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domingo, 2 de diciembre de 2012

Gritos humanos

LA CRIPTA DEL TERROR


Bienvenidos una vez más a mi aterradora cripta pequeñines. Esta vez, me encantaría rendir homenaje a una de las figuras literarias más influyentes del género del terror. Hablo ni más ni menos que de Howard Phillips Lovecraft.
Este encantador personaje, nacido en Providence un veinte de agosto de mil ochocientos noventa. Fue el creador de un género conocido como Horror Cósmico en el que se alejó de los estereotipos del terror sobrenatural propios de la época, para crear un terror “espacial”.
Por eso me apetece contribuir a explayar su conocida y adorada obra a todos aquellos que quieran disfrutar de nuevas dimensiones del horror con este humilde relato al que llamo…

Gritos humanos


Me llamo Joseph Kingston, o al menos solían llamarme así antes de mi “renacimiento”. Ahora, se me es más conocido como paciente sesenta y ocho del hospital psiquiátrico Arkham para mentes enfermas.
Según mis cálculos, llevo encerrado entre estas cuatro blancas paredes tres años. Tres largos años en los que he aguardado pacientemente la llegada una noche de luna tan llena como la que observo por la pequeña ventana de la pared más alejada de mí.
Aquella, era la noche y el momento en el que todos mis esfuerzos tendrían su merecida recompensa.
Antes de ser encerrado en este tenebroso lugar de locura y pasar a formar parte de esta particular “familia”, yo no era más que un modesto librero. Mi vida avanzaba apacible entre la lectura de miles de novelas, ensayos, poemas o cualquier manuscrito que pasase por mis curiosas manos. Hasta que un día, recibí la fúnebre noticia del suicidio de mi padre.
Andrew Kingston, era un eminente profesor de literatura inglesa que me enseñó el valor de la palabra escrita. En sus tiempos libres era un extravagante coleccionista. Tenía en su haber decenas de los más extraños objetos que recibía de un misterioso compañero arqueólogo: estatuillas antropomórficas de diferentes culturas, miles de amuletos a los que se le atribuían misteriosos poderes, y tratados antiguos por los que pagaba jugosas sumas de dinero.
Era un hombre culto e inteligente, además de ser un orgulloso cristiano. Por eso, cuando me informaron de que el veinte de enero de mil novecientos veinticinco, en el silencio de la noche Andrew Kingston se ahorcó en su despacho, yo me negué a creerlo. Pero así era. Se había quitado la vida, cosa que iba contra las leyes de Dios. Por eso comencé a sospechar que algo raro le había pasado a mi padre para que tuviera que recurrir a semejante solución.
Pasé horas en el despacho de mi padre, examinando sus documentos más recientes. Pero solo encontré unas cuantas páginas de lo que parecía ser las memorias de mi difunto progenitor que no informaban de nada relativo a su suicidio. Mis esfuerzos no estaban dando resultados hasta que pensé en examinar la biblioteca particular donde reposaban los libros más importantes para mi padre. Allí tampoco encontré nada, ni una mísera carta de despedida. La ira comenzó a agolparse en mi interior y en un arrebato de locura, comencé a arrojar aquellos valiosos compendios de saber por toda la habitación. En medio de aquel salvaje frenesí derribé si darme cuenta el enorme mueble, que produjo un enorme y atronador estruendo al caer al suelo.
Mientras trataba de tranquilizarme, volví a fijarme en la desnuda pared donde el mueble volcado ocultaba una misteriosa puerta a ojos ajenos.
Sin más demora busqué por toda la habitación la llave que abriría aquella enigmática puerta y lo que quisiese que se guardara en su interior. Y mientras mi cuerpo se afanaba en rebuscar en los cajones de la mesa de roble en busca de la llave perdida, mi mente no paraba de pensar en los motivos por los cuales mi padre se veía obligado a tener un cuarto secreto.
Finalmente la encontré en el tercer cajón. Dentro de una ajada biblia, a modo de particular marca páginas, reposaba una extraña llave de plata con unas intrigantes letras grabadas por toda la llave de origen desconocido para mí.
La puerta se abrió con un quejido que me hizo rechinar los dientes y cerrar los ojos al instante. Y al abrirlos me encontré con la más profunda de las oscuridades. Armándome de valor y valiéndome de una vela, me dispuse a adentrarme en aquella tenebrosa estancia, decidido a encontrar el secreto que ocultaba mi padre en aquel misterioso cuarto.
Gracias a la tenue luz que producía el cirio que sostenía mi temblorosa mano, logré no tropezar con una silla rastrera que esperaba paciente un inoportuno descuido por mi parte que, afortunadamente nunca llegó a producirse.
La luz reveló una gigantesca mesa en la que encontré decenas de valiosas velas que me ayudaron a alumbrar por completo la habitación.
Cuando la oscuridad desapareció, me encontré con una habitación repleta de cientos de los más extraños objetos. Lo que más abundaba, eran unas inusuales figuras de grotescas formas. Algunas eran de piedra, otras de metal, y las más amorfas de madera. Pero todas tenían algo en común: unos tentáculos que crecían en los lugares más insospechados.
Me pregunté que representaban aquellas tallas, pero dejé esas figuras cuando mis ojos se posaron en una caja que descansaba en la mesa. La examiné y me llevé una grata sorpresa al ver que la llave que tenía también correspondía a la cerradura de la caja. Esta, estaba repleta de decenas de documentos. Impaciente, abrí una carta que databa de hacía tan solo una semana. Comencé a leer la pulcra letra de mi padre:

Esta es una carta de despedida. Espero que quien esté leyendo estas palabras sea mi querido hijo Joseph. Esta carta también es un aviso para que el que lo lea haga lo que yo no pude hacer: quemar el contenido de esta caja.
Desde que descubrí la existencia de los Primigenios, mi minúscula mente ha querido saber más sobre ellos. He recorrido las bibliotecas de medio mundo buscando el preciado Necronomicon sin ningún resultado. He charlado con locos que juran haber estado en presencia de estos dioses amorales. Y he recopilado tanta información como he podido sobre ellos. De repente, pasé de ser un eminente conocedor de la lengua inglesa, a ser un principiante de ocultista. Comencé a obsesionarme. Pasaba noches en vela desvelando los misterios de aquellos dioses y empecé a aislarme del mundo exterior.
Cada paso que daba en mi investigación me hacia estar más cerca de mis “amos” y de su enigmática naturaleza. Una noche tuve mi primer sueño inducido por aquellos seres. Una experiencia inexpresable en la que fui arrastrado por todo el universo conocido y por conocer. Miles de voces me hablaban a la vez haciéndome pensar que me iba a estallar la cabeza en cualquier momento. Pero por suerte no fue así y me vi flotando en la inmensidad del espacio, donde el mismísimo Nyarlathotep me habló con oscuras palabras. Tenía una misión para mí. Una oscura tarea que rechacé completar inmediatamente. Y cuando el oscuro dios se dio cuenta de que su sirviente no iba a satisfacer sus deseos decidió vengarse de mí. A partir de ese momento el poderoso Primigenio me ha estado torturando de mil formas inimaginables mediante los sueños. He muerto decenas de veces. Mi piel ha sido arrancada para confeccionar estrafalarios ropajes, mis huesos han sido triturados hasta convertirse en polvo, y mis ojos han explotado en sus cuencas con una sola mirada de ese ser. Evito dormirme, el solo pensamiento de volver a enfrentarme a esa criatura me aterra hasta límites insospechados.
Durante todo el día he estado pensando en una solución para acabar con esta infernal tortura y con su insufrible dolor. Pero es una idea que va en contra de mi religión, aunque pensándolo mejor, a estas alturas dudo que exista ese Dios benevolente en el que creía fervientemente. Los verdaderos Dioses son estos seres alienígenas con millones de años a sus espaldas.
Espero encontrar en la muerte la tranquilidad que necesita mi perturbada alma. Y vuelvo a pedir a quien este leyendo estas últimas palabras, que queme el trabajo de estos últimos años. Y que comprenda, que en este universo hay cosas que es mejor no saber.
Si eres mi hijo Joseph, espero que me comprendas y que sobretodo, me creas. Espero que me perdones y que sepas, que en esta vida y en la siguiente siempre te querré mi pequeño “devorador” de libros.

Cuando terminé la carta estaba terriblemente confundido, emocionado y aterrado a la vez. Aquella vorágine de sentimientos me obligó a sentarme en la silla más cercana y releer seis veces más el escrito. Aquellos últimos pensamientos que plasmó mi padre en el papel hablaban de cosas inconcebibles.
Indagué mas en el contenido de la caja ignorando la petición de quemarla. Encontré varios cuadernos en los que mi padre plasmaba todos sus descubrimientos sobre aquellos blasfemos dioses. Con cada página que leía me veía cada vez más fascinado por aquellas criaturas de una forma que solo puedo definir como morbosa.
No recuerdo cuanto tiempo estuve en aquella pequeña habitación. A mi me parecieron minutos, pero pudieron haber sido horas ya que paré de leer cuando la fatiga, el hambre y la sed hicieron mella en mí.
Me sorprendí a mi mismo cuando me llevé la caja a mi casa donde continué la investigación después de una opípara cena. Aquellos seres y sus secretos me atraparon y me convirtieron en otra persona. De repente, me pasaba días enteros encerrados en casa. Salía muy rara vez de ella y eso, mis vecinos lo notaron. Sus visitas al principió me agradaban, pero pronto comenzaron a ser una verdadera molestia cuando no paraban de preguntarme si había superado la muerte de mi padre. Era en ese momento en el que los echaba de mi casa lanzándoles graves improperios con los que se marchaban con indignidad. Fue así como comencé a ganarme el apelativo de “huraño” entre mis vecinos. Cosa que me importaba bien poco mientras aquellas patéticas criaturas no se inmiscuyeran en mis asuntos.
Fue en una tranquila noche de verano cuando tuve el primer sueño. Fue exactamente como mi padre relató, fui arrastrado por todo el universo. Cerré los ojos y traté de no pensar en nada mientras viajaba en aquel particular estado. Pero no lo conseguí. Estaba ansioso. Por fin iba a ver el aspecto de aquellos Dioses que tanto me obsesionaban. Por fin iba a conocerlos. Pero, a medida que pensaba en aquella idea otra más aterradora cruzó mi mente. Había leído en las notas de mi padre que todos los que habían estado en presencia de un Primigenio habían enloquecido. ¿Me pasaría lo mismo a mí?, ¿Perdería el juicio y me ahorcaría poco después en mi despacho como le pasó a mi padre?
Mi cuerpo paró y una voz que sonaba como si fuesen miles de chillonas vocecillas me ordenó que abriera los ojos. Me pregunté con quien me encontraría al abrirlos ¿con el sabio Yog-Sothoth, con el invidente Azathoth, o con la fértil Shub-Niggurath?
Cuando los abrí no encontré a ninguna de esas deidades, de hecho no encontré nada. Flotaba en medio de la nada más absoluta a merced del caprichoso destino.
Comenzaba a pensar que quedaría en aquel horrible transito durante toda la eternidad cuando la horrible voz volvió a hablarme.
-Joseph Kingston, se bienvenido a mi reino.
-¿Dónde estamos?-pregunté confuso a la voz- ¿Dónde estas tú?
-Estamos en el Vacío, un lugar sin tiempo y sin espacio. Aquí es donde moran los seres aún no natos, como yo.
Mi mente aún estaba asimilando estas palabras cuando la voz volvió a hablar.
-Te he hecho llamar Joseph para que me des la vida. Necesito nacer. Y necesito un cuerpo donde crecer.
-¿Eres un Primigenio?-pregunté tímidamente.
-Aun no lo soy puesto que aún no he nacido. Te necesito Joseph. Deja que forme parte de ti y vive eternamente a través de mí con todo lo que ello implica.
Escuché repetidamente aquellas últimas palabras en mi cabeza. El ser nonato me estaba proponiendo convertirme en parte de un Primigenio. Entonces sería todopoderoso y eterno.
Acepté efusivamente y la voz me ordenó que buscase un texto maldito con el que poder atraerle hasta mí.
Tardé todo un año en encontrar aquel valioso pergamino y cuando finalmente lo hice, descubrí que estaba en manos de Los hijos del eclipse. Una secta adoradora al culto de Cthulhu.
Al principio se mostraron reacios a mis palabras, pero el sumo sacerdote tranquilizo a sus acólitos informándoles que el dormitante amo le había hablado de mi llegada. Que era el elegido que ese culto llevaban tantos años esperando y que traería una época de esplendor a este decadente mundo. Yo dejé que aquellos hombres creyeran lo que quisieran, mi única intención era que el Primigenio naciese. Y para ello necesitaba el valioso pergamino.
El sumo sacerdote decidió que el ritual se llevase a cabo cuanto antes. Y cuando todo estuvo todo listo, el culto se puso en contacto conmigo inmediatamente.
Estaba ansioso. Aquella cálida noche de principios de verano iba a convertirme en parte de un ser superior. Los secretos del universo dejarían de tener secretos para mí.
Se decidió que el ritual se realizase en el sótano mi casa.
Los hijos del eclipse se dispusieron a poner a prueba su ferviente fe con aquel fastuoso ritual. Los integrantes más jóvenes estaban nerviosos, esa noche podría ser la oportunidad de estar ante la presencia de uno de aquellos amos de los que se decía que hacían quebrar la frágil mente de los humanos con tan solo una mirada.
Comenzó el ritual. El sumo sacerdote, enfundado en una escarlata túnica desplegó el valioso pergamino en un altar improvisado y me indicó con un gesto de la mano que me situase en el centro del pentagrama, dibujado previamente con la sangre que un ferviente acolito donó de buena gana.
Me tumbé completamente desnudo y observé como aquellos sectarios esnifaban un polvo amarillo de un cuenco que iban pasándose unos a otros. Supuse que sería algún tipo de droga con la que pretendían no enloquecer si el Primigenio se fijaba en ellos.
Los acólitos se dispusieron en círculo alrededor mío y dio comienzo el ritual.
Oscuras palabras comenzaron a salir de la boca del sumo sacerdote mientras recitaba la tenebrosa llamada.
A medida que el ritual avanzaba comencé a sentir un leve cosquilleo que fue extendiéndose por todo el cuerpo. Y de repente la ya familiar voz de mi amo retumbó en las paredes de mi cráneo.
Ya llegaba.
El sumo sacerdote comenzaba a mostrar signos de fatiga y su arrugada cara relucía a causa del incipiente sudor.
El cosquilleo se convirtió de repente en una rápida descarga que recorrió todos los rincones de mi cuerpo. Y esta es la parte más confusa, ya que me quedé inconsciente después de la fugaz descarga. Pero aun así, pude escuchar los gritos de terror de los acólitos y el sonido de la sangre salpicando violentamente el suelo. Todo aquello precedido por un desagradable ruido que solo puedo describir como cientos de uñas partidas arañando al mismo tiempo un astillado cristal. Después de aquello, solo quedó el más completo de los silencios que me acompaño durante lo que a mi me pareció un largo lapso de horas de duración.
No pensé en la suerte que tuvieron los hijos del eclipse, ya que los desgarradores gritos de auxilio y el terrible sonido de la carne desgarrándose hablaban por si solos.
Mi amo por fin se dirigió a mí. Sus palabras resonaron dentro de mi cabeza, grabándose a fuego en lo más profundo de mi mente. Y fue entonces cuando el Primigenio me reveló su verdadero nombre.

La policía entró en mi casa, alertados por las quejas de mis vecinos quienes estaban realmente preocupados por los continuos gritos de auxilio que salían del interior del domicilio.
Cuando entraron en el sótano se encontraron con una verdadera carnicería. El suelo estaba sembrado de cuerpos destrozados, las paredes estaban adornadas con extraños símbolos de origen pagano. Y, en medio de aquella dantesca escena, desnudo y embadurnado con la sangre de los cadáveres, se encontraba un hombre encogido sobre si mismo que no paraba de repetir un enigmático y extraño nombre <<Agro-Bageroth>>

Me internaron en el manicomio Arkham inmediatamente después de quedar demostrado que yo no era el causante de aquella matanza. Todos los eminentes psiquiatras que me han diagnosticado no han conseguido que hable sobre lo ocurrido aquella noche. Yo solo repito Agro-Bageroth una y otra vez. Cientos de veces me han preguntado por el significado de aquel nombre. Entonces, les hablo de un poderoso dios extraterrestre que habita dentro de mí y que responde a ese poderoso nombre. Y es entonces, cuando aquellos patéticos seres comienzan a acosarme a preguntas sobre mis miedos y mis frustraciones a las que me niego rotundamente a contestar.
Se han olvidado de mí. Me han dado por perdido. Para ellos no era más que otra mente rota como las cientos que habitan el lugar. Un despojo del género humano que convenía mantener encerrado entre cuatro paredes y con una minúscula ventana como único recordatorio del mundo exterior al que se me habían cerrado las puertas.
Esta noche se cumplen tres años desde que acogí en mi seno a Agro-Bageroth. Tres largos años en los que el recién nacido Primigenio ha estado descansando y preparándose pacientemente para la llegada de aquella medianoche. En la que por fin, saldrá de mi cuerpo convertido en el poderoso ser al que está destinado a convertirse.
Él me ha hablado de grandes secretos del universo y de cómo será mi vida al formar parte de su entidad. Y yo lo escucho fascinado y me impaciento terriblemente.
En este particular estado me siento como una madre primeriza. Quiero que mi retoño nazca ya. Pero luego pienso en el momento del “parto” en el que (según las notas de mi padre) el Primigenio se liberará de aquel refugio carnal. Aquello suena verdaderamente doloroso y desagradable. Y es en esas ocasiones, cuando Agro-Bageroth me reconforta con sus palabras.
-El dolor es un ínfimo precio que pagar por el privilegio que se te ofrece. Serás parte de mí. Serás poderoso, serás sabio… y serás eterno.
Aquello a veces no hacía más que llevarme a varios quebraderos de cabeza. En el momento en que Agro-Bageroth naciese, yo (mi parte humana) desaparecería. Bien era cierto que sería para convertirme en parte de un ser superior, pero la idea no dejaba de rondarme la cabeza. Y esta noche, a solo dos minutos de que la luna llena aparezca en el firmamento dando comienzo al nacimiento, yo Joseph Kingston tengo serias dudas sobre lo que estoy a punto de hacer.
Recuerdo a mi padre. Quien se vio inevitablemente atraído por los secretos de los Primigenios y que se suicidó por temor a una petición de sus amos. ¿Acaso también le habían pedido renunciar a su humanidad? ¿Por eso había decidido terminar con su existencia siendo aun humano?
En la celda contigua, Mary ríe descontroladamente mientras tararea una siniestra nana. Pienso en ella. Por lo visto, después de dar a luz a su primer hijo, la mujer comenzó a escuchar unas celestiales voces que le decían que el pequeño era maligno y que debía acabar con él inmediatamente. Así continuó todo un año hasta que ahogó a su primogénito en el río que bordeaba su granja.
Mary estaba loca, pero mañana seguiría siendo humana. No como yo, a quien le queda poco más de un minuto para convertirme en Agro-Bageroth.
El Primigenio esta impaciente. Noto como se revuelve en alguna recóndita parte de mí ser.
La luna llena se dejo ver por el hueco de la ventana y inmediatamente siento una terrible y familiar descarga que cruza todas las partes de mi cuerpo.
Me levanto de mi camastro inmediatamente mientras los tentáculos del dios se dejan ver por debajo de mi nívea piel. Se mueven furiosos y cada vez son más. Recorren todo mi cuerpo, desde la cabeza a los pies. Y empujan violentamente la piel para poder salir.
Es demasiado dolor para un patético cuerpo humano. Intento aguantar pero no puedo. Hago lo único que me permite Agro-Bageroth. Quien necesita el resto de mi cuerpo inerte para poder moverse libremente.
Grito.
Profiero el grito más desgarrador que se ha escuchado jamás sobre la faz de la tierra. Un grito de inmenso dolor que alerta a los celadores, quienes ya se afanan en abrir la puerta de mi celda.
Pero sobre todo, ese sonido que escapaba de lo profundo de mi ser, es una especie de recordatorio de lo que un día fui. De lo que signifiqué para algunas personas antes de entregarme en cuerpo y alma a aquella deidad alienígena que destroza mi cuerpo. Logrando así salir convertido de él en un visceral Primigenio que se prepara para comenzar a vivir en perfecta simbiosis conmigo.
Este último grito, es un grito humano.

Como habréis descubierto chicos, hay secretos en este universo que es mejor no revelar. Y seres a lo es que es mejor tomar por pura fantasía o leyenda.
Bueno, espero haberos convencido de las maravillas que ofrece la obra de Lovecraft que aguarda impaciente su lectura.
¡Hasta otra ocasión queridos cripteros!










jueves, 15 de noviembre de 2012

LA CRIPTA DEL TERROR.



RESEÑA DE INSTINTO DE SUPERVIVIENTE

Bueno chicos. En esta ocasión, me permito la libertad de prescindir de uno de mis relatos para hacer una breve reseña que espero que os entusiasme tanto como uno de mis aterradores relatos.

Hoy os voy a recomendar Instinto de Superviviente de Darío Vilas. Una novela de la exitosa Línea Z de Dolmen editorial.

Algunos estaréis pensando que es otra novela zombie más. Pues estáis MUY pero que MUY equivocados pequeños.

Instinto de Superviviente es más que una novela zombie, (cierto es que estos putrefactos personajes supondrán un constante peligro para los protagonistas. Aunque estos seres, en ocasiones, no son tan horribles como algunos vivos) es una dura y cruda historia de supervivencia como nunca se ha visto en una novela.



“No hubo señales, no existían previsiones. El mundo no estaba preparado para hacer frente a una catástrofe como aquella. El caos se desató, arrasando con una civilización ignorante de lo que se avecinaba. Andrés sí lo vio venir, y por eso fue la única persona que pudo mantener con vida al pequeño Damián. Juntos tratarán de escapar de una ciudad tomada por legiones de muertos vivientes, en busca de otros supervivientes.



Sin embargo, hay una amenaza más aterradora que las hordas de zombis; un enemigo imbatible: el instinto humano.”



Esta es la sinopsis. A primera vista no nos cuenta nada que no hayamos visto hasta ahora (ciudad devastada por un ejército de cadáveres andantes y unos personajes que intentan sobrevivir a esta catástrofe) pero, a partir de las primeras páginas sabes que lo que estas leyendo no es lo usual en una novela Z.

Debo recalcar el detalle de que el autor es un verdadero profesional a la hora de crear personajes. Ya que su fuerte es profundizar en la psique de ellos, sacando a relucir lo peor (y en contadas ocasiones) lo mejor del ser humano (como ya se ha visto en los relatos ambientados en Simetría). Es por eso, que muchas veces debemos fiarnos menos de los vivos que de los muertos vivientes.

Esta novela tiene dos historias. Primero, el frenético relato de Andrés y el pequeño Damián (que no te dejará ni un momento de respiro) que intentan escapar de la ciudad sitiada por los No muertos. Y la segunda (y la más desgarradora) la de la madre del pequeño, Marga. Que se embarcara en su propia odisea.

La novela tiene pocos personajes. Pero es un verdadero acierto, ya que con ella Darío, lo que consigue es que te encariñes con ellos (cosa que recomiendo tratar de no hacer por razones que se descubrirán durante la lectura)

En esta novela pululan unos misteriosos seres que harán peligrar la vida de nuestros queridos protagonistas. Y que se llaman, misteriosamente “faros” y que personalmente, a un servidor, le encantaron. El escritor vigués promete aclararnos mas cosas sobre estas criaturas en su próxima novela (esperemos que así sea).

Así que tenemos zombies, personajes realmente interesantes, una buena historia y unas extrañas criaturas (los “faros”). ¿Qué más se le puede pedir a esta novela?

Esta, es la primera parte de una trilogía que continúa con la próxima Lantana, donde nace el instinto. Y culminará en una tercera parte que el autor promete, que será memorable.

Es algo corta (son 224 páginas que no podrás parar de leer), con un interesante prólogo de Javier Pellicer. Y con una estupenda ilustración del siempre genial Alejandro Colucci. Por lo que, fácilmente puede pasar a formar parte de vuestra biblioteca particular.

Sobre el autor diré que es un vigués y buen amigo de vuestro querido anfitrión. Y que, poco a poco, se está haciendo un gran hueco en el mundo de la literatura hispánica.

Antes de esta novela. Darío había escrito Piezas desequilibradas E imperfecta Simetría (dos antologías de relatos que espero poder reseñar más adelante) que le han servido para darse a conocer.

También ha sido ganador del Premio Nosferatu de 2010 gracias a su relato Orgullo de Padre. Y, es asesor editorial y de la web Cultura Hache. Vive por, y para la difusión del horror hispano.

No dudo en declarar, que este autor, es el mentor de este viejo cadáver. Un excelente escritor que espero que continúe con la labor que mejor se le da: aterrar.



En definitiva, Instinto de Superviviente es una excelente novela zombie (de lo mejor que he leído en lo que va de año) que os recomiendo encarecidamente.

Bueno chiquillos, os espero de nuevo en mi cripta. Donde espero que, en lo próxima ocasión, pueda tener la oportunidad de alimentar vuestros miedos con más relatos made in the Crypt.

Saludos.

@KillRubn

jueves, 1 de noviembre de 2012

La cripta del terror



Es Halloween queridos engendros. Una horrible noche en la que el terror y los sustos (de muerte) están asegurados para todo el mundo. Cosa que, queridos amigos, al viejo Señor de la Cripta le entusiasma mucho. Por eso yo también quiero contribuir a repartir el terror a todos aquellos que buscan pasar un mal rato ¿Y que mejor para hacer eso que con una terrorífica historia de mi macabra colección?
El protagonista del relato de esta espectral noche odia profundamente Halloween. Pero, va a descubrir que esta festividad esconde terribles secretos, dispuestos a hacerle pasar la peor noche de su vida. Así, que encended unas cuantas calabazas linterna para iluminar la habitación, e ignorad los desgarradores gritos que forman la particular banda sonora de la noche y disfrutad con…

Truco o trato

El vecindario entero estaba poblado por un nutrido grupo de pequeños demonios, brujas, vampiros, zombies y demás seres de pesadilla. Que recorrían fugazmente las calles, deteniéndose en cada casa. Donde esperaban pacientes a que sus inquilinos les abriesen la puerta. Momento en el cual, los diminutos monstruitos dirían la famosa frase que llevaban todo el día ensayando “Truco o Trato” mientras muestran unos sacos dispuestos para recoger los “tratos” de la noche. Aunque, si por el contario, los habitantes de la casa eligiesen truco en vez de trato. Estos, se verían obligados a sufrir las bromas y jugarretas de las monstruosas visitas. Que podían ser, desde pequeñas inocentadas como la de arrojar huevos a la fachada de las casas, o otras actividades mucho más “macabras”. Por lo que era conveniente aceptar el trato, y sellarlo dejando algún que otro dulce en las bolsas de los monstruosos chiquillos.

Ronald Sullivan cerró de golpe las cortinas, ocultando la bochornosa visión de la calle infestada por toda la parafernalia propia de la celebración de Halloween. Cientos de calabazas linterna talladas con siniestras sonrisas de dientes puntiagudas invadían casas y muros, iluminando tenebrosamente las calles. Mientras proyectaban aterradoras sombras que durarían hasta que la vela que albergaban en su interior se apagase con un pequeño siseo.
Todo aquel que pululaba por el vecindario en ese momento se ocultaba tras una mascara o disfraz grotesco. Y los más pequeños, practicaban aquella extravagante costumbre que era la de reclamar golosinas a grito de “Truco o trato”.
Todas las casas estaban decoradas para la ocasión. Las telarañas falsas cubrían las puertas de las casas. Los esqueletos de plástico que colgaban de los árboles, se mecían a causa de la suave brisa nocturna, como si de macabros ahorcados se tratasen. Las lápidas de cartón piedra se multiplicaban por los jardines, convirtiéndolos en improvisados cementerios de quita y pon. Todos aquellos hogares se habían transformado en particulares casas del horror. Todas, excepto una. La de Ronald Sullivan, que permanecía inalterada y sin ningún cambio. Ya que para el amargado solterón, el treinta y uno de octubre no era más que otro día más. Para él, Halloween no estaba apuntado en su calendario de celebraciones y fiestas particular. Todas las costumbres y parafernalias propias de esa noche le repugnaban.
Decir que Ronald Sullivan odiaba Halloween era quedarse muy corto. Al solitario cuarentón, aquella celebración le producía un verdadero desagrado. Odiaba entrar en los supermercados y tiendas de la ciudad y encontrarse con los estantes repletos de grotescas mascaras de plástico, estrafalarios disfraces y repulsivas películas de terror a mitad de precio. El hombre incluso agradecía al gerente, el momento en el que ordenaba llevárselo todo al almacén, de donde no saldría nada hasta el año que viene.
Otra cosa que odiaba Ronald eran los niños. Ya que, en ese día aquellos pequeños bribones se comportaban como verdaderos vándalos. Los gritos y chillidos que emitían los pequeños desde la calle, le producían una terrible jaqueca. Motivo por el cual, Ronald encendió el televisor esperando así, poder amortiguar el escándalo producido por aquellas pequeñas bestias de primaria.
El televisor emitió un sonoro grito femenino que debió escucharse a varias casas de distancia. El hombre machacó el botón del mando a distancia destinado a bajar el volumen del aparato pora evitar quedarse sordo.
La pantalla mostraba como una adolescente semidesnuda era brutalmente asesinada por un asesino enmascarado. Quien no dejaba de hundir su enorme cuchillo de carnicero en el estómago de la joven. Esta, solo dejó de gritar, cuando el mono de mecánico del asesino estuvo completamente embadurnado con su sangre.
Con una expresión de desagrado en rostro, Ronald cambio de canal. Esperando poder encontrar algo decente en la programación de ese día. Pero, como ya esperaba, eso no ocurrió. Una sucesión de películas (clásicas y modernas) de terror llenaban todos los canales: Vampiros que acechaban a bellas damas, caníbales extraterrestres dispuestos a no dejar ningún terrícola entero. Cementerios donde los muertos se alzaban de sus tumbas, dispuestos a devorar todo ápice de carne humana del idílico pueblo colindante…
Al final, Ronald desechó toda aquella galería de horrores y decidió ver un documental sobre el origen de Halloween que emitían en el canal histórico. Aunque antes, decidió visitar la cocina para abastecerse de todo lo necesario para soportar las dos horas y medio que duraba el documental. Abrió la nevera y sacó el último par de cervezas que le quedaban. Por ultimo, abrió la alacena donde guardaba su más preciado tesoro: una caja de Rocochocs con seis unidades.
Se le hizo la boca agua con solo contemplar la caja de cartón que contenía aquellas delicias de chocolate.
Las Rocochocs eran unas chocolatinas con trocitos de almendras, que el hombre había disfrutado desde la tierna edad de siete años. Momento en el cual, su madre le había obsequiado con esa deliciosa barra de chocolate por el buen comportamiento demostrado en su ultima visita en el supermercado. No gritó, no se escapó, no pataleó, no hizo nada que provocase el enfado a su madre. Aquel día incluso la había ayudado a dejar los productos en el carrito de la compra. Por lo que su madre, agradecida por ese gesto, se permitió comprarle aquel dulce a su obediente hijo. Este, destrozó rápidamente el envoltorio que guardaba la chocolatina, y devoró con saña el delicioso producto.
Desde ese momento, las Rocochocs se habían convertido en su manjar secreto. Las comía continuamente. En su despensa nunca podía faltar un paquete de aquellas chocolatinas. Y su ingesta, había comenzado a preocupar a su medico de cabecera. Quien comenzaba a avisar al hombre, de que sus niveles de azúcar habían subido alarmantemente en los últimos años.
La mención de su madre, hizo que la mente de Ronald se llenase con negros recuerdos de la mujer que le dio a luz.
Evelyn Sullivan había sido una buena madre hasta que su retoño cumplió los cinco años. Momento en el que, el señor Sullivan abandonó a su familia sin dar explicación alguna. Fue a partir de ese momento, cuando la señora Sullivan comenzó a dejarse llevar de hombre a hombre. Se encariñaba con ellos, vivían dos o tres años como un prototipo de familia feliz. Y poco tiempo después, la mujer siempre se cansaba de aquel falso marido de prueba al que le ordenaba largarse cuanto antes. Para así, poder estar libre y sin compromiso. Dispuesta a buscar a un nuevo pretendiente.
El pequeño Ronald había conocido a tantos “padres” y ninguno de ellos pudo ejercer de verdad como tal. Ya que, cuando comenzaba a encariñarse con alguno. Su madre, lo expulsaba de su vida, para traer un nuevo desconocido a casa.
El odio hacia su madre crecía cada año que pasaba. El trato que recibía por parte de aquella mujer era nulo. Incluso le culpaba a él por su mala suerte con los hombres. Juraba que a ellos no les gustaba tener que aguantar a un insoportable mocoso durante el resto de sus días. Pero la verdad era que Evelyn se había convertido en una asquerosa bruja sin corazón desde el abandono de su marido.
Los años pasaron, y su madre comenzó a dejar de ser atractiva a los hombres. Su efímera belleza se había marchitado como las rosas que se dejan abandonadas en los cementerios, ante la tumba de un ser poco querido.
Así fue como, la destrozada mujer, buscó consuelo en los brazos de su repudiado hijo. Este, dejó creer a su madre que seguía queriéndola. Y durante sus últimos años de vida, Evelyn pensó que por fin, los dos podían tener la preciosa relación madre e hijo que nunca habían tenido. Pero, un fatídico día, la veterana mujer, sufrió un inesperado “accidente” que acabo con aquel período de aparente felicidad.
Evelyn había “resbalado” y caído por las escaleras de su casa. Los escalones habían destrozado sus deteriorados huesos, afectados por su reciente reuma. Y la dolorosa caída, había culminado con el brutal golpe en la cabeza contra el duro suelo. Que la mató al instante.
Gracias a aquel nefasto “accidente”, Ronald consiguió aquella fantástica casa en la calle Elm. Ya que su madre se la había cedido (junto a un buena cantidad monetaria) en el testamento que había rescrito poco después de la preciosa reconciliación con su querido hijo.
Sin su madre. Ronald por fin era libre para vivir su vida. Tenía una casa para el solo y ninguna mujer que lo asfixiase. El no iba a cometer los errores de su padre. No iba a casarse con una mujer que le convirtiese en su particular esclavo. Ni se vería obligado a marcharse de su hogar para no ver más a esa zorra.
No necesitaba para nada a una mujer. Si necesitaba follar, no tenía más que coger el coche y dirigirse al burdel de Lou. En el que por unos cuantos pavos se podría desfogar con una preciosa chica a la que no le debería nada más que el precio del servicio realizado.
El incesante sonido del timbre y las risitas infantiles, delataban la llegada de los primeros visitantes en busca de golosinas y dulces.
-¡¡¡TRUCO O TRATO!!!-exclamaron tres vocecitas chillonas mientras el timbre no dejaba de sonar.
El hombre se levantó del sillón después de soltar un bufido de resignación.
Aquella, iba a ser una noche muy larga.

Eran aproximadamente las doce y cuarto de la noche. El documental sobre la festividad de Halloween había acabado hacía bastante tiempo. Y ahora, retransmitían el clásico de Alfred Hitchcock “Psicosis”.
 Ronald Sullivan dormitaba en el sofá. Los envoltorios de cuatro Rocochocs descansaban encima de su barriga, que subía y bajaba pausadamente.
Había tenido que soportar la visita de catorce niños hiperactivos, y de tres enfurecidas madres. Que le habían recriminado su denigrante comportamiento, al negarse a darle a sus retoños unos cuantos caramelos. Y por haberlos asustado al echarlos de su casa esgrimiendo un verdadero cuchillo de cocina.
Las indignadas madres se habían marchado después de amenazar al hombre con llamar a la policía si volvía a hacerle algo parecido a un niño más.
Ronald las había ignorado. Cerró la puerta sonoramente, se dejó caer pesadamente encima del mullido sofá y siguió llenando la panza con cerveza y chocolate.
De repente, el timbre volvió a sonar. Solo fue una vez. Pero el sonido se clavó en los oídos del hombre y lo despertó de su placida cabezada.
-¡Lárgate puñetero mocoso, no te daré las putas golosinas, así que ya puedes dejar de timbrar!-exclamó Ronald con el sabor de las Rocochocs aún en la boca
El aviso no pareció surtir efecto, ya que esta vez no fue una, si no dos. Las veces que la desconocida visita pulsó el botón del timbre.
-¡Te doy tres segundos para salir de mi propiedad, o  me veré obligado a echarte yo mismo y créeme, tu no quieres eso!-amenazó el cuarentón levantándose del sofá, mientras recogía de la cocina el afilado cuchillo con el que conseguiría asustar a aquel pequeño intruso.
-Uno...-comenzó a contar después de que el característico Ding Dong volviese a resonar por toda la casa.
-Dos…-se detuvo a medio camino ya que parecía que la visita había desistido en reclamar la presencia del inquilino de la casa. Pero dejó de pulsar el timbre y empezó a petar en la puerta.
-¡…Y tres!-Ronald abrió la puerta, preparado para enfrentarse al invitado no deseado.
Delante de él, se encontraba un pequeño fantasmita.
-¡Te he dicho que te largaras niño!-exclamó mientras empuñaba el cuchillo, como uno de aquellos peligrosos psicópatas de las películas slasher.
El chiquillo no se amedrentó. Es más, alzó con sus pequeñas manitas un saco de arpillera con una sonriente calabaza de fieltro cosido a ella.
-¡Ya te he dicho que no hay caramelos niño!
El pequeño continúo sujetando el saco, reclamando con ese simple gesto, el dulce botín que había venido a buscar.
Ronald bajó lentamente el cuchillo al ver que este, no hacía efecto alguno en el niño. Quien siguió quieto y sin decir nada en el umbral de la puerta.
Había que admitir que su disfraz era verdaderamente siniestro: el pequeño se ocultaba tras una raída y sucia sábana blanca (seguramente cedida por su madre para ahorrarse el dinero de un disfraz en condiciones). La amplia prenda, estaba salpicada con varias manchas de sangre reseca que hacían que el disfraz fuese verdaderamente terrorífico. Dos pequeños agujeros recortados a la altura de los ojos, permitían al pequeño mirar cara a cara a Ronald. Este, mantuvo la mirada al pequeño, pero tuvo que apartarla poco después. Aquellos ojos inquisitivos parecían querer indagar en el interior del adulto. En busca de sus mas profundos y inconfesables secretos.
-No te lo volveré a repetir chico. Vete, ya es muy tarde y tu madre estará muy preocupada por ti.
El fantasmita siguió inmóvil. El saco en alto, y los ojos bien abiertos.
El vecindario entero estaba en completo silencio. Los niños que hace nada paseaban por las calles reclamando caramelos, ya debían estar en la seguridad de sus casas. Haciendo el recuento del dulce botín de aquella fructífera noche.
En aquel momento, Ronald estaba solo ante el pequeño fantasma. Y eso, al hombre le aterraba. No sabía el porqué. Pero la sola presencia del pequeño le producía terribles escalofríos. El temor, pronto pasó a convertirse en miedo. Pero, ¿miedo a qué? ¿A aquel inofensivo niño oculto tras una maltrecha sábana?
El adulto se increpó a si mismo por la actitud que estaba demostrando. Lo que tenía delante era un simple chiquillo. Entonces, ¿Por qué aquel incomprensible miedo estaba apoderándose de él?   
El niño continuaba apostado delante del hombre. No se había movido ni un solo milímetro en todo este tiempo (también habría jurado que en ningún momento había cerrado los ojos)
Dispuesto a acabar con aquella terrible farsa de una vez con todas. Ronald agarró un pliegue de la sábana, y tiró de ella violentamente.
Ojala no lo hubiera hecho.
Lo primero que pasó cuando el hombre despojó al pequeño del disfraz, fue que un ejército de moscas escapó despavorido en todas direcciones. Chocando contra la cara de Ronald, y obligándole a cerrar los ojos y la boca (además de tener que taparse la nariz) para evitar así que uno de aquellos indeseables insectos entrase donde no debía.
Después, cuando el zumbido de aquellas pequeñas alas desapareció, y el adulto decidió destapar sus fosas nasales. Llegó a ellas el terrible hedor de la putrefacción.
Y por ultimo, los ojos de Ronald se abrieron por completo, preparado para descubrir, la causa de tan horrible olor.
El sonoro grito de puro terror que destrozó sus cuerdas vocales, se escuchó en todo el vecindario. Pero, nadie salió a averiguar quien lo produjo ya que ¿Quién iba a preocuparse de que alguien gritase en la noche más terrorífica del año?


Una pequeña figura caminaba tranquilamente por la desierta calle del silencioso vecindario. Arrastraba un saco lleno de chucherías que su madre le había preparado hacía tantos años.
“Cuando abran la puerta tu di Truco o trato” le había dicho su madre “Vete a casas que conozcas como la de la señora Henderson y vuelve antes de las once” Después de eso le había dado un beso en la mejilla y le había ajustado la sábana antes de despedirse “Feliz Halloween mi aterrador fantasmita” 
Aquella había sido la última vez que el pequeño había visto a su madre. Ya que aquella misma noche, el pequeño fue brutalmente asesinado. Su cuerpecito, fue hallado a la mañana siguiente. En el jardín de una casa, donde el pequeño pretendía reclamar unos dulces a los que nunca pudo hincarles el diente.
Las sonrientes y luminosas calabazas linterna, proyectaban sus tenebrosas sombras en el duro pavimento. Y las resecas hojas otoñales, se arrastraban suavemente alrededor del fantasmita. Este, llevaba en su mano una Rocochoc que había tomado de la última casa que había visitado.
El hombre que le había abierto la puerta no quería acordar el trato, por lo que tuvo que aceptar el truco. Le había quitado el disfraz revelando su repulsivo aspecto. Y el débil corazón de aquel hombre, no había podido soportar la visión de tal monstruosidad. Por lo que detuvo su funcionamiento en aquel mismo instante.
El pequeño había observado detenidamente como se había retorcido en el suelo ante sus pies. Hasta que, finalmente exhaló su último aliento.
Después, solo había tenido que sortear el abotargado cadáver, y dirigirse al salón. Donde le estaba esperando su recompensa en forma de chocolatina con almendras.
Sus podridos y amarillentos dientecillos, se quebraban a medida que masticaba la dura cobertura de chocolate.  Pero le daba igual. Debía de disfrutar de aquellas dulces golosinas a pesar de venir acompañadas por trozos de piezas bucales. Ya que no volvería a disfrutar de aquellas delicias, hasta el año que viene.
Había llegado a las puertas del cementerio local. Donde se reunía un nutrido grupo de personas que presentaban un terrible aspecto. Claramente, todas ellas eran muertos como el chiquillo.
El olor a carne muerta que exhalaban sus cuerpos, animó a las moscas y gusanos de los alrededores a congregarse alrededor de los cadáveres. Convirtiéndolos en particulares buffets andantes.
Los muertos observaban el cielo. La noche pronto moriría, y con ella, también lo harían ellos. Quienes, esperarían pacientes, la llegada del próximo treinta y uno de octubre. Momento en el cual, las puertas se abrirían, permitiéndoles poder vagar por la tierra durante una noche más.
El amanecer hizo acto de presencia. Y los cuerpos de los fallecidos comenzaron a desaparecer. Halloween había terminado.
Antes de desaparecer él también. El pequeño fantasmita introdujo en su boca un caramelo de naranja, mientras sonreía y susurraba una frase que solo pudo escuchar el viento: Truco o Trato.

Como veis queridos amiguitos, Halloween es más que una simple fiesta para niños pequeños. Espero que lo tengáis muy en cuenta cuando salgáis a la calle enfundados en aterradores disfraces para asustar a unos cuantos incautos. Y espero que los incautos no seáis vosotros.
Y para los que se queden en casa y reciban la visita de unos pequeños monstruitos pidiendo truco o trato. Espero que seáis sabios y aceptéis el trato en vez del truco. No queremos que corráis la misma suerte que el pobre Ronald y que este, sea vuestro último Halloween.
Bueno, este viejo cadáver os desea un feliz Halloween, disfrutadlo, que por desgracia, solo lo celebramos una vez al año.  

@KillRubn