta, se sienta en la cama, se despereza y busca juguetonamente sus zapatos; al fin los encuentra y se los pone, los ata con fuerza; se dirige hacia el baño, le encanta lavarse la cara con agua fría, ¡qué sensación tan maravillosa!. Mientras el agua cae por su rostro se mira al espejo, ha perdido algunos kilos en unas semanas, pero aun así, qué bella se veía, su piel tersa y joven, sus ojos azules que tantos corazones había enamorado y roto, su pelo largo y rubio...
¡Boom! De repente un ruido fuerte la saca de sus pensamientos y la devuelve a la realidad ¿que habrá sido eso? se pregunta.
¡Boom! parecía que el sonido provenía del salón, tenía que cruzar un pasillo largo y oscuro...iba hacia el salón, sabiendo que no encontraría allí a su querida y fiel perrita dándole los buenos días saltando y moviendo su colita, o su madre preguntándole que iba a querer para desayunar, tan solo le quedaban unos pasos para entrar al salón, cuando lo vió. Sus peores pesadillas se hicieron realidad; allí estaba uno de esos seres con los ojos inyectados en sangre mirándola con rabia irracional y con los brazos hacia delante queriéndola agarrar.
Anais no sabe como ese ser consiguió entrar pero allí estaba, decide salir corriendo, va hacia la puerta y sale de aquella casa que durante semanas la había echo su hogar, corre y corre sin mirar atrás y sin saber a donde va, poco a poco se da cuenta que no controla la situación, que esta siendo empujada por el pánico. En ese momento se siente cansada, siente como sus piernas le pesan, su respiración es entrecortada y forzada, su garganta se seca, no pueda más pero sigue corriendo no quiere morir y mucho menos de esa forma.
De repente todo a su alrededor se nubla, todo parece ir mas despacio no entiende qué le esta sucediendo, siente un gran quemazón en el pecho, cae al suelo. Cierra los ojos imaginando cientos de dentelladas desgarrándole todo el cuerpo, músculos, tendones...algunas lágrimas brotan de sus ojos...sabe que morirá pero lo que mas le asusta es saber que en cuestión de horas sera uno de esos seres que debía de estar muerto pero por alguna razón vuelven a la vida llenos de rabia esperando la víctima perfecta.
Siente que tiran de ella "se acabo, es el fin" se dice en su mente una y otra vez...pero no siente nada, no siente dentelladas en su cuerpo, no entiende qué es lo que pasa "¿estaré ya muerta?" de repente escucha que alguien le habla.
-¿Estas bien?, responde por favor.
 -Esta muerta Carlos le han mordido! vamos déjala ¡larguémonos!
-¡No! no esta muerta se que no...por favor espera un poco
-Vayámonos, esas cosas se acercan y no podremos salir de aquí, nos quedaremos atrapados. -Anais quiere decir que esta bien que no esta mordida pero tiene la garganta seca y no emite ningún sonido...
-¡Vámonooos rápido!! -Anais sabe que o hace algo o la abandonaran a su suerte. Con mucha fuerza consigue decir que esta bien...
-Eh esperar ¡esta hablando! - Por fin consigue abrir los ojos, ve a un joven que tendría su misma edad mirándole, era moreno alto y corpulento, con ojos color miel y una barba un poco descuidada, le pareció muy guapo y se sonrojó
-Hola, me llamo Carlos estos son José y Sofía!
-Hoo, holaa pudo al fin decir.
-¿Cómo te llamas?
-Yo, yo, me llam...
-¡Vamos! ya habrá tiempo para presentaciones tenemos que irnos ¡Ya! -La levantaron casi sin esfuerzo y volvieron a la calle.
Entonces Anais lo vio todo algo mas claro...había corrido durante mucho tiempo pues se encontraba lejos de donde estaba, lo que ella llamó hogar, estaban en una tienda donde suponía esos chicos habían entrado a por provisiones cuando la vieron huir de esos seres, se tuvo que desmayar cerca y decidieron salvarla. Tuvo suerte y ella lo sabe.
Corrieron, escondiéndose entre los coches estrellados que había por toda la calle, corrieron un par de calles mas hasta llegar a una casa que parecía muy pequeña y vieja; entraron a toda prisa
-¡Uff!, por poco -Dijo aquella niña.
Apenas pudo fijarse en ella, era una niña de no mas de 10 años, de ojos verdes y pelo largo y castaño, qué guapa que era.
-¡Hola! le dijo Sofía con su cara sonriente ¿como te llamas?
-Me llamo Anais.
-Hola Anais, encantada soy Sofía.
-Yo soy Carlos. -El otro chico le pareció que sería José, un chico delgado y no muy alto, de tez blanca, de pelo rubio y ojos claros...
-Yo soy José -Le dijo al fin. - No parecía cómodo con la presencia de Anais, se fue a otra sala.
 -perdónale estamos cansados y hambrientos, el salvarte supuso gastar unas energías que no tenemos y...
-No te preocupes. -Dijo de repente Sofía -Es un buen chico solo algo tímido y gruñón. -Anais sonrió, no lo podía creer pero por una vez en estas semanas se sentía...¡Segura! era una sensación tan extraña y maravillosa a la vez. Sonrió con mas ganas.
-Y bueno... ¿que hacías corriendo por medio de la calle sabiendo que  todas esas "cosas" están por todos lados y que te persiguen? -Pregunto Carlos, -¿es que querías suicidarte?
-¿Qué? No, yo no... -¿es que querías suicidarte? esas palabras resonaron en su mente..
-¿Entonces que hacías? - pregunto Sofía que había cogido un trozo de alguna chocolatina y se la daba para que la compartieran las dos.
-Gracias, yo...también me escondía en una casa, me sentía segura en ella, pensaba que no podrían entrar, pero me equivoque, escuche un ruido y allí estaba una de esas "cosas" y me deje llevar por el pánico, fui una tonta lo sé... -Anais se sentía avergonzada por haber puesto en riesgo su vida y la de ellos de aquella manera
- Y ¿por donde entró?
- No lo sé, creo que por una ventana alta que se rompió hace unos días tras una fuerte tormenta, quise repararla pero pensé que no pasaría nada... qué equivocada estaba...
-Bueno, estarás cansada. Nosotros lo estamos, come algo y descansa ya tendremos tiempo para seguir conociéndonos - dijo Carlos con una gran sonrisa en su cara, a Anais le pareció una sonrisa preciosa, ooh que guapo era..., se sonrojo de nuevo, cogió otro tozo de chocolatina y se tumbo en unos cojines, sonríe y cierra los ojos, siente que al fin podrá descansar.

@Anamitq 

Feo

Esta historia comienza en un campo de fútbol. Un hombre, con el balón en las manos, se aproxima hacia el punto de penalti. Una mujer, mientras se pone bien los guantes en las manos, se dirige a la portería y se coloca bajo palos. Se masca la tensión en el ambiente. El hombre da dos pasos para atrás, toma impulso y lanza. Gol. ¿Qué coño gol? Ha sido un golazo por toda la escuadra. La mujer se lamenta en el suelo, mirando la red con impotencia, mientras el hombre también está tirado por los suelos, gritando y lamentándose.
Nueve meses después, en el hospital más cercano, la mujer dio a luz. Ya sé lo que estarán pensando: es una manera rara de explicar una concepción, pero seguro que ustedes la aprecian más que una tórrida escena sexual llena de detalles escabrosos… Total, el caso es que la buena mujer dio a luz, y ahí se lió todo… El doctor, nada más sacar a la criatura y antes de entregársela a la madre, dijo:
- ¡Enhorabuena, señora! Ha tenido un precioso gremlin… Tenga mucho cuidado con mojarlo y todo irá bien.
- No señor, no… Mire bien, que no tiene pelos… - Le corrigió solícita la enfermera.
- A ver, a ver… - Dijo el doctor mientras examinaba con detenimiento al recién nacido. - ¡Ah, no, que es un humano! Me he equivocado y reconozco mi error señora, que dicen que rectificar es de sabios… Señora – dijo antes de darle definitivamente a su hijo – enhorabuena, ha tenido un niño horrible…
La madre nada más recibir a su hijo entró en un estado de shock postraumático del que consiguió salir cuarenta y ocho horas después. Dos días después, el médico volvió a hacerle la entrega solemne de su hijo.
- Es más feo que el culo de un mono, doctor…
- No le voy a engañar señora… Nada más verlo y darme cuenta de que era humano me entraron arcadas… No he visto cosa más fea en mi vida, y mira que dedicándote a la obstetricia ves muchas cosas… He estado en multitud de partos, he sacado a un montón de críos llorones ensangrentados que parecían un alien, pero lo de su hijo… Lo de su hijo no tiene nombre, señora. La madre Naturaleza a veces tiene un sentido del humor muy raro.
- Doctor… ¿Cómo voy a criarlo? Si me da grima verle…
- Mire señora, para empezar yo le recomendaría que intentara darle el pecho de espaldas para no verle la cara.
- ¿Te crees que soy la niña del exorcista? Tío… Que tengo una columna vertebral sólida, que eso que me pide es imposible… Parece mentira que sea usted médico…
- Oiga señora – empezó a decir el doctor bastante indignado - yo soy un grandísimo médico, ¿eh? En mi especialidad soy un máquina, soy un figura, soy el Balón de Oro, ¿eh? Siete veces consecutivas elegido como mejor partero de España… Tengo el récord… Lo que pasa es que ya me sacas de lo que es mi especialidad y sé un poquito menos… Pero bueno señora, no se distraiga, que aquí estábamos metiéndonos con su hijo y no con mi falta de conocimientos médicos…
- Es verdad doctor, disculpe usted…
- Disculpada está, hija mía.
Finalmente y tras barajar nombres tan estrambóticos como Abominación o Aborto, le pusieron al crío el nombre para nada ofensivo de Accidente. La infancia del pequeño Accidente fue muy dura. Los padres de los demás niños le decían a sus hijos para que se fueran a dormir que o se acostaban ya o llamaban a Accidente para que les atacara. La madre del niño, con mucha voluntad, le ponía a su hijo todos los días La bella y la bestia, para que no se sintiera mal y el mensaje de que la belleza está en el interior, le llegara bien hondo.
Esta idea, la de que la belleza está en el interior, no consolaba en absoluto al pequeño Accidente, ya que, pese a tener siete años, pensaba: “Vamos a ver, en el interior sólo hay vísceras y sangre, y eso es algo asqueroso… ¿Cómo va a estar la belleza en el interior si el interior es repugnante?” Él prefería el cuento del patito feo y esperaba que, a medida que creciera, se acabaría convirtiendo en un cisne de cuello blanco que cantara bellísimas melodías antes de morir.
Accidente creció, y diez años después, dejó de ser un niño feo. Se convirtió en un adolescente más feo todavía. Es lo que tiene el paso del tiempo. El acné empeoró terriblemente su aspecto. Pese a todo, él no se desanimó en absoluto y seguía esperando que, cuando abandonara la adolescencia, se acabara cumpliendo el guión del cuento del patito feo. Pero su madre no tenía tanta paciencia como él y viendo que había dejado los estudios, no tuvo otra que abandonarlo en el circo más cercano…
- Aquí serás feliz hijo mío… Hay más monstruos como tú que…
- ¿Monstruos madre? - preguntó Accidente delante de la carpa del circo, mientras se bajaba del todoterreno de su madre.
- Quiero decir… Gente especial… Hay más gente especial como tú, que seguramente comprenderá por lo que estás pasando, porque sabe lo duro que es ser una abominación ante los ojos de Dios y te podrá dar todo el amor y la comprensión que yo no he sabido darte por ser una mujer demasiado superficial…
- Vaya mamá, qué profundo te ha quedado eso.
- Es que antes de que el cabrón de tu padre me preñara a la salida de aquel Barça-Madrid yo era una chica con ilusiones, con perspectivas y a punto de ser universitaria. – Respondió la madre algo incómoda. – El caso, hijo mío, es que aquí serás feliz y además tendrás un trabajo honrado. He cumplido con mi deber como madre.
- Gracias, madre… Te estaré eternamente agradecido. – Dijo Accidente conmovido.
- Pues si quieres mostrarme ese agradecimiento eterno, hazme un favor: no vengas a verme nunca más, que esto de vivir con los ojos cerrados siempre es muy chungo. Y ahora, entra a la carpa para que pueda abrir los ojos. – Dijo la madre. Accidente se dio la vuelta y entró en el circo. La madre abrió los ojos y tanta luminosidad, la cegó de repente. - ¡Ostia, cuánta luz hay aquí! En fin… Vamos a ver si me acuerdo de cómo coño se conducía con los ojos abiertos…
Y dejamos aquí a la madre de Accidente, que no saldrá más en el transcurso de la historia puesto que nuestro protagonista, aunque feo, era un hombre de palabra. Una vez en el circo, la vida le cambió completamente. Estuvo cerca de dos años trabajando allí como “el hombre más feo del mundo” y se sentía bastante integrado. De hecho, allí encontró a su primera novia: la mujer barbuda. Tenían planes de futuro. Tenían planeado casarse y tener hijos más feos que ellos, pero un día oscuro y aciago esos planes acabaron yéndose a la mierda.
En el circo contrataron fieras, ya que era un circo pequeño, de barrio, que fue creciendo poco a poco. Primero contrataron a los payasos, después a los funambulistas, después a la mujer barbuda, a los enanos, al gigante forzudo y finalmente, a Accidente. Como la cosa prosperó pese a estar en crisis económica mundial, perdón, desaceleración, se permitieron el lujo de comprar fieras.
Panteras, muflones, pingüinos, elefantes, tigres y leones que querían ser campeones e incluso, el bicho más sanguinario que existe: una cabra recién jubilada de la Legión. Pero las fieras, pese a ser verdaderas fieras y seres sin sentimientos ni corazón, tenían un problema: Accidente. Era verlo, y los bichos se acojonaban. Se asustaban, lloraban, se deprimían. Y claro, no lucían en absoluto en las representaciones. El jefe del circo tenía un serio dilema: sacrificar a las fieras y comérselas o echar a Accidente de la organización.
- ¡Dios, pero es un chico tan simpático! Es el alma de las fiestas… Además, es buenísimo jugando al mus… Nunca he visto a nadie tan bueno… Y se va a casar con la Catalina, la mujer barbuda… De hecho ella se está arreglando la barba por primera vez y se la ha dejado como Lincoln sólo para darle el gusto a Accidente… ¿Qué clase de jefe sería si le diera prioridad al bienestar de la empresa antes que al de los trabajadores? – pensaba el jefe del circo.
Como era un jefe del siglo XXI y las corrientes socialistas utópicas habían fracasado estrepitosamente, acabó primando el bienestar de la empresa y Accidente fue despedido. Se le recomendó que participara en los concursos de provincias de feos y allí se encaminó nuestro protagonista, con el corazón roto, ya que al ser despedido sus planes de boda con Catalina se vieron arruinados. Su carrera como concursante de provincias fue corta. No lo dejaron participar por ser demasiado feo.
Así pues, Accidente estaba desesperado, entristecido, enfurecido consigo mismo y con el mundo. Y de repente, su suerte cambió. Estaba paseando tranquilamente por la algecireña playa de Getares, llena de chapapote procedente de las refinerías y de gaviotas muertas, cuando tropezó con algo. Al principio, creyó que era el cadáver de otra gaviota, pero mientras se limpiaba la cara de chapapote, se dio cuenta de que no.
Había tropezado con una lámpara de aceite. La cogió del suelo, la examinó y leyó una inscripción que tenía: “No es una lámpara mágica… ¿Qué clase de persona cree hoy día en esas cosas?” Pese a todo, Accidente la frotó para limpiarla, porque tenía pensado venderla en el mercadillo de los Domingos y ocurrió…
De la lámpara surgió todo un espectáculo de luz y sonido, con música tecno y fuegos artificiales hasta que, finalmente, apareció un hombrecillo.
- Saludos, mortal… Soy el genio de esta lámpara y frotándola me has invocado.
- Pero… Pero… Pero si pone que no es una lámpara mágica… - musitó Accidente.
- Ya, eso es básicamente para que no me la frote cualquiera y no andar cumpliendo los deseos de mucha gente. Esto de ser genio es muy cansino.
- ¿Y te funciona ese sistema?
- No… Todo el que ve la lámpara pasa olímpicamente de la inscripción y la frota… Ya eres mi séptimo cliente de hoy.
- Vaya, estás solicitado, amigo. Deberías poner una inscripción que acojonara más como: “Cuidado con el perro, no me frotes”. Eso siempre impacta.
- ¡Gracias amigo! – Dijo el genio. – Lo tendré en cuenta.
Accidente y el genio, que resultó llamarse Filomeno, caminaron tranquilamente por la orilla de la playa. Mientras anduvieron, Accidente contó todas sus penurias, sus males y sus frustraciones. Filomeno escuchó atentamente y le dijo:
- Bueno chaval… Yo puedo ayudarte. Puedo hacerte cambiar. Puedo cumplir todos tus deseos… Bueno, en verdad sólo uno, porque soy un genio de nivel W, que es lo más bajo que hay… La verdad es que mataría por ser un genio de nivel X… Esos sí que viven la vida. ¿Conoces a un tal Nacho Vidal? – Accidente negó con la cabeza. – Vaya… Ese es el genio de nivel X más famoso del mundo. En fin, el caso, querido amigo, es que te puedo ayudar…
- No creo que pueda ayudarme, Filomeno… Lo mío no tiene arreglo, por muy bueno que usted sea en el oficio.
- Querido amigo, todo tiene arreglo en esta vida, menos la muerte. Y Walt Disney lleva años trabajando en frío para ponerle remedio a ello, así que no te desanimes. Yo he hecho cosas increíbles… Mira, cogí a un vagabundo en Francia y lo hice Presidente del país. Ahora está forrado y vive con una cantante de éxito.
- Eso no tiene mérito… Cualquiera puede ser Presidente de un país y si no, mira a George Bush… Borracho, jugador y pendenciero y dos veces elegido Presidente de Estados Unidos.
- Ostia, pues ahora que lo dices… Lo de Nico tal vez no tuvo tanto mérito… Pero bueno, que te puedo ayudar. A ver, ¿tú qué quieres?
- Yo… Yo quiero ser aceptado. Quiero ser un hombre guapo, guapo, guapo. Pero no sólo guapo, sino guapo que te cagas. De estos que van las tías por la calle, lo ven y sienten un ansia irreprimible de quitarle la ropa… ¿Es eso posible?
- Claro que sí… ¿Conoces a George Clooney? ¿A Leonardo DiCaprio? ¿Tom Cruise? – preguntó el genio fardando de currículum.
- ¿Esos quiénes son?
- Actores guapos y sersis de Hollywood. – Contestó Filomeno.
- No… Yo actores guapos sólo conozco a Andrés Pajares y a Tom Hanks…
- Pues vaya… Bueno, el caso es que todos esos actores antes de que me pidieran fama, fortuna y mujeres eran fetos malparidos como tú… ¡Soy mejor que Corporación Dermoestética! Así que prepárate, Accidente, porque tu vida va a cambiar radicalmente…
El genio lanzó un rayo de luz mágica que transformó por completo a Accidente. Dejó de ser horrible, dejó de ser más feo que el culo de un mono y se convirtió en el hombre más guapo del mundo. El genio, una vez hizo su trabajo, se metió otra vez en la lámpara y estuvo a la espera de que algún otro listo tropezara con ella y le pidiera otro deseo.
Accidente se notaba poderoso, diferente y la prueba de fuego para ver si había cambiado de verdad la pasó cuando una chica que estaba buenérrima, para tomar pan y mojar, lo vio y sin más se lo llevó a su casa. Y así fueron pasando los años para Accidente. Iba de cama en cama, de mujer en mujer. Era un hombre rico al que invitaban a todas las cenas importantes y era apreciado por los guapos y los famosos de todo el mundo. Pero dentro de su corazón había un gran vacío que ni la noche más lujuriosa y orgiástica que podáis imaginar era capaz de llenar. Así que, una noche, cogió su jet privado y retornó a la playa de Getares, en busca de la lámpara de Filomeno.
No tardó en encontrarla, aunque esta vez el genio había cambiado la inscripción. Ahora, podía leerse: “No me frotes. Te aseguro que si lo haces, de aquí no va a salir ningún genio, pero sí una horda de caniches asesinos.” Accidente hizo caso omiso, la frotó y tras el espectáculo de luz y sonido, Filomeno volvió a aparecer.
- ¡Hombre, pero si eres tú! ¿Cómo te va?
- Pues… Ahora te cuento Filomeno… Veo que has cambiado la inscripción. ¿Te va mejor que con la otra?
- ¡Qué va! La gente sigue frotándola… Esto es una auténtica jodienda, macho.
- Tal vez si en lugar de amenazar con caniches asesinos lo hicieras con pitbulls… Eso acojona más.
- Tomaré nota, amigo mío… En fin, ¿por qué me has invocado?
- Pues porque estoy cansado… Es terrible esto de ser guapo. Vas de tía en tía, de cama en cama, como un vulgar trapo. No es lo que había imaginado…
- ¿Entonces qué quieres?
- Bueno, verás… Desde luego no quiero volver a ser feo… No, eso era horrible… Toda mi infancia quise que me pasara algo como en el cuento del patito feo. Irme a dormir un día siendo más feo que el Fary chupando un limón y despertarme siendo un cisne de cuello blanco, precioso, majestuoso… No sé, Filomeno. ¡Es tan complicado!
- No, no te creas… Creo que sé lo que quieres, amigo mío. Debiste haberme contado esto la primera vez, así no te habría convertido en el tío más guapo del mundo ni te habría hecho pasar por el suplicio de acostarte con hermosas mujeres… Déjalo todo en mis manos.
Y volvió a lanzar un rayo de luz mágica sobre el cuerpo de Accidente, que de repente, dejó de ser el hombre más guapo y apetecible del mundo para ser un hermoso cisne blanco. Y así acaba la historia de Accidente, que fue feliz como cisne el resto de sus días, que no fueron muchos, ya que fue cazado por un cazador furtivo.

@diegombelmonte

Coulrofobia

Coulrofobia - La fabrica de los talentos

(Se ve la pantalla en negro y se oye una voz)

Hola, mi nombre es Guillermino Serrano y tengo un problema... Tengo miedo a los payasos. Sería algo sin importancia de no ser por mi profesión... Soy un payaso. Y cuando digo payaso digo payaso de pura cepa, no uno de esos que forman parte del gremio y que lo único que hacen es enturbiar y desprestigiar la profesión como un árbitro de fútbol, un presidente de empresa, una modelo politoxicómana o un político. No... Yo soy un payaso de los de nariz roja, cara pintada y ropajes chillones. Soy Willy el Payaso...

(Se enciende la luz y se ve a Willy el Payaso)

INICIOS
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(Está Willy el Payaso sentado en un sofá. Tiene un vaso de agua y bebe a sorbos regulares)

Bien... Como he dicho antes, soy Willy el Payaso y tengo lo que científicamente se conoce como coulrofobia y que en el argot popular es llamado miedo a los payasos... Soy un payaso que tiene miedo a los payasos. Un hombre que se tiene miedo a sí mismo. Ya sé lo que estarán pensando: '¿te estás quedando con nosotros Willy? Si tampoco eres tan feo como para tenerte miedo... Si Quasimodo podía mirarse a un espejo, ¿por qué tú no?' Me lo han dicho millones de veces los psiquiatras y, o, u psicoanalistas a los que acudí desesperado en busca de una solución a mi problema. La primera reacción de los especialistas es la de reírse descaradamente, después la incredulidad y finalmente, el desconcierto. 'Es el caso más raro que he visto en mi vida...', suelen decir todos. Es un caso extremo, lo reconozco. Pero mi miedo es real...

(Se va la imagen a una consulta psiquiátrica)

Hola, soy Rigoberto Mangorreidía y soy el actual psiquiatra del señor Guillermino Serrano... La verdad es que yo cuando lo vi por vez primera tumbado en el diván pensé que se trataba de una coña. Pero no... Es un caso extremo. ¡Un payaso que tiene miedo a los payasos! Lo primero en lo que piensas es: 'Esto parece sacado de una película de Almodóvar'. Ojo, de las primeras... Esas películas sí que eran idas de olla y lo demás tonterías. Pero bueno, volviendo a Guillermino, uno escucha su historia y se da cuenta de que es un hombre atormentado y traumado desde su más tierna infancia...

(Se vuelve al salón de Willy el Payaso)

¿Desde cuándo tengo este miedo? Desde el primer momento... Verán, yo vengo de una estirpe de rancio abolengo de payasos. Todos payasos famosos, célebres... Payasos de pura cepa. Soy como los caballos: un pura sangre dentro del mundo payasil. Mi miedo se remonta al mismo instante de mi nacimiento. Mis padres desconfiaban de los médicos de los hospitales de la región porque decían que eran todos unos payasos y ya que a mi madre la iba a acabar asistiendo un payaso, preferían que lo hiciera un profesional. Así pues, ingresaron a mi madre en el Hospital de Payasos de San Vicente de la Barquera y allí vi la luz. Nada más asomar la cabeza por el canal del parto, mis pequeños ojos toparon con una monstruosidad: un hombre con bata blanca, una nariz roja enorme, una peluca rizada de color azul y la cara totalmente pintada de blanco. Al verlo me acojoné bastante y traté de volver a dentro, a ver si así desaparecía ese hombre. Estuvimos forcejeando cerca de veinte minutos si no recuerdo mal, tengan en cuenta que era muy chiquito y que la memoria me falla... Me sacaba, conseguía revolverme y me metía para adentro otra vez. Mi madre estaba desquiciada. El doctor, desesperado. Mi padre llegó a pensar si no hubiera sido mejor ir al Hospital Universitario. Creo que fue la única crisis de fe que tuvo el buen hombre en toda su vida. Yo estaba asqueado. Esperpéntico. Al final no sé cómo el doctor consiguió sacarme. Lo tuve frente a frente, pude ver su gesto, su cara pintada... Todo. Y rompí a llorar. No hizo falta que me pegara en el culo. Lo hice solo...

(Se vuelve a la consulta del psiquiatra)

Lo más curioso de Guillermino es que tiene una memoria prodigiosa. Fíjense que debido a la fascinación que siento por él, lo invité el otro día a comer en casa y se acordaba del nombre y además era capaz de diferenciar a mis ocho hijas (que son octillizas) y además, se acordaba del nombre de mi esposa. Lo cual, me vino bastante bien porque no paraba de llamarla como a sus hermanas... Es que mi esposa también es octilliza... Es un caso único de la naturaleza. Y lo de Guillermino, también, ¿eh? Es un caso único de la naturaleza, no sólo por su fobia extrema sino por su memoria... Yo a veces he llegado a pensar que en verdad es hijo de un elefante. Teniendo en cuenta el ambiente circense, no sería de extrañar... Allí todo el mundo se acuesta con todo el mundo.

INFANCIA Y COLOCACIÓN PROFESIONAL
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Mi infancia fue una puta mierda. Imagínenselo. Vivía en un cuchitril pequeñito con mis padres, los dos payasos de profesión, mis cinco hermanos, que también eran payasos, y un chimpancé, que fue mi mejor amigo hasta que decidió dejar de comer plátanos y disfrazarse de payaso. En casa no podía estar. De hecho, hubo un tiempo que mis padres se preocuparon porque no podía emitir sonido alguno y creyeron que era mudo. Lo que pasaba es que de tanto gritar de miedo me había quedado afónico. Recuperé el habla una semana que se fueron todos los familiares de gira por Rumanía. Creo que fue la mejor semana de mi vida. Ya después volvieron mis padres y volví a enmudecer después de estar media hora gritando como un loco poseso delante de la puerta de la casa. En la escuela las cosas no fueron mejor... Tuve una educación muy pobre en cuanto a cultura general se refiere. No sé leer, no sé escribir, no sé quién fue Cristóbal Colón... Ahora cuando acabemos la grabación les agradecería que me lo contaran, gracias... Tampoco sé sumar, restar, multiplicar, dividir... No... Sólo sé hacer cosas de payasos. Me sé la vida y milagros de los payasos más famosos de la historia, como IT el payaso asesino, Krusty, Popy, Pagliacci, Miliki, Bozo... Como no hablaba mucho porque me quedaba afónico con frecuencia, me orientaron a la carrera de mimo. Esos son los peores payasos que hay... Aprendí a hacer miles de trucos de mimo, como el de la cuerda, el yoyó, la pared... Fue muy triste. Lo peor de todo era vivir con miedo constante. Estaba en casa y tenía miedo. Salía de casa, paseaba por Clown Street y tenía miedo. Llegaba al colegio y tenía miedo. Almorzaba en el McDonald's y tenía más miedo... Cuando abrieron el Burger King, les juro que no cabía en mí de gozo. Aunque ese gozo no duró mucho, porque descubrí que era republicano y la idea de ver al Rey ese no me hacía gracia... Pero bueno, volvamos a mis tiempos escolares. Pese a tener muchísimo miedo y mi carácter introvertido, acabé matriculándome con honores como mimo... Mis padres estaban orgullosísimos de mí... Total, que acabé trabajando de eso, aunque últimamente gracias al doctor Mangorreidía me estoy repensando mi futuro profesional...

(Se vuelve a la consulta del psiquiatra)

En efecto, la última vez que charlamos Guillermino y yo en la consulta parecí verlo más reconfortado. Empezamos a hablar y él se sentía muy mal porque decía que era una fobia estúpida y acabé diciéndole que había gente muy famosa que tenía ese mismo miedo, para que no se sintiera tan mal... Y al salir el nombre de Johnny Depp no sé por qué pero se sintió muy aliviado...

(Se vuelve al sofá de Willy el Payaso)

¡Tengo un plan maligno! Extorsión. La idea es ir a casa del señor Depp, asustarlo un poco y sacarle toda la pasta que pueda. Ya me lo imagino, atado a una silla... Yo paseando majestuoso delante suya y diciéndole 'Señor Depp, esto puede hacerse de una forma fácil o difícil... Me he visto todas sus películas y me sabría mal tener que hacerlo por el método difícil...' Él se negaría a cooperar. Siempre pasa. Es el estándar. Y entonces le diría: 'Señor Depp, no me obligue a ponerme la nariz de gomaespuma'. Y el gritaría desesperado 'No!!! La nariz no!!! Cualquier cosa menos eso!!' Por favor, no le cuenten nada al doctor, que dice que he progresado bastante en los últimos tiempos y no quisiera decepcionarle.

VIDA COTIDIANA
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Mi vida cotidiana es tormentosa... Es terrible, ¿eh? Desde que me levanto hasta que me acuesto mi vida es un auténtico infierno... ¿Ustedes han oído hablar de que los monos no pueden verse reflejados en un espejo porque les da un síncope y se vuelven muy agresivos? A mí me pasa algo similar...

(Se ve el cuarto de baño de Willy el Payaso. Se enciende la luz, entra Willy y se mira en el espejo. Empieza a gritar desconsoladamente. Después de apartar la mirada y de calmarse un poco, vuelve a mirar y a gritar otra vez. Se vuelve al salón de Willy)

Es un infierno, me quedo lo menos una hora gritando solo, asustado de mi propio reflejo... Después, el trabajo es una mierda. Dejé lo de la mímica a las primeras de cambio y pasé a trabajar como payaso único en circos, ferias, fiestas infantiles... Si trabajo con alguien más del gremio me acojono, me bloqueo y no puedo. Además, ahí me va muy malamente, porque no soy una persona muy divertida y mis chistes son pésimos. Mi mejor chiste es este: 'esto es un calvo que entra en una peluqería y dice: 'perdonen, me he equivocado'. Yo me parto con él, pero el resto de la gente no... Así pues, el público se aburre... Llevo cerca de un mes en paro... Me estoy pensando muy seriamente eso de extorsionar a Johnny Depp...

LO PEOR
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¿Lo peor de ser coulrófobo? Pues lo peor está a la hora de pedir ayuda, claro está. Los psiquiatras son muy caros y lo más barato y efectivo es ir a grupos de autoayuda. Como alcohólicos anónimos, pero en versión payasiana. Y claro, la cosa no iba ni de coña. En el grupo de autoayuda no podñia estar porque entraba y al verme vestido de payaso, la gente me se asustaba y así no se podía progresar... Y mira que yo les decía 'no se asusten, que esto les viene bien. ¿No ven que es tratamiento de choque?' Pero nada, me invitaban a abandonar amablemente la sala... En fin, voy al baño a peinarme, que he quedado para una entrevista de trabajo...

(Se levanta del sofá, se le ve andar y se le escucha gritar)

Rumanas de pinza y moño


Rumanas de pinza y moño
Dejaron tu desamor 

Rumanas de pinza y moño
Ya no busco tu calor 

En mi vida anterior
Fui bastante insoportable 

Mimada de hábitos pacatos
esos eran los miedos, 
 esa era la constante 

Viajes en coche a mis sueños
Contigo en la cabeza
Como única mención 

Rumanas de pinza y moño
Me trajeron tu desamor 

¿Rumanas en los semáforos del alma?
No me importa,
aún creo en la pasión 

La Cuna de Cervantes
Retorno a Rivendell
La vuelta a Camelot

Rumanas de pinza y moño
Trajeron tu desamor 

Ya me baño sola
Ya no queda de tu olor
Te obligué a demasiado
No podías tanto, amor 

Volver a creer
La próxima estación.
Gracias por lo compartido
Y gracias por tu canción.


El gran autobús rosa


Eran las dos de la madrugada cuando el teléfono sonó, perturbando la tranquilidad de mi habitación. Traté de ignorarlo y seguir durmiendo, pero el dichoso aparato, que nunca sonaba pues muy poca gente solía llamarme, no estaba por la labor. Sonó y sonó, y al final, resoplando e incorporándome lentamente descolgué el auricular.
-  Buenas noches, ¿quién llama? – Pregunté.
- Buenas noches, estimado conciudadano. – Dijo la voz al otro lado del auricular. – Según marcan los cánones de la buena educación y máxime si tenemos en cuenta la intempestiva hora a la cual estoy llamándole, lo suyo sería que le dijera quién soy.
-  En efecto, sería lo suyo. – Corroboré bostezando. 

-  Me ha parecido escucharle bostezar, ¿estaba durmiendo?
- En efecto, en efecto. Estaba durmiendo, pues eso de dormir a las dos de la madrugada es una fea costumbre que aprendí de pequeño. En honor a la verdad, debo confesarle que soy un dechado de malas costumbres.
- No será para tanto, señor mío. – Dijo la voz sin percatarse de que estaba molesto. – Un ciudadano que a las dos de la madrugada se halla en su domicilio, disfrutando del cálido abrazo de las sábanas y entregándose por completo a los encantos de Morfeo en vez de estar en la calle, bebiendo en cualquier mugrienta esquina, provocando alboroto y daños en el mobiliario urbano no puede ser un dechado de malas costumbres. Yo diría que es usted un ciudadano ejemplar. 
- Tampoco diría eso… Soy un hombre al que le gusta llevar una vida tranquila
.
- Me alegro, me alegro. En fin, buenas noches. – Dijo mi interlocutor colgando el teléfono.
Me quedé muy sorprendido por el brusco final que había tenido nuestra conversación, más si tenemos en cuenta que mi interlocutor en ningún momento me había dicho su identidad ni me había contado el motivo de su llamada. Era muy extraño, pues nadie llama a las dos de la madrugada al hogar de un desconocido para hablar de nada en concreto. Pese a todo, volví a colocar el auricular en su receptáculo y volví a tumbarme en la cama dispuesto a seguir con lo que estaba haciendo hasta ese momento: dormir.
Mientras volvía a dormirme no pude evitar pensar en cómo era mi devenir diario. Toda mi vida había transcurrido en la mayor de las rutinas, desde mi juventud hasta ahora, que ya era un cuarentón sin apenas pelo en la cabeza y que empezaba a sufrir los estragos de una dieta cuyo pilar básico era la cerveza. Había nacido en el seno de una familia de clase media con aspiraciones de ascender en la escala social, siendo el tercero de cinco hermanos. Mi juventud transcurrió sin sobresaltos de ningún tipo, pasando con honores por la escuela básica, el instituto y la universidad, en donde me licencié sin mayor problema en Derecho.
Pronto, con la barra de pan que dicen que todos tenemos bajo el brazo nada más nacer y con el título universitario en el otro, merced a las influencias de mi señor padre, encontré trabajo en un exitoso bufete del que aún formo parte. 
Nunca fui una persona de muchos amigos, en parte por ser un hombre reservado en exceso y por no gustar de las diversiones que eran habituales entre la gente joven. Me centré en progresar, en avanzar, en labrarme una reputación en mi lugar de trabajo, olvidándome por completo de las relaciones personales. 
Repasando mi vida en mi habitación estaba volviendo a dormirme hasta que el teléfono volvió a sonar. En esta ocasión no dejé que pasara mucho tiempo para responder a la llamada.
            - Buenas noches – respondí lleno de curiosidad - ¿quién llama?
- Buenas noches, estimado conciudadano. – Habló la misma voz que me había llamado instantes antes. – Por si no me recuerda le diré que soy el hombre que ha llamado hace diez minutos despertándole y perturbando la tranquilidad reinante en su domicilio.
- Sí, sí, le recuerdo…
- Es que verá usted, después de haber realizado un par de llamadas telefónicas más, perturbando la tranquilidad reinante en otros domicilios de la ciudad y justo cuando iba a marcar otro número de teléfono de la guía, me he dado cuenta de que antes, cuando le llamé perturbando la tranquilidad reinante en su domicilio no le dije el motivo de mi llamada.
- Es cierto.
- Para entendernos, que le llamé para nada.
- Lo había entendido a la primera. – Contesté un poco molesto.
- Ya bueno, pero una aclaración nunca está de más. Además, así compruebo que había expresado la idea anterior correctamente, pues no sé si a usted le pasará, pero tiendo a hablar mucho y por más que hablo, no termino de explicar y, o, u desarrollar correctamente la idea que tengo en mente.
- Ya veo…
- Sí… Verá, como suele decirse en cualquier ruptura amorosa, no es usted, sino soy yo… Es decir, que la aclaración era más para mí que para usted…
- Oiga señor, - empecé a decir enfadado – son las dos y cuarto de la madrugada y es la segunda vez que me llama. Y como en la llamada anterior, se está yendo por las ramas o por los cerros de Úbeda y no termina de decirme qué quiere.
- ¿Qué quiere decir con eso? – Preguntó mi interlocutor, un tanto desconcertado.
- Que haga el favor de decir para qué ha llamado y así podré seguir durmiendo.
- Está bien, está bien. ¿Ve como usted también hace aclaraciones? En fin, soy el comisario Rupérez y le llamo porque me preocupo por los habitantes de esta ciudad. En honor a la verdad, he accedido al cargo hace bien poquito y por eso he decidido coger la guía telefónica y llamar uno a uno a todos los residentes de esta bella ciudad para presentarme, pues sé lo importante que es para la gente sentirse protegida y creer que las fuerzas del orden público velan por su seguridad. Y como en ese libro de Unamuno, yo no soy nadie para hacer que la gente pierda su fe, aún a sabiendas de que se trata de una fe sin sentido…
- ¿Así que sólo ha llamado para presentarse? – Pregunté atónito.
- Más o menos, aunque también para advertirle que…
No escuché más lo que el recientemente nombrado como comisario me iba a decir, pues bastante enfadado decidí dar por terminada la conversación colgando el teléfono. Estaba muy sofocado y para calmarme bebí un buen trago de mi botella de agua. Algo más tranquilo volví a tumbarme para intentar dormir, pero esa tranquilidad recién conseguida tras beber agua desapareció de súbito: por tercera vez en aquella noche el teléfono volvió a sonar.
- ¡Escuche Rupérez, deje de molestar! – Grité nada más descolgar el aparato.
- ¿Es usted Bernardino Gutiérrez del Valle? – Preguntó una voz misteriosa diferente a la del molesto comisario, que hablaba entre susurros.
- ¿Quién es usted? – Pregunté asustado.
- ¿Es usted Bernardino Gutiérrez del Valle? – Repitió la misteriosa voz haciendo caso omiso de mi pregunta.
- Sí… ¿Y usted?
- Tenga cuidado con el gran autobús rosa. – Dijo bajando aún más la voz.
- ¿Cómo ha dicho? 
- Cuidado con el gran autobús rosa… - Repitió la voz, cortándose la llamada de repente.
Estaba muy alterado por varios motivos, siendo el más importante el que una voz misteriosa que sabía mi nombre acababa de hacerme una advertencia absurda. ¿Un autobús rosa? Por más que pensaba en ello no tenía sentido. No hay autobuses rosas y en caso de que los hubiera, ¿por qué iba a tener cuidado con él? ¿Iba a atropellarme? ¿Iba a colisionar conmigo en la carretera? Y esto, ¿por qué? ¿Por qué de entre todos los coches que circulan diariamente por la ciudad, precisamente el mío iba a sufrir un accidente con un misterioso autobús rosa?
Planteándome todos estos interrogantes me quedé dormido, estando tranquilo y sin soñar en absoluto con teléfonos que sonaban de improviso ni con autobuses rosas. Es más, a la mañana siguiente, cuando me levanté medio dormido con rumbo al cuarto de baño para asearme antes de ir a trabajar, ni me acordaba de lo que había ocurrido esa noche.
Mi vida era una rutina constante. Todos los días, sin excepción, incluso en fin de semana o fiesta de guardar, me levantaba a las ocho y ocho minutos, por pura superstición. Creía que si me despertaba aunque fuera un minuto más tarde las cosas no me saldrían bien. Tras salir de la cama, dirigía mis pasos hacia el baño, donde primero me afeitaba, me cepillaba los dientes y me duchaba. Una vez seco, me vestía comenzando siempre por el lado izquierdo del cuerpo: primero el calcetín izquierdo, primero la pierna izquierda, primero el brazo izquierdo…
Aquella mañana fue como todas las mañanas de mi vida desde que comencé a trabajar: monótona y rutinaria. Me afeité, me cepillé los dientes, me duché y me vestí: un traje azul marino con camisa blanca y una corbata azul a rayas a juego. Abandoné mi alcoba y tras atravesar el pasillo de mi casa, cogí las llaves del coche de un cenicero y salí de mi hogar.
Abrí la puerta del coche, me subí a él y, tras arrancarlo, puse rumbo hacia mi trabajo. Mientras conducía, no pude evitar fijarme en las obras que colapsaban la carretera y la acera y que hacían que transitar por la ciudad fuera una auténtica proeza. Miraras donde miraras sólo se veían grúas, excavadoras haciendo gemir los cimientos del suelo, vallas metálicas, carteles indicando de próximos desvíos de tráfico… Era un caos auténtico. 
Finalmente y tras llegar a formar parte de hasta tres atascos de grandes magnitudes, pude llegar a mi puesto de trabajo, en donde me adentré en la lectura de papeles relacionados con diferentes casos para cumplir con mi jornada laboral. Eran por lo general casos estúpidos, como el de un hombre que había denunciado a la empresa suministradora de agua de la ciudad por haberse caído de su ciclomotor por culpa de un charco procedente de un escape de las tuberías. La denuncia tendría razón de ser de no haberse producido la caída un día de lluvia en el que todo el camino estaba encharcado. O la apelación de una sentencia a un joven que por haber robado una pizza de un establecimiento de comida rápida había sido condenado a tres años de prisión.
A las tres y media de la tarde dejé de leer documentos y me metí en mi coche para regresar a mi casa. Cogí el camino de siempre, con sus mismos edificios, sus mismos semáforos y sus mismos desvíos hasta llegar a la autopista, donde esta vez, a un lado de la carretera y por detrás del quitamiedos había algo que no era usual. Más que algo, debería decir alguien. 
Era alto y delgado. Llevaba unos zapatones enormes, con las puntas retorcidas hacia arriba como las babuchas árabes y de un nada discreto color amarillo chillón. En honor a la verdad, nada en aquel individuo era discreto, pues sus pantalones eran extremadamente anchos, tanto que debía de sujetárselos con tirantes, de color rosa salteado de estrellitas azules, amarillas y verdes. Su camiseta también estaba salteada por estrellitas multicolores y al igual que los zapatones, era amarilla. Al cuello llevaba anudada una pajarita morada. Tenía la cara por entera pintada de blanco, a excepción de los labios que eran de un color rojo intenso, al igual que la gran bola de gomaespuma que tenía en la nariz. El curioso hombrecillo que estaba en la carretera, que por como lo he descrito no cabrá duda de que era un payaso, llevaba en la cabeza una peluca rizada verdosa y en las manos un gran cartel donde podía leerse en mayúsculas “Bernardino”.
Nada más verlo aminoré la marcha del vehículo, y cuando me percaté del cartel con mi nombre paré definitivamente. El payaso me miró, señaló el cartel como preguntándome si el nombre escrito en él se correspondía con el mío y al asentirle con la cabeza, abrió la puerta y se sentó a mi lado. Por un breve instante nos quedamos los dos sentados, mirando al frente y sin hablar. Sólo cuando mi extraño acompañante se abrochó el cinturón de seguridad decidí arrancar el coche y conducir. 
Todo era muy extraño, pues ese hombre se había subido en el coche sin más al corroborar que era yo a quien buscaba y ni me había dicho su nombre ni hacia dónde quería que lo llevara. Un sinfín de ideas pasaron cual relámpago por mi cabeza y en honor a la verdad, ninguna de ellas era buena, pues al final esa tormenta de pensamientos desembocaba en un mismo hecho: ese payaso era un asesino, o un ladrón o, incluso, ambas cosas. Pese a todo, no puedo ocultar que me alegraba de haberme topado con él, pues ese encuentro rompía con la monotonía diaria.
Mientras conducía, procuraba observar por el rabillo del ojo a mi acompañante, que mantenía su mutismo, ya que en ningún momento me había dirigido la palabra. De hecho, no sólo no hablaba, sino que tampoco se movía. Estaba con el cinturón abrochado, las manos en el regazo y la vista al frente. Aunque yo soy una persona de pocas palabras que prefiere no relacionarse con la gante, tanto silencio por parte del payaso empezaba a ponerme nervioso, por lo que inicié un bombardeo de preguntas a discreción:
            - ¿Qué tal está usted? ¿Cuánto tiempo llevaba esperando? Debe de haberlo pasado muy mal, que ya se aproxima el verano y ya se sabe… ¿Trabaja en el circo? ¿En el mundo del espectáculo? ¿O quizás se dedique al mundillo del cumpleaños infantil? – El payaso no me miró ni una vez. – Yo soy abogado en un bufete, que no está mal, aunque no es un trabajo tan divertido como el suyo, aunque eso sí, no tiene la inseguridad salarial que puede que usted tenga… - Seguía el payaso sin hacerme el menor caso. – Oiga… No es por importunarle y espero no ofenderle pero, ¿por qué llevaba un cartel con mi nombre escrito? No sé, no lo pregunto porque no me fíe de usted, sino porque es muy extraño. No todos los días uno va conduciendo con su coche y se topa con un payaso que sin más se sube contigo al vehículo… Comprenderá usted que tenga ciertos recelos… ¿Es usted de por aquí? ¿A dónde quiere que le lleve?
El payaso, al oír estas últimas preguntas, dejó de mirar al frente y me miró a los ojos con firmeza, pero sin decir nada. Manteniendo el contacto visual conmigo rebuscó en bolsillo de su pantalón hasta sacar un paquete de chicles, que me tendió en un gesto de buena voluntad. Yo, que no quería ofenderle a pesar de no ser la goma de mascar santo de mi devoción, me metí dos chicles en la boca y seguí conduciendo. Una vez hubo comprobado que su regalo de amistad estaba siendo masticado, el payaso dejó de mirarme y volvió a centrar toda su atención en el paisaje.
Pasó un tiempo que debido al silencio reinante se me hizo eterno, y mientras mascaba el insulso chicle del payaso, que no sabía a nada, encendí la radio para escuchar música y así disipar la tensión existente. De repente, y cuando nos aproximábamos a mi casa, el payaso, con los ojos abiertos como platos, a punto de salírseles de las órbitas y señalando al frente, susurró:
- Cuidado con el gran autobús rosa.
- ¿Cómo dice? – Pregunté intrigado, acordándome de sopetón de la misteriosa llamada telefónica de la noche anterior y mirando con incredulidad hacia donde el payaso, ahora bastante asustado, me estaba señalando, pues ahí no había ningún autobús rosa de grandes magnitudes.
- Cuidado con el gran autobús rosa. – Volvió a susurrar mi acompañante sin dejar de señalar al frente.
Y fue en ese preciso instante cuando a gran velocidad y en el mismo carril en el que estábamos pude ver al gran autobús rosa. Era un autobús de dos plazas descapotable y pintado de un llamativo color rosa chillón. El gran autobús se acercaba a gran velocidad y tenía la intención de colisionar con nosotros. Empecé a girar el volante a la izquierda para tratar de esquivarlo, aún a sabiendas de que iba a invadir el carril contrario. El autobús se acercaba más y más y yo, por más que giraba el volante no conseguía alejarme para evitar la colisión.
Afortunadamente, justo cuando el choque parecía inevitable, pude dar un volantazo y esquivar a gran velocidad al gran autobús rosa. Mi coche, totalmente fuera de control, dio tres vueltas de campana, invadió la acera y se estampó contra una farola.
Mientras mi coche giraba y giraba notaba cómo iba perdiendo la consciencia y cómo mi cuerpo se movía violentamente en múltiples sacudidas. El impacto con la farola fue brutal y de no ser por el airbag no sé qué habría sido de mí. Cuando conseguí quitarme el cinturón de seguridad y fui a mirar cómo estaba el misterioso payaso me di cuenta de que había desaparecido. Era como si nunca hubiera estado sentado conmigo, pues el cinturón estaba recogido y la puerta del coche cerrada, sin señales de que alguien la hubiera abierto recientemente para salir de él. Parecía que el payaso nunca hubiera existido, que sólo se trataba de una jugarreta de mi mente, al igual que ese dichoso autobús rosa que había surgido de la nada para desaparecer tal y como había llegado.
Salí con mucho esfuerzo y tambaleándome del coche. Me dolía mucho la cabeza, con un dolor intenso y palpitante. Tenía una brecha en la ceja izquierda de la que no cesaba de manar la sangre poco a poco, sin prisa pero sin pausa. Todo era muy extraño. Cuando ya estaba casi convencido de que había soñado lo del payaso recordé que tenía algo, una prueba física que confirmaba la existencia del misterioso autoestopista. Tenía en la boca, pese al impacto, los chicles que me había dado en el coche antes de que pusiera la radio y en el bolsillo de mi pantalón el paquete en cuestión. Por tanto, el payaso existía. En ese caso, la pregunta era, ¿por qué había desaparecido así tras la colisión?
Traté de tener la cabeza fría, mantener cierta distancia con lo que acababa de pasar y ver qué debía hacer a continuación. Observé mi coche y me di cuenta de que estaba destrozado. Con el impacto con la farola, el capó se había seccionado en dos, la luna delantera estaba completamente rota y las puertas de acceso al vehículo, completamente abolladas. Llamé a la grúa para que se lo llevara y después me fui al hospital para que me hicieran un reconocimiento. 
Cuando acabé era de noche y llegué a mi casa en un taxi. Sin ganas de nada más que no fuera acabar con ese nefasto día, llegué a mi habitación y sin cenar nada en absoluto, y sin siquiera cambiarme de ropa, me metí en la cama. Estuve siendo presa de un sueño pegajoso e incómodo, protagonizado por payasos mudos hasta cerca de las dos y media de la madrugada, cuando el timbre del teléfono me despertó. El teléfono sonaba y sonaba y yo, cansado y bastante harto, sin ganas de hablar con nadie, decidí arrancar el cable de la corriente eléctrica, de modo que el infernal aparatejo dejó de sonar. 
La paz y el silencio duraron poco, pues nada más volver a tumbarme y pese a no estar conectado a la corriente, y estando por lo tanto totalmente inutilizado, el teléfono volvió a sonar. Al escucharlo no pude evitar sobresaltarme, asustarme, pensar incluso en que algún ente demoníaco estaba llamándome o que el teléfono funcionaba merced a la magia negra.
- ¿Quién es? – Pregunté nervioso tras haber cogido una bocanada de aire una vez descolgué el teléfono. - ¿Quién es?
- ¿Bernardino Gutiérrez del Valle? – Habló la voz susurrante que la noche anterior me alertó sobre el gran autobús rosa.
- Sí, soy yo… - Murmuré temeroso. - ¿Quién es usted?
- Pedro va a caballo y sin embargo a pie. ¿Cómo se llama el caballo?
- ¿Cómo dice? – Pregunté desconcertado.
- Pedro va a caballo y sin embargo a pie. ¿Cómo se llama el caballo? – Volvió a decir entre susurros la misteriosa voz.
- Oiga, no estoy para acertijos. ¿Quién es usted?
- Cuidado…
- ¿Quién es usted?
- Cuidado con el caballo con sombrero. – Susurró la voz ignorándome nuevamente.
- ¿Quién es usted? – Repetí enfadado.
- Cuidado con el caballo con sombrero…
- ¡Quién es usted! ¡Quién es usted! ¡Quién es usted!
Estuve gritando durante cinco minutos, aún a sabiendas de que nada más repetirme la advertencia acerca del caballo con sombrero la misteriosa voz había dado por finalizada la conversación y había colgado el teléfono. Aquella noche, pensando en el payaso, el accidente, la reciente llamada telefónica, el acertijo y el caballo con sombrero no pude dormir.