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domingo, 2 de diciembre de 2012
Gritos humanos
LA CRIPTA DEL TERROR
Bienvenidos una
vez más a mi aterradora cripta pequeñines. Esta vez, me encantaría
rendir homenaje a una de las figuras literarias más influyentes del
género del terror. Hablo ni más ni menos que de Howard Phillips
Lovecraft.
Este encantador
personaje, nacido en Providence un veinte de agosto de mil
ochocientos noventa. Fue el creador de un género conocido como
Horror Cósmico en el que se alejó de los estereotipos del terror
sobrenatural propios de la época, para crear un terror “espacial”.
Por eso me
apetece contribuir a explayar su conocida y adorada obra a todos
aquellos que quieran disfrutar de nuevas dimensiones del horror con
este humilde relato al que llamo…
Gritos humanos
Me llamo Joseph Kingston, o al menos
solían llamarme así antes de mi “renacimiento”. Ahora, se me es
más conocido como paciente sesenta y ocho del hospital psiquiátrico
Arkham para mentes enfermas.
Según mis cálculos, llevo encerrado
entre estas cuatro blancas paredes tres años. Tres largos años en
los que he aguardado pacientemente la llegada una noche de luna tan
llena como la que observo por la pequeña ventana de la pared más
alejada de mí.
Aquella, era la noche y el momento en
el que todos mis esfuerzos tendrían su merecida recompensa.
Antes de ser encerrado en este
tenebroso lugar de locura y pasar a formar parte de esta particular
“familia”, yo no era más que un modesto librero. Mi vida
avanzaba apacible entre la lectura de miles de novelas, ensayos,
poemas o cualquier manuscrito que pasase por mis curiosas manos.
Hasta que un día, recibí la fúnebre noticia del suicidio de mi
padre.
Andrew Kingston, era un eminente
profesor de literatura inglesa que me enseñó el valor de la palabra
escrita. En sus tiempos libres era un extravagante coleccionista.
Tenía en su haber decenas de los más extraños objetos que recibía
de un misterioso compañero arqueólogo: estatuillas antropomórficas
de diferentes culturas, miles de amuletos a los que se le atribuían
misteriosos poderes, y tratados antiguos por los que pagaba jugosas
sumas de dinero.
Era un hombre culto e inteligente,
además de ser un orgulloso cristiano. Por eso, cuando me informaron
de que el veinte de enero de mil novecientos veinticinco, en el
silencio de la noche Andrew Kingston se ahorcó en su despacho, yo me
negué a creerlo. Pero así era. Se había quitado la vida, cosa que
iba contra las leyes de Dios. Por eso comencé a sospechar que algo
raro le había pasado a mi padre para que tuviera que recurrir a
semejante solución.
Pasé horas en el despacho de mi padre,
examinando sus documentos más recientes. Pero solo encontré unas
cuantas páginas de lo que parecía ser las memorias de mi difunto
progenitor que no informaban de nada relativo a su suicidio. Mis
esfuerzos no estaban dando resultados hasta que pensé en examinar la
biblioteca particular donde reposaban los libros más importantes
para mi padre. Allí tampoco encontré nada, ni una mísera carta de
despedida. La ira comenzó a agolparse en mi interior y en un
arrebato de locura, comencé a arrojar aquellos valiosos compendios
de saber por toda la habitación. En medio de aquel salvaje frenesí
derribé si darme cuenta el enorme mueble, que produjo un enorme y
atronador estruendo al caer al suelo.
Mientras trataba de tranquilizarme,
volví a fijarme en la desnuda pared donde el mueble volcado ocultaba
una misteriosa puerta a ojos ajenos.
Sin más demora busqué por toda la
habitación la llave que abriría aquella enigmática puerta y lo que
quisiese que se guardara en su interior. Y mientras mi cuerpo se
afanaba en rebuscar en los cajones de la mesa de roble en busca de la
llave perdida, mi mente no paraba de pensar en los motivos por los
cuales mi padre se veía obligado a tener un cuarto secreto.
Finalmente la encontré en el tercer
cajón. Dentro de una ajada biblia, a modo de particular marca
páginas, reposaba una extraña llave de plata con unas intrigantes
letras grabadas por toda la llave de origen desconocido para mí.
La puerta se abrió con un quejido que
me hizo rechinar los dientes y cerrar los ojos al instante. Y al
abrirlos me encontré con la más profunda de las oscuridades.
Armándome de valor y valiéndome de una vela, me dispuse a
adentrarme en aquella tenebrosa estancia, decidido a encontrar el
secreto que ocultaba mi padre en aquel misterioso cuarto.
Gracias a la tenue luz que producía el
cirio que sostenía mi temblorosa mano, logré no tropezar con una
silla rastrera que esperaba paciente un inoportuno descuido por mi
parte que, afortunadamente nunca llegó a producirse.
La luz reveló una gigantesca mesa en
la que encontré decenas de valiosas velas que me ayudaron a alumbrar
por completo la habitación.
Cuando la oscuridad desapareció, me
encontré con una habitación repleta de cientos de los más extraños
objetos. Lo que más abundaba, eran unas inusuales figuras de
grotescas formas. Algunas eran de piedra, otras de metal, y las más
amorfas de madera. Pero todas tenían algo en común: unos tentáculos
que crecían en los lugares más insospechados.
Me pregunté que representaban aquellas
tallas, pero dejé esas figuras cuando mis ojos se posaron en una
caja que descansaba en la mesa. La examiné y me llevé una grata
sorpresa al ver que la llave que tenía también correspondía a la
cerradura de la caja. Esta, estaba repleta de decenas de documentos.
Impaciente, abrí una carta que databa de hacía tan solo una semana.
Comencé a leer la pulcra letra de mi padre:
Esta es una carta de despedida.
Espero que quien esté leyendo estas palabras sea mi querido hijo
Joseph. Esta carta también es un aviso para que el que lo lea haga
lo que yo no pude hacer: quemar el contenido de esta caja.
Desde que descubrí la existencia de
los Primigenios, mi minúscula mente ha querido saber más sobre
ellos. He recorrido las bibliotecas de medio mundo buscando el
preciado Necronomicon sin ningún resultado. He charlado con locos
que juran haber estado en presencia de estos dioses amorales. Y he
recopilado tanta información como he podido sobre ellos. De repente,
pasé de ser un eminente conocedor de la lengua inglesa, a ser un
principiante de ocultista. Comencé a obsesionarme. Pasaba noches en
vela desvelando los misterios de aquellos dioses y empecé a aislarme
del mundo exterior.
Cada paso que daba en mi
investigación me hacia estar más cerca de mis “amos” y de su
enigmática naturaleza. Una noche tuve mi primer sueño inducido por
aquellos seres. Una experiencia inexpresable en la que fui arrastrado
por todo el universo conocido y por conocer. Miles de voces me
hablaban a la vez haciéndome pensar que me iba a estallar la cabeza
en cualquier momento. Pero por suerte no fue así y me vi flotando en
la inmensidad del espacio, donde el mismísimo Nyarlathotep me habló
con oscuras palabras. Tenía una misión para mí. Una oscura tarea
que rechacé completar inmediatamente. Y cuando el oscuro dios se dio
cuenta de que su sirviente no iba a satisfacer sus deseos decidió
vengarse de mí. A partir de ese momento el poderoso Primigenio me ha
estado torturando de mil formas inimaginables mediante los sueños.
He muerto decenas de veces. Mi piel ha sido arrancada para
confeccionar estrafalarios ropajes, mis huesos han sido triturados
hasta convertirse en polvo, y mis ojos han explotado en sus cuencas
con una sola mirada de ese ser. Evito dormirme, el solo pensamiento
de volver a enfrentarme a esa criatura me aterra hasta límites
insospechados.
Durante todo el día he estado
pensando en una solución para acabar con esta infernal tortura y con
su insufrible dolor. Pero es una idea que va en contra de mi
religión, aunque pensándolo mejor, a estas alturas dudo que exista
ese Dios benevolente en el que creía fervientemente. Los verdaderos
Dioses son estos seres alienígenas con millones de años a sus
espaldas.
Espero encontrar en la muerte la
tranquilidad que necesita mi perturbada alma. Y vuelvo a pedir a
quien este leyendo estas últimas palabras, que queme el trabajo de
estos últimos años. Y que comprenda, que en este universo hay cosas
que es mejor no saber.
Si eres mi hijo Joseph, espero que
me comprendas y que sobretodo, me creas. Espero que me perdones y que
sepas, que en esta vida y en la siguiente siempre te querré mi
pequeño “devorador” de libros.
Cuando terminé la carta estaba
terriblemente confundido, emocionado y aterrado a la vez. Aquella
vorágine de sentimientos me obligó a sentarme en la silla más
cercana y releer seis veces más el escrito. Aquellos últimos
pensamientos que plasmó mi padre en el papel hablaban de cosas
inconcebibles.
Indagué mas en el contenido de la caja
ignorando la petición de quemarla. Encontré varios cuadernos en los
que mi padre plasmaba todos sus descubrimientos sobre aquellos
blasfemos dioses. Con cada página que leía me veía cada vez más
fascinado por aquellas criaturas de una forma que solo puedo definir
como morbosa.
No recuerdo cuanto tiempo estuve en
aquella pequeña habitación. A mi me parecieron minutos, pero
pudieron haber sido horas ya que paré de leer cuando la fatiga, el
hambre y la sed hicieron mella en mí.
Me sorprendí a mi mismo cuando me
llevé la caja a mi casa donde continué la investigación después
de una opípara cena. Aquellos seres y sus secretos me atraparon y me
convirtieron en otra persona. De repente, me pasaba días enteros
encerrados en casa. Salía muy rara vez de ella y eso, mis vecinos lo
notaron. Sus visitas al principió me agradaban, pero pronto
comenzaron a ser una verdadera molestia cuando no paraban de
preguntarme si había superado la muerte de mi padre. Era en ese
momento en el que los echaba de mi casa lanzándoles graves
improperios con los que se marchaban con indignidad. Fue así como
comencé a ganarme el apelativo de “huraño” entre mis vecinos.
Cosa que me importaba bien poco mientras aquellas patéticas
criaturas no se inmiscuyeran en mis asuntos.
Fue en una tranquila noche de verano
cuando tuve el primer sueño. Fue exactamente como mi padre relató,
fui arrastrado por todo el universo. Cerré los ojos y traté de no
pensar en nada mientras viajaba en aquel particular estado. Pero no
lo conseguí. Estaba ansioso. Por fin iba a ver el aspecto de
aquellos Dioses que tanto me obsesionaban. Por fin iba a conocerlos.
Pero, a medida que pensaba en aquella idea otra más aterradora cruzó
mi mente. Había leído en las notas de mi padre que todos los que
habían estado en presencia de un Primigenio habían enloquecido. ¿Me
pasaría lo mismo a mí?, ¿Perdería el juicio y me ahorcaría poco
después en mi despacho como le pasó a mi padre?
Mi cuerpo paró y una voz que sonaba
como si fuesen miles de chillonas vocecillas me ordenó que abriera
los ojos. Me pregunté con quien me encontraría al abrirlos ¿con el
sabio Yog-Sothoth, con el invidente Azathoth, o con la fértil
Shub-Niggurath?
Cuando los abrí no encontré a ninguna
de esas deidades, de hecho no encontré nada. Flotaba en medio de la
nada más absoluta a merced del caprichoso destino.
Comenzaba a pensar que quedaría en
aquel horrible transito durante toda la eternidad cuando la horrible
voz volvió a hablarme.
-Joseph Kingston, se bienvenido a mi
reino.
-¿Dónde estamos?-pregunté confuso a
la voz- ¿Dónde estas tú?
-Estamos en el Vacío, un lugar sin
tiempo y sin espacio. Aquí es donde moran los seres aún no natos,
como yo.
Mi mente aún estaba asimilando estas
palabras cuando la voz volvió a hablar.
-Te he hecho llamar Joseph para que me
des la vida. Necesito nacer. Y necesito un cuerpo donde crecer.
-¿Eres un Primigenio?-pregunté
tímidamente.
-Aun no lo soy puesto que aún no he
nacido. Te necesito Joseph. Deja que forme parte de ti y vive
eternamente a través de mí con todo lo que ello implica.
Escuché repetidamente aquellas últimas
palabras en mi cabeza. El ser nonato me estaba proponiendo
convertirme en parte de un Primigenio. Entonces sería todopoderoso y
eterno.
Acepté efusivamente y la voz me ordenó
que buscase un texto maldito con el que poder atraerle hasta mí.
Tardé todo un año en encontrar aquel
valioso pergamino y cuando finalmente lo hice, descubrí que estaba
en manos de Los hijos del eclipse. Una secta adoradora al culto de
Cthulhu.
Al principio se mostraron reacios a mis
palabras, pero el sumo sacerdote tranquilizo a sus acólitos
informándoles que el dormitante amo le había hablado de mi llegada.
Que era el elegido que ese culto llevaban tantos años esperando y
que traería una época de esplendor a este decadente mundo. Yo dejé
que aquellos hombres creyeran lo que quisieran, mi única intención
era que el Primigenio naciese. Y para ello necesitaba el valioso
pergamino.
El sumo sacerdote decidió que el
ritual se llevase a cabo cuanto antes. Y cuando todo estuvo todo
listo, el culto se puso en contacto conmigo inmediatamente.
Estaba ansioso. Aquella cálida noche
de principios de verano iba a convertirme en parte de un ser
superior. Los secretos del universo dejarían de tener secretos para
mí.
Se decidió que el ritual se realizase
en el sótano mi casa.
Los hijos del eclipse se dispusieron a
poner a prueba su ferviente fe con aquel fastuoso ritual. Los
integrantes más jóvenes estaban nerviosos, esa noche podría ser la
oportunidad de estar ante la presencia de uno de aquellos amos de los
que se decía que hacían quebrar la frágil mente de los humanos con
tan solo una mirada.
Comenzó el ritual. El sumo sacerdote,
enfundado en una escarlata túnica desplegó el valioso pergamino en
un altar improvisado y me indicó con un gesto de la mano que me
situase en el centro del pentagrama, dibujado previamente con la
sangre que un ferviente acolito donó de buena gana.
Me tumbé completamente desnudo y
observé como aquellos sectarios esnifaban un polvo amarillo de un
cuenco que iban pasándose unos a otros. Supuse que sería algún
tipo de droga con la que pretendían no enloquecer si el Primigenio
se fijaba en ellos.
Los acólitos se dispusieron en círculo
alrededor mío y dio comienzo el ritual.
Oscuras palabras comenzaron a salir de
la boca del sumo sacerdote mientras recitaba la tenebrosa llamada.
A medida que el ritual avanzaba comencé
a sentir un leve cosquilleo que fue extendiéndose por todo el
cuerpo. Y de repente la ya familiar voz de mi amo retumbó en las
paredes de mi cráneo.
Ya llegaba.
El sumo sacerdote comenzaba a mostrar
signos de fatiga y su arrugada cara relucía a causa del incipiente
sudor.
El cosquilleo se convirtió de repente
en una rápida descarga que recorrió todos los rincones de mi
cuerpo. Y esta es la parte más confusa, ya que me quedé
inconsciente después de la fugaz descarga. Pero aun así, pude
escuchar los gritos de terror de los acólitos y el sonido de la
sangre salpicando violentamente el suelo. Todo aquello precedido por
un desagradable ruido que solo puedo describir como cientos de uñas
partidas arañando al mismo tiempo un astillado cristal. Después de
aquello, solo quedó el más completo de los silencios que me
acompaño durante lo que a mi me pareció un largo lapso de horas de
duración.
No pensé en la suerte que tuvieron los
hijos del eclipse, ya que los desgarradores gritos de auxilio y el
terrible sonido de la carne desgarrándose hablaban por si solos.
Mi amo por fin se dirigió a mí. Sus
palabras resonaron dentro de mi cabeza, grabándose a fuego en lo más
profundo de mi mente. Y fue entonces cuando el Primigenio me reveló
su verdadero nombre.
La policía entró en mi casa,
alertados por las quejas de mis vecinos quienes estaban realmente
preocupados por los continuos gritos de auxilio que salían del
interior del domicilio.
Cuando entraron en el sótano se
encontraron con una verdadera carnicería. El suelo estaba sembrado
de cuerpos destrozados, las paredes estaban adornadas con extraños
símbolos de origen pagano. Y, en medio de aquella dantesca escena,
desnudo y embadurnado con la sangre de los cadáveres, se encontraba
un hombre encogido sobre si mismo que no paraba de repetir un
enigmático y extraño nombre <<Agro-Bageroth>>
Me internaron en el manicomio Arkham
inmediatamente después de quedar demostrado que yo no era el
causante de aquella matanza. Todos los eminentes psiquiatras que me
han diagnosticado no han conseguido que hable sobre lo ocurrido
aquella noche. Yo solo repito Agro-Bageroth una y otra vez. Cientos
de veces me han preguntado por el significado de aquel nombre.
Entonces, les hablo de un poderoso dios extraterrestre que habita
dentro de mí y que responde a ese poderoso nombre. Y es entonces,
cuando aquellos patéticos seres comienzan a acosarme a preguntas
sobre mis miedos y mis frustraciones a las que me niego rotundamente
a contestar.
Se han olvidado de mí. Me han dado por
perdido. Para ellos no era más que otra mente rota como las cientos
que habitan el lugar. Un despojo del género humano que convenía
mantener encerrado entre cuatro paredes y con una minúscula ventana
como único recordatorio del mundo exterior al que se me habían
cerrado las puertas.
Esta noche se cumplen tres años desde
que acogí en mi seno a Agro-Bageroth. Tres largos años en los que
el recién nacido Primigenio ha estado descansando y preparándose
pacientemente para la llegada de aquella medianoche. En la que por
fin, saldrá de mi cuerpo convertido en el poderoso ser al que está
destinado a convertirse.
Él me ha hablado de grandes secretos
del universo y de cómo será mi vida al formar parte de su entidad.
Y yo lo escucho fascinado y me impaciento terriblemente.
En este particular estado me siento
como una madre primeriza. Quiero que mi retoño nazca ya. Pero luego
pienso en el momento del “parto” en el que (según las notas de
mi padre) el Primigenio se liberará de aquel refugio carnal. Aquello
suena verdaderamente doloroso y desagradable. Y es en esas ocasiones,
cuando Agro-Bageroth me reconforta con sus palabras.
-El dolor es un ínfimo precio que
pagar por el privilegio que se te ofrece. Serás parte de mí. Serás
poderoso, serás sabio… y serás eterno.
Aquello a veces no hacía
más que llevarme a varios quebraderos de cabeza. En el momento en
que Agro-Bageroth naciese, yo (mi parte humana) desaparecería. Bien
era cierto que sería para convertirme en parte de un ser superior,
pero la idea no dejaba de rondarme la cabeza. Y esta noche, a solo
dos minutos de que la luna llena aparezca en el firmamento dando
comienzo al nacimiento, yo Joseph Kingston tengo serias dudas sobre
lo que estoy a punto de hacer.
Recuerdo a mi padre.
Quien se vio inevitablemente atraído por los secretos de los
Primigenios y que se suicidó por temor a una petición de sus amos.
¿Acaso también le habían pedido renunciar a su humanidad? ¿Por
eso había decidido terminar con su existencia siendo aun humano?
En la celda contigua,
Mary ríe descontroladamente mientras tararea una siniestra nana.
Pienso en ella. Por lo visto, después de dar a luz a su primer hijo,
la mujer comenzó a escuchar unas celestiales voces que le decían
que el pequeño era maligno y que debía acabar con él
inmediatamente. Así continuó todo un año hasta que ahogó a su
primogénito en el río que bordeaba su granja.
Mary estaba loca, pero
mañana seguiría siendo humana. No como yo, a quien le queda poco
más de un minuto para convertirme en Agro-Bageroth.
El Primigenio esta
impaciente. Noto como se revuelve en alguna recóndita parte de mí
ser.
La luna llena se dejo ver
por el hueco de la ventana y inmediatamente siento una terrible y
familiar descarga que cruza todas las partes de mi cuerpo.
Me levanto de mi camastro
inmediatamente mientras los tentáculos del dios se dejan ver por
debajo de mi nívea piel. Se mueven furiosos y cada vez son más.
Recorren todo mi cuerpo, desde la cabeza a los pies. Y empujan
violentamente la piel para poder salir.
Es demasiado dolor para
un patético cuerpo humano. Intento aguantar pero no puedo. Hago lo
único que me permite Agro-Bageroth. Quien necesita el resto de mi
cuerpo inerte para poder moverse libremente.
Grito.
Profiero el grito más
desgarrador que se ha escuchado jamás sobre la faz de la tierra. Un
grito de inmenso dolor que alerta a los celadores, quienes ya se
afanan en abrir la puerta de mi celda.
Pero sobre todo, ese
sonido que escapaba de lo profundo de mi ser, es una especie de
recordatorio de lo que un día fui. De lo que signifiqué para
algunas personas antes de entregarme en cuerpo y alma a aquella
deidad alienígena que destroza mi cuerpo. Logrando así salir
convertido de él en un visceral Primigenio que se prepara para
comenzar a vivir en perfecta simbiosis conmigo.
Este último grito, es un
grito humano.
Como habréis descubierto chicos,
hay secretos en este universo que es mejor no revelar. Y seres a lo
es que es mejor tomar por pura fantasía o leyenda.
Bueno, espero haberos convencido de
las maravillas que ofrece la obra de Lovecraft que aguarda impaciente
su lectura.
¡Hasta otra ocasión queridos
cripteros!
jueves, 15 de noviembre de 2012
LA CRIPTA DEL TERROR.
RESEÑA DE INSTINTO DE SUPERVIVIENTE
Bueno chicos. En esta ocasión, me permito la libertad de prescindir de uno de mis relatos para hacer una breve reseña que espero que os entusiasme tanto como uno de mis aterradores relatos.
Hoy os voy a recomendar Instinto de Superviviente de Darío Vilas. Una novela de la exitosa Línea Z de Dolmen editorial.
Algunos estaréis pensando que es otra novela zombie más. Pues estáis MUY pero que MUY equivocados pequeños.
Instinto de Superviviente es más que una novela zombie, (cierto es que estos putrefactos personajes supondrán un constante peligro para los protagonistas. Aunque estos seres, en ocasiones, no son tan horribles como algunos vivos) es una dura y cruda historia de supervivencia como nunca se ha visto en una novela.
“No hubo señales, no existían previsiones. El mundo no estaba preparado para hacer frente a una catástrofe como aquella. El caos se desató, arrasando con una civilización ignorante de lo que se avecinaba. Andrés sí lo vio venir, y por eso fue la única persona que pudo mantener con vida al pequeño Damián. Juntos tratarán de escapar de una ciudad tomada por legiones de muertos vivientes, en busca de otros supervivientes.
Sin embargo, hay una amenaza más aterradora que las hordas de zombis; un enemigo imbatible: el instinto humano.”
Esta es la sinopsis. A primera vista no nos cuenta nada que no hayamos visto hasta ahora (ciudad devastada por un ejército de cadáveres andantes y unos personajes que intentan sobrevivir a esta catástrofe) pero, a partir de las primeras páginas sabes que lo que estas leyendo no es lo usual en una novela Z.
Debo recalcar el detalle de que el autor es un verdadero profesional a la hora de crear personajes. Ya que su fuerte es profundizar en la psique de ellos, sacando a relucir lo peor (y en contadas ocasiones) lo mejor del ser humano (como ya se ha visto en los relatos ambientados en Simetría). Es por eso, que muchas veces debemos fiarnos menos de los vivos que de los muertos vivientes.
Esta novela tiene dos historias. Primero, el frenético relato de Andrés y el pequeño Damián (que no te dejará ni un momento de respiro) que intentan escapar de la ciudad sitiada por los No muertos. Y la segunda (y la más desgarradora) la de la madre del pequeño, Marga. Que se embarcara en su propia odisea.
La novela tiene pocos personajes. Pero es un verdadero acierto, ya que con ella Darío, lo que consigue es que te encariñes con ellos (cosa que recomiendo tratar de no hacer por razones que se descubrirán durante la lectura)
En esta novela pululan unos misteriosos seres que harán peligrar la vida de nuestros queridos protagonistas. Y que se llaman, misteriosamente “faros” y que personalmente, a un servidor, le encantaron. El escritor vigués promete aclararnos mas cosas sobre estas criaturas en su próxima novela (esperemos que así sea).
Así que tenemos zombies, personajes realmente interesantes, una buena historia y unas extrañas criaturas (los “faros”). ¿Qué más se le puede pedir a esta novela?
Esta, es la primera parte de una trilogía que continúa con la próxima Lantana, donde nace el instinto. Y culminará en una tercera parte que el autor promete, que será memorable.
Es algo corta (son 224 páginas que no podrás parar de leer), con un interesante prólogo de Javier Pellicer. Y con una estupenda ilustración del siempre genial Alejandro Colucci. Por lo que, fácilmente puede pasar a formar parte de vuestra biblioteca particular.
Sobre el autor diré que es un vigués y buen amigo de vuestro querido anfitrión. Y que, poco a poco, se está haciendo un gran hueco en el mundo de la literatura hispánica.
Antes de esta novela. Darío había escrito Piezas desequilibradas E imperfecta Simetría (dos antologías de relatos que espero poder reseñar más adelante) que le han servido para darse a conocer.
También ha sido ganador del Premio Nosferatu de 2010 gracias a su relato Orgullo de Padre. Y, es asesor editorial y de la web Cultura Hache. Vive por, y para la difusión del horror hispano.
No dudo en declarar, que este autor, es el mentor de este viejo cadáver. Un excelente escritor que espero que continúe con la labor que mejor se le da: aterrar.
En definitiva, Instinto de Superviviente es una excelente novela zombie (de lo mejor que he leído en lo que va de año) que os recomiendo encarecidamente.
Bueno chiquillos, os espero de nuevo en mi cripta. Donde espero que, en lo próxima ocasión, pueda tener la oportunidad de alimentar vuestros miedos con más relatos made in the Crypt.
Saludos.
@KillRubn
jueves, 1 de noviembre de 2012
La cripta del terror
Es Halloween queridos
engendros. Una horrible noche en la que el terror y los sustos (de muerte)
están asegurados para todo el mundo. Cosa que, queridos amigos, al viejo Señor
de la Cripta le entusiasma mucho. Por eso yo también quiero contribuir a
repartir el terror a todos aquellos que buscan pasar un mal rato ¿Y que mejor
para hacer eso que con una terrorífica historia de mi macabra colección?
El protagonista del
relato de esta espectral noche odia profundamente Halloween. Pero, va a
descubrir que esta festividad esconde terribles secretos, dispuestos a hacerle
pasar la peor noche de su vida. Así, que encended unas cuantas calabazas
linterna para iluminar la habitación, e ignorad los desgarradores gritos que
forman la particular banda sonora de la noche y disfrutad con…
Truco o trato
El vecindario entero estaba poblado
por un nutrido grupo de pequeños demonios, brujas, vampiros, zombies y demás
seres de pesadilla. Que recorrían fugazmente las calles, deteniéndose en cada
casa. Donde esperaban pacientes a que sus inquilinos les abriesen la puerta.
Momento en el cual, los diminutos monstruitos dirían la famosa frase que
llevaban todo el día ensayando “Truco o Trato” mientras muestran unos sacos
dispuestos para recoger los “tratos” de la noche. Aunque, si por el contario,
los habitantes de la casa eligiesen truco en vez de trato. Estos, se verían
obligados a sufrir las bromas y jugarretas de las monstruosas visitas. Que
podían ser, desde pequeñas inocentadas como la de arrojar huevos a la fachada
de las casas, o otras actividades mucho más “macabras”. Por lo que era
conveniente aceptar el trato, y sellarlo dejando algún que otro dulce en las
bolsas de los monstruosos chiquillos.
Ronald Sullivan cerró de golpe las
cortinas, ocultando la bochornosa visión de la calle infestada por toda la
parafernalia propia de la celebración de Halloween. Cientos de calabazas
linterna talladas con siniestras sonrisas de dientes puntiagudas invadían casas
y muros, iluminando tenebrosamente las calles. Mientras proyectaban aterradoras
sombras que durarían hasta que la vela que albergaban en su interior se apagase
con un pequeño siseo.
Todo aquel que pululaba por el
vecindario en ese momento se ocultaba tras una mascara o disfraz grotesco. Y
los más pequeños, practicaban aquella extravagante costumbre que era la de
reclamar golosinas a grito de “Truco o trato”.
Todas las casas estaban decoradas
para la ocasión. Las telarañas falsas cubrían las puertas de las casas. Los
esqueletos de plástico que colgaban de los árboles, se mecían a causa de la
suave brisa nocturna, como si de macabros ahorcados se tratasen. Las lápidas de
cartón piedra se multiplicaban por los jardines, convirtiéndolos en
improvisados cementerios de quita y pon. Todos aquellos hogares se habían
transformado en particulares casas del horror. Todas, excepto una. La de Ronald
Sullivan, que permanecía inalterada y sin ningún cambio. Ya que para el
amargado solterón, el treinta y uno de octubre no era más que otro día más.
Para él, Halloween no estaba apuntado en su calendario de celebraciones y
fiestas particular. Todas las costumbres y parafernalias propias de esa noche
le repugnaban.
Decir que Ronald Sullivan odiaba
Halloween era quedarse muy corto. Al solitario cuarentón, aquella celebración
le producía un verdadero desagrado. Odiaba entrar en los supermercados y
tiendas de la ciudad y encontrarse con los estantes repletos de grotescas
mascaras de plástico, estrafalarios disfraces y repulsivas películas de terror
a mitad de precio. El hombre incluso agradecía al gerente, el momento en el que
ordenaba llevárselo todo al almacén, de donde no saldría nada hasta el año que
viene.
Otra cosa que odiaba Ronald eran
los niños. Ya que, en ese día aquellos pequeños bribones se comportaban como
verdaderos vándalos. Los gritos y chillidos que emitían los pequeños desde la
calle, le producían una terrible jaqueca. Motivo por el cual, Ronald encendió
el televisor esperando así, poder amortiguar el escándalo producido por
aquellas pequeñas bestias de primaria.
El televisor emitió un sonoro grito
femenino que debió escucharse a varias casas de distancia. El hombre machacó el
botón del mando a distancia destinado a bajar el volumen del aparato pora
evitar quedarse sordo.
La pantalla mostraba como una
adolescente semidesnuda era brutalmente asesinada por un asesino enmascarado.
Quien no dejaba de hundir su enorme cuchillo de carnicero en el estómago de la
joven. Esta, solo dejó de gritar, cuando el mono de mecánico del asesino estuvo
completamente embadurnado con su sangre.
Con una expresión de desagrado en
rostro, Ronald cambio de canal. Esperando poder encontrar algo decente en la
programación de ese día. Pero, como ya esperaba, eso no ocurrió. Una sucesión
de películas (clásicas y modernas) de terror llenaban todos los canales:
Vampiros que acechaban a bellas damas, caníbales extraterrestres dispuestos a
no dejar ningún terrícola entero. Cementerios donde los muertos se alzaban de
sus tumbas, dispuestos a devorar todo ápice de carne humana del idílico pueblo
colindante…
Al final, Ronald desechó toda
aquella galería de horrores y decidió ver un documental sobre el origen de
Halloween que emitían en el canal histórico. Aunque antes, decidió visitar la
cocina para abastecerse de todo lo necesario para soportar las dos horas y
medio que duraba el documental. Abrió la nevera y sacó el último par de
cervezas que le quedaban. Por ultimo, abrió la alacena donde guardaba su más
preciado tesoro: una caja de Rocochocs con seis unidades.
Se le hizo la boca agua con solo
contemplar la caja de cartón que contenía aquellas delicias de chocolate.
Las Rocochocs eran unas
chocolatinas con trocitos de almendras, que el hombre había disfrutado desde la
tierna edad de siete años. Momento en el cual, su madre le había obsequiado con
esa deliciosa barra de chocolate por el buen comportamiento demostrado en su
ultima visita en el supermercado. No gritó, no se escapó, no pataleó, no hizo
nada que provocase el enfado a su madre. Aquel día incluso la había ayudado a
dejar los productos en el carrito de la compra. Por lo que su madre, agradecida
por ese gesto, se permitió comprarle aquel dulce a su obediente hijo. Este,
destrozó rápidamente el envoltorio que guardaba la chocolatina, y devoró con
saña el delicioso producto.
Desde ese momento, las Rocochocs se
habían convertido en su manjar secreto. Las comía continuamente. En su despensa
nunca podía faltar un paquete de aquellas chocolatinas. Y su ingesta, había
comenzado a preocupar a su medico de cabecera. Quien comenzaba a avisar al
hombre, de que sus niveles de azúcar habían subido alarmantemente en los
últimos años.
La mención de su madre, hizo que la
mente de Ronald se llenase con negros recuerdos de la mujer que le dio a luz.
Evelyn Sullivan había sido una
buena madre hasta que su retoño cumplió los cinco años. Momento en el que, el
señor Sullivan abandonó a su familia sin dar explicación alguna. Fue a partir
de ese momento, cuando la señora Sullivan comenzó a dejarse llevar de hombre a
hombre. Se encariñaba con ellos, vivían dos o tres años como un prototipo de
familia feliz. Y poco tiempo después, la mujer siempre se cansaba de aquel
falso marido de prueba al que le ordenaba largarse cuanto antes. Para así,
poder estar libre y sin compromiso. Dispuesta a buscar a un nuevo pretendiente.
El pequeño Ronald había conocido a
tantos “padres” y ninguno de ellos pudo ejercer de verdad como tal. Ya que,
cuando comenzaba a encariñarse con alguno. Su madre, lo expulsaba de su vida,
para traer un nuevo desconocido a casa.
El odio hacia su madre crecía cada
año que pasaba. El trato que recibía por parte de aquella mujer era nulo.
Incluso le culpaba a él por su mala suerte con los hombres. Juraba que a ellos
no les gustaba tener que aguantar a un insoportable mocoso durante el resto de
sus días. Pero la verdad era que Evelyn se había convertido en una asquerosa
bruja sin corazón desde el abandono de su marido.
Los años pasaron, y su madre
comenzó a dejar de ser atractiva a los hombres. Su efímera belleza se había
marchitado como las rosas que se dejan abandonadas en los cementerios, ante la
tumba de un ser poco querido.
Así fue como, la destrozada mujer,
buscó consuelo en los brazos de su repudiado hijo. Este, dejó creer a su madre
que seguía queriéndola. Y durante sus últimos años de vida, Evelyn pensó que por
fin, los dos podían tener la preciosa relación madre e hijo que nunca habían
tenido. Pero, un fatídico día, la veterana mujer, sufrió un inesperado
“accidente” que acabo con aquel período de aparente felicidad.
Evelyn había “resbalado” y caído
por las escaleras de su casa. Los escalones habían destrozado sus deteriorados
huesos, afectados por su reciente reuma. Y la dolorosa caída, había culminado
con el brutal golpe en la cabeza contra el duro suelo. Que la mató al instante.
Gracias a aquel nefasto “accidente”,
Ronald consiguió aquella fantástica casa en la calle Elm. Ya que su madre se la
había cedido (junto a un buena cantidad monetaria) en el testamento que había
rescrito poco después de la preciosa reconciliación con su querido hijo.
Sin su madre. Ronald por fin era
libre para vivir su vida. Tenía una casa para el solo y ninguna mujer que lo
asfixiase. El no iba a cometer los errores de su padre. No iba a casarse con
una mujer que le convirtiese en su particular esclavo. Ni se vería obligado a
marcharse de su hogar para no ver más a esa zorra.
No necesitaba para nada a una
mujer. Si necesitaba follar, no tenía más que coger el coche y dirigirse al
burdel de Lou. En el que por unos cuantos pavos se podría desfogar con una
preciosa chica a la que no le debería nada más que el precio del servicio
realizado.
El incesante sonido del timbre y
las risitas infantiles, delataban la llegada de los primeros visitantes en
busca de golosinas y dulces.
-¡¡¡TRUCO O TRATO!!!-exclamaron
tres vocecitas chillonas mientras el timbre no dejaba de sonar.
El hombre se levantó del sillón
después de soltar un bufido de resignación.
Aquella, iba a ser una noche muy
larga.
Eran aproximadamente las doce y
cuarto de la noche. El documental sobre la festividad de Halloween había acabado
hacía bastante tiempo. Y ahora, retransmitían el clásico de Alfred Hitchcock
“Psicosis”.
Ronald Sullivan dormitaba en el sofá. Los
envoltorios de cuatro Rocochocs descansaban encima de su barriga, que subía y
bajaba pausadamente.
Había tenido que soportar la visita
de catorce niños hiperactivos, y de tres enfurecidas madres. Que le habían
recriminado su denigrante comportamiento, al negarse a darle a sus retoños unos
cuantos caramelos. Y por haberlos asustado al echarlos de su casa esgrimiendo
un verdadero cuchillo de cocina.
Las indignadas madres se habían
marchado después de amenazar al hombre con llamar a la policía si volvía a
hacerle algo parecido a un niño más.
Ronald las había ignorado. Cerró la
puerta sonoramente, se dejó caer pesadamente encima del mullido sofá y siguió
llenando la panza con cerveza y chocolate.
De repente, el timbre volvió a
sonar. Solo fue una vez. Pero el sonido se clavó en los oídos del hombre y lo
despertó de su placida cabezada.
-¡Lárgate puñetero mocoso, no te
daré las putas golosinas, así que ya puedes dejar de timbrar!-exclamó Ronald
con el sabor de las Rocochocs aún en la boca
El aviso no pareció surtir efecto,
ya que esta vez no fue una, si no dos. Las veces que la desconocida visita
pulsó el botón del timbre.
-¡Te doy tres segundos para salir
de mi propiedad, o me veré obligado a
echarte yo mismo y créeme, tu no quieres eso!-amenazó el cuarentón levantándose
del sofá, mientras recogía de la cocina el afilado cuchillo con el que
conseguiría asustar a aquel pequeño intruso.
-Uno...-comenzó a contar después de
que el característico Ding Dong volviese a resonar por toda la casa.
-Dos…-se detuvo a medio camino ya
que parecía que la visita había desistido en reclamar la presencia del
inquilino de la casa. Pero dejó de pulsar el timbre y empezó a petar en la
puerta.
-¡…Y tres!-Ronald abrió la puerta,
preparado para enfrentarse al invitado no deseado.
Delante de él, se encontraba un
pequeño fantasmita.
-¡Te he dicho que te largaras
niño!-exclamó mientras empuñaba el cuchillo, como uno de aquellos peligrosos
psicópatas de las películas slasher.
El chiquillo no se amedrentó. Es
más, alzó con sus pequeñas manitas un saco de arpillera con una sonriente
calabaza de fieltro cosido a ella.
-¡Ya te he dicho que no hay
caramelos niño!
El pequeño continúo sujetando el
saco, reclamando con ese simple gesto, el dulce botín que había venido a
buscar.
Ronald bajó lentamente el cuchillo
al ver que este, no hacía efecto alguno en el niño. Quien siguió quieto y sin
decir nada en el umbral de la puerta.
Había que admitir que su disfraz
era verdaderamente siniestro: el pequeño se ocultaba tras una raída y sucia
sábana blanca (seguramente cedida por su madre para ahorrarse el dinero de un
disfraz en condiciones). La amplia prenda, estaba salpicada con varias manchas
de sangre reseca que hacían que el disfraz fuese verdaderamente terrorífico.
Dos pequeños agujeros recortados a la altura de los ojos, permitían al pequeño
mirar cara a cara a Ronald. Este, mantuvo la mirada al pequeño, pero tuvo que apartarla
poco después. Aquellos ojos inquisitivos parecían querer indagar en el interior
del adulto. En busca de sus mas profundos y inconfesables secretos.
-No te lo volveré a repetir chico.
Vete, ya es muy tarde y tu madre estará muy preocupada por ti.
El fantasmita siguió inmóvil. El
saco en alto, y los ojos bien abiertos.
El vecindario entero estaba en
completo silencio. Los niños que hace nada paseaban por las calles reclamando
caramelos, ya debían estar en la seguridad de sus casas. Haciendo el recuento
del dulce botín de aquella fructífera noche.
En aquel momento, Ronald estaba
solo ante el pequeño fantasma. Y eso, al hombre le aterraba. No sabía el
porqué. Pero la sola presencia del pequeño le producía terribles escalofríos.
El temor, pronto pasó a convertirse en miedo. Pero, ¿miedo a qué? ¿A aquel
inofensivo niño oculto tras una maltrecha sábana?
El adulto se increpó a si mismo por
la actitud que estaba demostrando. Lo que tenía delante era un simple
chiquillo. Entonces, ¿Por qué aquel incomprensible miedo estaba apoderándose de
él?
El niño continuaba apostado delante
del hombre. No se había movido ni un solo milímetro en todo este tiempo
(también habría jurado que en ningún momento había cerrado los ojos)
Dispuesto a acabar con aquella
terrible farsa de una vez con todas. Ronald agarró un pliegue de la sábana, y
tiró de ella violentamente.
Ojala no lo hubiera hecho.
Lo primero que pasó cuando el
hombre despojó al pequeño del disfraz, fue que un ejército de moscas escapó
despavorido en todas direcciones. Chocando contra la cara de Ronald, y
obligándole a cerrar los ojos y la boca (además de tener que taparse la nariz)
para evitar así que uno de aquellos indeseables insectos entrase donde no
debía.
Después, cuando el zumbido de
aquellas pequeñas alas desapareció, y el adulto decidió destapar sus fosas
nasales. Llegó a ellas el terrible hedor de la putrefacción.
Y por ultimo, los ojos de Ronald se
abrieron por completo, preparado para descubrir, la causa de tan horrible olor.
El sonoro grito de puro terror que
destrozó sus cuerdas vocales, se escuchó en todo el vecindario. Pero, nadie
salió a averiguar quien lo produjo ya que ¿Quién iba a preocuparse de que
alguien gritase en la noche más terrorífica del año?
Una pequeña figura caminaba
tranquilamente por la desierta calle del silencioso vecindario. Arrastraba un
saco lleno de chucherías que su madre le había preparado hacía tantos años.
“Cuando abran la puerta tu di Truco
o trato” le había dicho su madre “Vete a casas que conozcas como la de la señora
Henderson y vuelve antes de las once” Después de eso le había dado un beso en
la mejilla y le había ajustado la sábana antes de despedirse “Feliz Halloween
mi aterrador fantasmita”
Aquella había sido la última vez
que el pequeño había visto a su madre. Ya que aquella misma noche, el pequeño
fue brutalmente asesinado. Su cuerpecito, fue hallado a la mañana siguiente. En
el jardín de una casa, donde el pequeño pretendía reclamar unos dulces a los
que nunca pudo hincarles el diente.
Las sonrientes y luminosas
calabazas linterna, proyectaban sus tenebrosas sombras en el duro pavimento. Y
las resecas hojas otoñales, se arrastraban suavemente alrededor del fantasmita.
Este, llevaba en su mano una Rocochoc que había tomado de la última casa que
había visitado.
El hombre que le había abierto la
puerta no quería acordar el trato, por lo que tuvo que aceptar el truco. Le
había quitado el disfraz revelando su repulsivo aspecto. Y el débil corazón de
aquel hombre, no había podido soportar la visión de tal monstruosidad. Por lo
que detuvo su funcionamiento en aquel mismo instante.
El pequeño había observado
detenidamente como se había retorcido en el suelo ante sus pies. Hasta que,
finalmente exhaló su último aliento.
Después, solo había tenido que
sortear el abotargado cadáver, y dirigirse al salón. Donde le estaba esperando
su recompensa en forma de chocolatina con almendras.
Sus podridos y amarillentos
dientecillos, se quebraban a medida que masticaba la dura cobertura de
chocolate. Pero le daba igual. Debía de
disfrutar de aquellas dulces golosinas a pesar de venir acompañadas por trozos
de piezas bucales. Ya que no volvería a disfrutar de aquellas delicias, hasta
el año que viene.
Había llegado a las puertas del
cementerio local. Donde se reunía un nutrido grupo de personas que presentaban
un terrible aspecto. Claramente, todas ellas eran muertos como el chiquillo.
El olor a carne muerta que
exhalaban sus cuerpos, animó a las moscas y gusanos de los alrededores a
congregarse alrededor de los cadáveres. Convirtiéndolos en particulares buffets
andantes.
Los muertos observaban el cielo. La
noche pronto moriría, y con ella, también lo harían ellos. Quienes, esperarían
pacientes, la llegada del próximo treinta y uno de octubre. Momento en el cual,
las puertas se abrirían, permitiéndoles poder vagar por la tierra durante una
noche más.
El amanecer hizo acto de presencia.
Y los cuerpos de los fallecidos comenzaron a desaparecer. Halloween había
terminado.
Antes de desaparecer él también. El
pequeño fantasmita introdujo en su boca un caramelo de naranja, mientras
sonreía y susurraba una frase que solo pudo escuchar el viento: Truco o Trato.
Como
veis queridos amiguitos, Halloween es más que una simple fiesta para niños
pequeños. Espero que lo tengáis muy en cuenta cuando salgáis a la calle
enfundados en aterradores disfraces para asustar a unos cuantos incautos. Y
espero que los incautos no seáis vosotros.
Y
para los que se queden en casa y reciban la visita de unos pequeños monstruitos
pidiendo truco o trato. Espero que seáis sabios y aceptéis el trato en vez del
truco. No queremos que corráis la misma suerte que el pobre Ronald y que este,
sea vuestro último Halloween.
Bueno,
este viejo cadáver os desea un feliz Halloween, disfrutadlo, que por desgracia,
solo lo celebramos una vez al año.
@KillRubn
@KillRubn
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