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domingo, 2 de diciembre de 2012

Gritos humanos

LA CRIPTA DEL TERROR


Bienvenidos una vez más a mi aterradora cripta pequeñines. Esta vez, me encantaría rendir homenaje a una de las figuras literarias más influyentes del género del terror. Hablo ni más ni menos que de Howard Phillips Lovecraft.
Este encantador personaje, nacido en Providence un veinte de agosto de mil ochocientos noventa. Fue el creador de un género conocido como Horror Cósmico en el que se alejó de los estereotipos del terror sobrenatural propios de la época, para crear un terror “espacial”.
Por eso me apetece contribuir a explayar su conocida y adorada obra a todos aquellos que quieran disfrutar de nuevas dimensiones del horror con este humilde relato al que llamo…

Gritos humanos


Me llamo Joseph Kingston, o al menos solían llamarme así antes de mi “renacimiento”. Ahora, se me es más conocido como paciente sesenta y ocho del hospital psiquiátrico Arkham para mentes enfermas.
Según mis cálculos, llevo encerrado entre estas cuatro blancas paredes tres años. Tres largos años en los que he aguardado pacientemente la llegada una noche de luna tan llena como la que observo por la pequeña ventana de la pared más alejada de mí.
Aquella, era la noche y el momento en el que todos mis esfuerzos tendrían su merecida recompensa.
Antes de ser encerrado en este tenebroso lugar de locura y pasar a formar parte de esta particular “familia”, yo no era más que un modesto librero. Mi vida avanzaba apacible entre la lectura de miles de novelas, ensayos, poemas o cualquier manuscrito que pasase por mis curiosas manos. Hasta que un día, recibí la fúnebre noticia del suicidio de mi padre.
Andrew Kingston, era un eminente profesor de literatura inglesa que me enseñó el valor de la palabra escrita. En sus tiempos libres era un extravagante coleccionista. Tenía en su haber decenas de los más extraños objetos que recibía de un misterioso compañero arqueólogo: estatuillas antropomórficas de diferentes culturas, miles de amuletos a los que se le atribuían misteriosos poderes, y tratados antiguos por los que pagaba jugosas sumas de dinero.
Era un hombre culto e inteligente, además de ser un orgulloso cristiano. Por eso, cuando me informaron de que el veinte de enero de mil novecientos veinticinco, en el silencio de la noche Andrew Kingston se ahorcó en su despacho, yo me negué a creerlo. Pero así era. Se había quitado la vida, cosa que iba contra las leyes de Dios. Por eso comencé a sospechar que algo raro le había pasado a mi padre para que tuviera que recurrir a semejante solución.
Pasé horas en el despacho de mi padre, examinando sus documentos más recientes. Pero solo encontré unas cuantas páginas de lo que parecía ser las memorias de mi difunto progenitor que no informaban de nada relativo a su suicidio. Mis esfuerzos no estaban dando resultados hasta que pensé en examinar la biblioteca particular donde reposaban los libros más importantes para mi padre. Allí tampoco encontré nada, ni una mísera carta de despedida. La ira comenzó a agolparse en mi interior y en un arrebato de locura, comencé a arrojar aquellos valiosos compendios de saber por toda la habitación. En medio de aquel salvaje frenesí derribé si darme cuenta el enorme mueble, que produjo un enorme y atronador estruendo al caer al suelo.
Mientras trataba de tranquilizarme, volví a fijarme en la desnuda pared donde el mueble volcado ocultaba una misteriosa puerta a ojos ajenos.
Sin más demora busqué por toda la habitación la llave que abriría aquella enigmática puerta y lo que quisiese que se guardara en su interior. Y mientras mi cuerpo se afanaba en rebuscar en los cajones de la mesa de roble en busca de la llave perdida, mi mente no paraba de pensar en los motivos por los cuales mi padre se veía obligado a tener un cuarto secreto.
Finalmente la encontré en el tercer cajón. Dentro de una ajada biblia, a modo de particular marca páginas, reposaba una extraña llave de plata con unas intrigantes letras grabadas por toda la llave de origen desconocido para mí.
La puerta se abrió con un quejido que me hizo rechinar los dientes y cerrar los ojos al instante. Y al abrirlos me encontré con la más profunda de las oscuridades. Armándome de valor y valiéndome de una vela, me dispuse a adentrarme en aquella tenebrosa estancia, decidido a encontrar el secreto que ocultaba mi padre en aquel misterioso cuarto.
Gracias a la tenue luz que producía el cirio que sostenía mi temblorosa mano, logré no tropezar con una silla rastrera que esperaba paciente un inoportuno descuido por mi parte que, afortunadamente nunca llegó a producirse.
La luz reveló una gigantesca mesa en la que encontré decenas de valiosas velas que me ayudaron a alumbrar por completo la habitación.
Cuando la oscuridad desapareció, me encontré con una habitación repleta de cientos de los más extraños objetos. Lo que más abundaba, eran unas inusuales figuras de grotescas formas. Algunas eran de piedra, otras de metal, y las más amorfas de madera. Pero todas tenían algo en común: unos tentáculos que crecían en los lugares más insospechados.
Me pregunté que representaban aquellas tallas, pero dejé esas figuras cuando mis ojos se posaron en una caja que descansaba en la mesa. La examiné y me llevé una grata sorpresa al ver que la llave que tenía también correspondía a la cerradura de la caja. Esta, estaba repleta de decenas de documentos. Impaciente, abrí una carta que databa de hacía tan solo una semana. Comencé a leer la pulcra letra de mi padre:

Esta es una carta de despedida. Espero que quien esté leyendo estas palabras sea mi querido hijo Joseph. Esta carta también es un aviso para que el que lo lea haga lo que yo no pude hacer: quemar el contenido de esta caja.
Desde que descubrí la existencia de los Primigenios, mi minúscula mente ha querido saber más sobre ellos. He recorrido las bibliotecas de medio mundo buscando el preciado Necronomicon sin ningún resultado. He charlado con locos que juran haber estado en presencia de estos dioses amorales. Y he recopilado tanta información como he podido sobre ellos. De repente, pasé de ser un eminente conocedor de la lengua inglesa, a ser un principiante de ocultista. Comencé a obsesionarme. Pasaba noches en vela desvelando los misterios de aquellos dioses y empecé a aislarme del mundo exterior.
Cada paso que daba en mi investigación me hacia estar más cerca de mis “amos” y de su enigmática naturaleza. Una noche tuve mi primer sueño inducido por aquellos seres. Una experiencia inexpresable en la que fui arrastrado por todo el universo conocido y por conocer. Miles de voces me hablaban a la vez haciéndome pensar que me iba a estallar la cabeza en cualquier momento. Pero por suerte no fue así y me vi flotando en la inmensidad del espacio, donde el mismísimo Nyarlathotep me habló con oscuras palabras. Tenía una misión para mí. Una oscura tarea que rechacé completar inmediatamente. Y cuando el oscuro dios se dio cuenta de que su sirviente no iba a satisfacer sus deseos decidió vengarse de mí. A partir de ese momento el poderoso Primigenio me ha estado torturando de mil formas inimaginables mediante los sueños. He muerto decenas de veces. Mi piel ha sido arrancada para confeccionar estrafalarios ropajes, mis huesos han sido triturados hasta convertirse en polvo, y mis ojos han explotado en sus cuencas con una sola mirada de ese ser. Evito dormirme, el solo pensamiento de volver a enfrentarme a esa criatura me aterra hasta límites insospechados.
Durante todo el día he estado pensando en una solución para acabar con esta infernal tortura y con su insufrible dolor. Pero es una idea que va en contra de mi religión, aunque pensándolo mejor, a estas alturas dudo que exista ese Dios benevolente en el que creía fervientemente. Los verdaderos Dioses son estos seres alienígenas con millones de años a sus espaldas.
Espero encontrar en la muerte la tranquilidad que necesita mi perturbada alma. Y vuelvo a pedir a quien este leyendo estas últimas palabras, que queme el trabajo de estos últimos años. Y que comprenda, que en este universo hay cosas que es mejor no saber.
Si eres mi hijo Joseph, espero que me comprendas y que sobretodo, me creas. Espero que me perdones y que sepas, que en esta vida y en la siguiente siempre te querré mi pequeño “devorador” de libros.

Cuando terminé la carta estaba terriblemente confundido, emocionado y aterrado a la vez. Aquella vorágine de sentimientos me obligó a sentarme en la silla más cercana y releer seis veces más el escrito. Aquellos últimos pensamientos que plasmó mi padre en el papel hablaban de cosas inconcebibles.
Indagué mas en el contenido de la caja ignorando la petición de quemarla. Encontré varios cuadernos en los que mi padre plasmaba todos sus descubrimientos sobre aquellos blasfemos dioses. Con cada página que leía me veía cada vez más fascinado por aquellas criaturas de una forma que solo puedo definir como morbosa.
No recuerdo cuanto tiempo estuve en aquella pequeña habitación. A mi me parecieron minutos, pero pudieron haber sido horas ya que paré de leer cuando la fatiga, el hambre y la sed hicieron mella en mí.
Me sorprendí a mi mismo cuando me llevé la caja a mi casa donde continué la investigación después de una opípara cena. Aquellos seres y sus secretos me atraparon y me convirtieron en otra persona. De repente, me pasaba días enteros encerrados en casa. Salía muy rara vez de ella y eso, mis vecinos lo notaron. Sus visitas al principió me agradaban, pero pronto comenzaron a ser una verdadera molestia cuando no paraban de preguntarme si había superado la muerte de mi padre. Era en ese momento en el que los echaba de mi casa lanzándoles graves improperios con los que se marchaban con indignidad. Fue así como comencé a ganarme el apelativo de “huraño” entre mis vecinos. Cosa que me importaba bien poco mientras aquellas patéticas criaturas no se inmiscuyeran en mis asuntos.
Fue en una tranquila noche de verano cuando tuve el primer sueño. Fue exactamente como mi padre relató, fui arrastrado por todo el universo. Cerré los ojos y traté de no pensar en nada mientras viajaba en aquel particular estado. Pero no lo conseguí. Estaba ansioso. Por fin iba a ver el aspecto de aquellos Dioses que tanto me obsesionaban. Por fin iba a conocerlos. Pero, a medida que pensaba en aquella idea otra más aterradora cruzó mi mente. Había leído en las notas de mi padre que todos los que habían estado en presencia de un Primigenio habían enloquecido. ¿Me pasaría lo mismo a mí?, ¿Perdería el juicio y me ahorcaría poco después en mi despacho como le pasó a mi padre?
Mi cuerpo paró y una voz que sonaba como si fuesen miles de chillonas vocecillas me ordenó que abriera los ojos. Me pregunté con quien me encontraría al abrirlos ¿con el sabio Yog-Sothoth, con el invidente Azathoth, o con la fértil Shub-Niggurath?
Cuando los abrí no encontré a ninguna de esas deidades, de hecho no encontré nada. Flotaba en medio de la nada más absoluta a merced del caprichoso destino.
Comenzaba a pensar que quedaría en aquel horrible transito durante toda la eternidad cuando la horrible voz volvió a hablarme.
-Joseph Kingston, se bienvenido a mi reino.
-¿Dónde estamos?-pregunté confuso a la voz- ¿Dónde estas tú?
-Estamos en el Vacío, un lugar sin tiempo y sin espacio. Aquí es donde moran los seres aún no natos, como yo.
Mi mente aún estaba asimilando estas palabras cuando la voz volvió a hablar.
-Te he hecho llamar Joseph para que me des la vida. Necesito nacer. Y necesito un cuerpo donde crecer.
-¿Eres un Primigenio?-pregunté tímidamente.
-Aun no lo soy puesto que aún no he nacido. Te necesito Joseph. Deja que forme parte de ti y vive eternamente a través de mí con todo lo que ello implica.
Escuché repetidamente aquellas últimas palabras en mi cabeza. El ser nonato me estaba proponiendo convertirme en parte de un Primigenio. Entonces sería todopoderoso y eterno.
Acepté efusivamente y la voz me ordenó que buscase un texto maldito con el que poder atraerle hasta mí.
Tardé todo un año en encontrar aquel valioso pergamino y cuando finalmente lo hice, descubrí que estaba en manos de Los hijos del eclipse. Una secta adoradora al culto de Cthulhu.
Al principio se mostraron reacios a mis palabras, pero el sumo sacerdote tranquilizo a sus acólitos informándoles que el dormitante amo le había hablado de mi llegada. Que era el elegido que ese culto llevaban tantos años esperando y que traería una época de esplendor a este decadente mundo. Yo dejé que aquellos hombres creyeran lo que quisieran, mi única intención era que el Primigenio naciese. Y para ello necesitaba el valioso pergamino.
El sumo sacerdote decidió que el ritual se llevase a cabo cuanto antes. Y cuando todo estuvo todo listo, el culto se puso en contacto conmigo inmediatamente.
Estaba ansioso. Aquella cálida noche de principios de verano iba a convertirme en parte de un ser superior. Los secretos del universo dejarían de tener secretos para mí.
Se decidió que el ritual se realizase en el sótano mi casa.
Los hijos del eclipse se dispusieron a poner a prueba su ferviente fe con aquel fastuoso ritual. Los integrantes más jóvenes estaban nerviosos, esa noche podría ser la oportunidad de estar ante la presencia de uno de aquellos amos de los que se decía que hacían quebrar la frágil mente de los humanos con tan solo una mirada.
Comenzó el ritual. El sumo sacerdote, enfundado en una escarlata túnica desplegó el valioso pergamino en un altar improvisado y me indicó con un gesto de la mano que me situase en el centro del pentagrama, dibujado previamente con la sangre que un ferviente acolito donó de buena gana.
Me tumbé completamente desnudo y observé como aquellos sectarios esnifaban un polvo amarillo de un cuenco que iban pasándose unos a otros. Supuse que sería algún tipo de droga con la que pretendían no enloquecer si el Primigenio se fijaba en ellos.
Los acólitos se dispusieron en círculo alrededor mío y dio comienzo el ritual.
Oscuras palabras comenzaron a salir de la boca del sumo sacerdote mientras recitaba la tenebrosa llamada.
A medida que el ritual avanzaba comencé a sentir un leve cosquilleo que fue extendiéndose por todo el cuerpo. Y de repente la ya familiar voz de mi amo retumbó en las paredes de mi cráneo.
Ya llegaba.
El sumo sacerdote comenzaba a mostrar signos de fatiga y su arrugada cara relucía a causa del incipiente sudor.
El cosquilleo se convirtió de repente en una rápida descarga que recorrió todos los rincones de mi cuerpo. Y esta es la parte más confusa, ya que me quedé inconsciente después de la fugaz descarga. Pero aun así, pude escuchar los gritos de terror de los acólitos y el sonido de la sangre salpicando violentamente el suelo. Todo aquello precedido por un desagradable ruido que solo puedo describir como cientos de uñas partidas arañando al mismo tiempo un astillado cristal. Después de aquello, solo quedó el más completo de los silencios que me acompaño durante lo que a mi me pareció un largo lapso de horas de duración.
No pensé en la suerte que tuvieron los hijos del eclipse, ya que los desgarradores gritos de auxilio y el terrible sonido de la carne desgarrándose hablaban por si solos.
Mi amo por fin se dirigió a mí. Sus palabras resonaron dentro de mi cabeza, grabándose a fuego en lo más profundo de mi mente. Y fue entonces cuando el Primigenio me reveló su verdadero nombre.

La policía entró en mi casa, alertados por las quejas de mis vecinos quienes estaban realmente preocupados por los continuos gritos de auxilio que salían del interior del domicilio.
Cuando entraron en el sótano se encontraron con una verdadera carnicería. El suelo estaba sembrado de cuerpos destrozados, las paredes estaban adornadas con extraños símbolos de origen pagano. Y, en medio de aquella dantesca escena, desnudo y embadurnado con la sangre de los cadáveres, se encontraba un hombre encogido sobre si mismo que no paraba de repetir un enigmático y extraño nombre <<Agro-Bageroth>>

Me internaron en el manicomio Arkham inmediatamente después de quedar demostrado que yo no era el causante de aquella matanza. Todos los eminentes psiquiatras que me han diagnosticado no han conseguido que hable sobre lo ocurrido aquella noche. Yo solo repito Agro-Bageroth una y otra vez. Cientos de veces me han preguntado por el significado de aquel nombre. Entonces, les hablo de un poderoso dios extraterrestre que habita dentro de mí y que responde a ese poderoso nombre. Y es entonces, cuando aquellos patéticos seres comienzan a acosarme a preguntas sobre mis miedos y mis frustraciones a las que me niego rotundamente a contestar.
Se han olvidado de mí. Me han dado por perdido. Para ellos no era más que otra mente rota como las cientos que habitan el lugar. Un despojo del género humano que convenía mantener encerrado entre cuatro paredes y con una minúscula ventana como único recordatorio del mundo exterior al que se me habían cerrado las puertas.
Esta noche se cumplen tres años desde que acogí en mi seno a Agro-Bageroth. Tres largos años en los que el recién nacido Primigenio ha estado descansando y preparándose pacientemente para la llegada de aquella medianoche. En la que por fin, saldrá de mi cuerpo convertido en el poderoso ser al que está destinado a convertirse.
Él me ha hablado de grandes secretos del universo y de cómo será mi vida al formar parte de su entidad. Y yo lo escucho fascinado y me impaciento terriblemente.
En este particular estado me siento como una madre primeriza. Quiero que mi retoño nazca ya. Pero luego pienso en el momento del “parto” en el que (según las notas de mi padre) el Primigenio se liberará de aquel refugio carnal. Aquello suena verdaderamente doloroso y desagradable. Y es en esas ocasiones, cuando Agro-Bageroth me reconforta con sus palabras.
-El dolor es un ínfimo precio que pagar por el privilegio que se te ofrece. Serás parte de mí. Serás poderoso, serás sabio… y serás eterno.
Aquello a veces no hacía más que llevarme a varios quebraderos de cabeza. En el momento en que Agro-Bageroth naciese, yo (mi parte humana) desaparecería. Bien era cierto que sería para convertirme en parte de un ser superior, pero la idea no dejaba de rondarme la cabeza. Y esta noche, a solo dos minutos de que la luna llena aparezca en el firmamento dando comienzo al nacimiento, yo Joseph Kingston tengo serias dudas sobre lo que estoy a punto de hacer.
Recuerdo a mi padre. Quien se vio inevitablemente atraído por los secretos de los Primigenios y que se suicidó por temor a una petición de sus amos. ¿Acaso también le habían pedido renunciar a su humanidad? ¿Por eso había decidido terminar con su existencia siendo aun humano?
En la celda contigua, Mary ríe descontroladamente mientras tararea una siniestra nana. Pienso en ella. Por lo visto, después de dar a luz a su primer hijo, la mujer comenzó a escuchar unas celestiales voces que le decían que el pequeño era maligno y que debía acabar con él inmediatamente. Así continuó todo un año hasta que ahogó a su primogénito en el río que bordeaba su granja.
Mary estaba loca, pero mañana seguiría siendo humana. No como yo, a quien le queda poco más de un minuto para convertirme en Agro-Bageroth.
El Primigenio esta impaciente. Noto como se revuelve en alguna recóndita parte de mí ser.
La luna llena se dejo ver por el hueco de la ventana y inmediatamente siento una terrible y familiar descarga que cruza todas las partes de mi cuerpo.
Me levanto de mi camastro inmediatamente mientras los tentáculos del dios se dejan ver por debajo de mi nívea piel. Se mueven furiosos y cada vez son más. Recorren todo mi cuerpo, desde la cabeza a los pies. Y empujan violentamente la piel para poder salir.
Es demasiado dolor para un patético cuerpo humano. Intento aguantar pero no puedo. Hago lo único que me permite Agro-Bageroth. Quien necesita el resto de mi cuerpo inerte para poder moverse libremente.
Grito.
Profiero el grito más desgarrador que se ha escuchado jamás sobre la faz de la tierra. Un grito de inmenso dolor que alerta a los celadores, quienes ya se afanan en abrir la puerta de mi celda.
Pero sobre todo, ese sonido que escapaba de lo profundo de mi ser, es una especie de recordatorio de lo que un día fui. De lo que signifiqué para algunas personas antes de entregarme en cuerpo y alma a aquella deidad alienígena que destroza mi cuerpo. Logrando así salir convertido de él en un visceral Primigenio que se prepara para comenzar a vivir en perfecta simbiosis conmigo.
Este último grito, es un grito humano.

Como habréis descubierto chicos, hay secretos en este universo que es mejor no revelar. Y seres a lo es que es mejor tomar por pura fantasía o leyenda.
Bueno, espero haberos convencido de las maravillas que ofrece la obra de Lovecraft que aguarda impaciente su lectura.
¡Hasta otra ocasión queridos cripteros!










jueves, 15 de noviembre de 2012

LA CRIPTA DEL TERROR.



RESEÑA DE INSTINTO DE SUPERVIVIENTE

Bueno chicos. En esta ocasión, me permito la libertad de prescindir de uno de mis relatos para hacer una breve reseña que espero que os entusiasme tanto como uno de mis aterradores relatos.

Hoy os voy a recomendar Instinto de Superviviente de Darío Vilas. Una novela de la exitosa Línea Z de Dolmen editorial.

Algunos estaréis pensando que es otra novela zombie más. Pues estáis MUY pero que MUY equivocados pequeños.

Instinto de Superviviente es más que una novela zombie, (cierto es que estos putrefactos personajes supondrán un constante peligro para los protagonistas. Aunque estos seres, en ocasiones, no son tan horribles como algunos vivos) es una dura y cruda historia de supervivencia como nunca se ha visto en una novela.



“No hubo señales, no existían previsiones. El mundo no estaba preparado para hacer frente a una catástrofe como aquella. El caos se desató, arrasando con una civilización ignorante de lo que se avecinaba. Andrés sí lo vio venir, y por eso fue la única persona que pudo mantener con vida al pequeño Damián. Juntos tratarán de escapar de una ciudad tomada por legiones de muertos vivientes, en busca de otros supervivientes.



Sin embargo, hay una amenaza más aterradora que las hordas de zombis; un enemigo imbatible: el instinto humano.”



Esta es la sinopsis. A primera vista no nos cuenta nada que no hayamos visto hasta ahora (ciudad devastada por un ejército de cadáveres andantes y unos personajes que intentan sobrevivir a esta catástrofe) pero, a partir de las primeras páginas sabes que lo que estas leyendo no es lo usual en una novela Z.

Debo recalcar el detalle de que el autor es un verdadero profesional a la hora de crear personajes. Ya que su fuerte es profundizar en la psique de ellos, sacando a relucir lo peor (y en contadas ocasiones) lo mejor del ser humano (como ya se ha visto en los relatos ambientados en Simetría). Es por eso, que muchas veces debemos fiarnos menos de los vivos que de los muertos vivientes.

Esta novela tiene dos historias. Primero, el frenético relato de Andrés y el pequeño Damián (que no te dejará ni un momento de respiro) que intentan escapar de la ciudad sitiada por los No muertos. Y la segunda (y la más desgarradora) la de la madre del pequeño, Marga. Que se embarcara en su propia odisea.

La novela tiene pocos personajes. Pero es un verdadero acierto, ya que con ella Darío, lo que consigue es que te encariñes con ellos (cosa que recomiendo tratar de no hacer por razones que se descubrirán durante la lectura)

En esta novela pululan unos misteriosos seres que harán peligrar la vida de nuestros queridos protagonistas. Y que se llaman, misteriosamente “faros” y que personalmente, a un servidor, le encantaron. El escritor vigués promete aclararnos mas cosas sobre estas criaturas en su próxima novela (esperemos que así sea).

Así que tenemos zombies, personajes realmente interesantes, una buena historia y unas extrañas criaturas (los “faros”). ¿Qué más se le puede pedir a esta novela?

Esta, es la primera parte de una trilogía que continúa con la próxima Lantana, donde nace el instinto. Y culminará en una tercera parte que el autor promete, que será memorable.

Es algo corta (son 224 páginas que no podrás parar de leer), con un interesante prólogo de Javier Pellicer. Y con una estupenda ilustración del siempre genial Alejandro Colucci. Por lo que, fácilmente puede pasar a formar parte de vuestra biblioteca particular.

Sobre el autor diré que es un vigués y buen amigo de vuestro querido anfitrión. Y que, poco a poco, se está haciendo un gran hueco en el mundo de la literatura hispánica.

Antes de esta novela. Darío había escrito Piezas desequilibradas E imperfecta Simetría (dos antologías de relatos que espero poder reseñar más adelante) que le han servido para darse a conocer.

También ha sido ganador del Premio Nosferatu de 2010 gracias a su relato Orgullo de Padre. Y, es asesor editorial y de la web Cultura Hache. Vive por, y para la difusión del horror hispano.

No dudo en declarar, que este autor, es el mentor de este viejo cadáver. Un excelente escritor que espero que continúe con la labor que mejor se le da: aterrar.



En definitiva, Instinto de Superviviente es una excelente novela zombie (de lo mejor que he leído en lo que va de año) que os recomiendo encarecidamente.

Bueno chiquillos, os espero de nuevo en mi cripta. Donde espero que, en lo próxima ocasión, pueda tener la oportunidad de alimentar vuestros miedos con más relatos made in the Crypt.

Saludos.

@KillRubn

jueves, 1 de noviembre de 2012

La cripta del terror



Es Halloween queridos engendros. Una horrible noche en la que el terror y los sustos (de muerte) están asegurados para todo el mundo. Cosa que, queridos amigos, al viejo Señor de la Cripta le entusiasma mucho. Por eso yo también quiero contribuir a repartir el terror a todos aquellos que buscan pasar un mal rato ¿Y que mejor para hacer eso que con una terrorífica historia de mi macabra colección?
El protagonista del relato de esta espectral noche odia profundamente Halloween. Pero, va a descubrir que esta festividad esconde terribles secretos, dispuestos a hacerle pasar la peor noche de su vida. Así, que encended unas cuantas calabazas linterna para iluminar la habitación, e ignorad los desgarradores gritos que forman la particular banda sonora de la noche y disfrutad con…

Truco o trato

El vecindario entero estaba poblado por un nutrido grupo de pequeños demonios, brujas, vampiros, zombies y demás seres de pesadilla. Que recorrían fugazmente las calles, deteniéndose en cada casa. Donde esperaban pacientes a que sus inquilinos les abriesen la puerta. Momento en el cual, los diminutos monstruitos dirían la famosa frase que llevaban todo el día ensayando “Truco o Trato” mientras muestran unos sacos dispuestos para recoger los “tratos” de la noche. Aunque, si por el contario, los habitantes de la casa eligiesen truco en vez de trato. Estos, se verían obligados a sufrir las bromas y jugarretas de las monstruosas visitas. Que podían ser, desde pequeñas inocentadas como la de arrojar huevos a la fachada de las casas, o otras actividades mucho más “macabras”. Por lo que era conveniente aceptar el trato, y sellarlo dejando algún que otro dulce en las bolsas de los monstruosos chiquillos.

Ronald Sullivan cerró de golpe las cortinas, ocultando la bochornosa visión de la calle infestada por toda la parafernalia propia de la celebración de Halloween. Cientos de calabazas linterna talladas con siniestras sonrisas de dientes puntiagudas invadían casas y muros, iluminando tenebrosamente las calles. Mientras proyectaban aterradoras sombras que durarían hasta que la vela que albergaban en su interior se apagase con un pequeño siseo.
Todo aquel que pululaba por el vecindario en ese momento se ocultaba tras una mascara o disfraz grotesco. Y los más pequeños, practicaban aquella extravagante costumbre que era la de reclamar golosinas a grito de “Truco o trato”.
Todas las casas estaban decoradas para la ocasión. Las telarañas falsas cubrían las puertas de las casas. Los esqueletos de plástico que colgaban de los árboles, se mecían a causa de la suave brisa nocturna, como si de macabros ahorcados se tratasen. Las lápidas de cartón piedra se multiplicaban por los jardines, convirtiéndolos en improvisados cementerios de quita y pon. Todos aquellos hogares se habían transformado en particulares casas del horror. Todas, excepto una. La de Ronald Sullivan, que permanecía inalterada y sin ningún cambio. Ya que para el amargado solterón, el treinta y uno de octubre no era más que otro día más. Para él, Halloween no estaba apuntado en su calendario de celebraciones y fiestas particular. Todas las costumbres y parafernalias propias de esa noche le repugnaban.
Decir que Ronald Sullivan odiaba Halloween era quedarse muy corto. Al solitario cuarentón, aquella celebración le producía un verdadero desagrado. Odiaba entrar en los supermercados y tiendas de la ciudad y encontrarse con los estantes repletos de grotescas mascaras de plástico, estrafalarios disfraces y repulsivas películas de terror a mitad de precio. El hombre incluso agradecía al gerente, el momento en el que ordenaba llevárselo todo al almacén, de donde no saldría nada hasta el año que viene.
Otra cosa que odiaba Ronald eran los niños. Ya que, en ese día aquellos pequeños bribones se comportaban como verdaderos vándalos. Los gritos y chillidos que emitían los pequeños desde la calle, le producían una terrible jaqueca. Motivo por el cual, Ronald encendió el televisor esperando así, poder amortiguar el escándalo producido por aquellas pequeñas bestias de primaria.
El televisor emitió un sonoro grito femenino que debió escucharse a varias casas de distancia. El hombre machacó el botón del mando a distancia destinado a bajar el volumen del aparato pora evitar quedarse sordo.
La pantalla mostraba como una adolescente semidesnuda era brutalmente asesinada por un asesino enmascarado. Quien no dejaba de hundir su enorme cuchillo de carnicero en el estómago de la joven. Esta, solo dejó de gritar, cuando el mono de mecánico del asesino estuvo completamente embadurnado con su sangre.
Con una expresión de desagrado en rostro, Ronald cambio de canal. Esperando poder encontrar algo decente en la programación de ese día. Pero, como ya esperaba, eso no ocurrió. Una sucesión de películas (clásicas y modernas) de terror llenaban todos los canales: Vampiros que acechaban a bellas damas, caníbales extraterrestres dispuestos a no dejar ningún terrícola entero. Cementerios donde los muertos se alzaban de sus tumbas, dispuestos a devorar todo ápice de carne humana del idílico pueblo colindante…
Al final, Ronald desechó toda aquella galería de horrores y decidió ver un documental sobre el origen de Halloween que emitían en el canal histórico. Aunque antes, decidió visitar la cocina para abastecerse de todo lo necesario para soportar las dos horas y medio que duraba el documental. Abrió la nevera y sacó el último par de cervezas que le quedaban. Por ultimo, abrió la alacena donde guardaba su más preciado tesoro: una caja de Rocochocs con seis unidades.
Se le hizo la boca agua con solo contemplar la caja de cartón que contenía aquellas delicias de chocolate.
Las Rocochocs eran unas chocolatinas con trocitos de almendras, que el hombre había disfrutado desde la tierna edad de siete años. Momento en el cual, su madre le había obsequiado con esa deliciosa barra de chocolate por el buen comportamiento demostrado en su ultima visita en el supermercado. No gritó, no se escapó, no pataleó, no hizo nada que provocase el enfado a su madre. Aquel día incluso la había ayudado a dejar los productos en el carrito de la compra. Por lo que su madre, agradecida por ese gesto, se permitió comprarle aquel dulce a su obediente hijo. Este, destrozó rápidamente el envoltorio que guardaba la chocolatina, y devoró con saña el delicioso producto.
Desde ese momento, las Rocochocs se habían convertido en su manjar secreto. Las comía continuamente. En su despensa nunca podía faltar un paquete de aquellas chocolatinas. Y su ingesta, había comenzado a preocupar a su medico de cabecera. Quien comenzaba a avisar al hombre, de que sus niveles de azúcar habían subido alarmantemente en los últimos años.
La mención de su madre, hizo que la mente de Ronald se llenase con negros recuerdos de la mujer que le dio a luz.
Evelyn Sullivan había sido una buena madre hasta que su retoño cumplió los cinco años. Momento en el que, el señor Sullivan abandonó a su familia sin dar explicación alguna. Fue a partir de ese momento, cuando la señora Sullivan comenzó a dejarse llevar de hombre a hombre. Se encariñaba con ellos, vivían dos o tres años como un prototipo de familia feliz. Y poco tiempo después, la mujer siempre se cansaba de aquel falso marido de prueba al que le ordenaba largarse cuanto antes. Para así, poder estar libre y sin compromiso. Dispuesta a buscar a un nuevo pretendiente.
El pequeño Ronald había conocido a tantos “padres” y ninguno de ellos pudo ejercer de verdad como tal. Ya que, cuando comenzaba a encariñarse con alguno. Su madre, lo expulsaba de su vida, para traer un nuevo desconocido a casa.
El odio hacia su madre crecía cada año que pasaba. El trato que recibía por parte de aquella mujer era nulo. Incluso le culpaba a él por su mala suerte con los hombres. Juraba que a ellos no les gustaba tener que aguantar a un insoportable mocoso durante el resto de sus días. Pero la verdad era que Evelyn se había convertido en una asquerosa bruja sin corazón desde el abandono de su marido.
Los años pasaron, y su madre comenzó a dejar de ser atractiva a los hombres. Su efímera belleza se había marchitado como las rosas que se dejan abandonadas en los cementerios, ante la tumba de un ser poco querido.
Así fue como, la destrozada mujer, buscó consuelo en los brazos de su repudiado hijo. Este, dejó creer a su madre que seguía queriéndola. Y durante sus últimos años de vida, Evelyn pensó que por fin, los dos podían tener la preciosa relación madre e hijo que nunca habían tenido. Pero, un fatídico día, la veterana mujer, sufrió un inesperado “accidente” que acabo con aquel período de aparente felicidad.
Evelyn había “resbalado” y caído por las escaleras de su casa. Los escalones habían destrozado sus deteriorados huesos, afectados por su reciente reuma. Y la dolorosa caída, había culminado con el brutal golpe en la cabeza contra el duro suelo. Que la mató al instante.
Gracias a aquel nefasto “accidente”, Ronald consiguió aquella fantástica casa en la calle Elm. Ya que su madre se la había cedido (junto a un buena cantidad monetaria) en el testamento que había rescrito poco después de la preciosa reconciliación con su querido hijo.
Sin su madre. Ronald por fin era libre para vivir su vida. Tenía una casa para el solo y ninguna mujer que lo asfixiase. El no iba a cometer los errores de su padre. No iba a casarse con una mujer que le convirtiese en su particular esclavo. Ni se vería obligado a marcharse de su hogar para no ver más a esa zorra.
No necesitaba para nada a una mujer. Si necesitaba follar, no tenía más que coger el coche y dirigirse al burdel de Lou. En el que por unos cuantos pavos se podría desfogar con una preciosa chica a la que no le debería nada más que el precio del servicio realizado.
El incesante sonido del timbre y las risitas infantiles, delataban la llegada de los primeros visitantes en busca de golosinas y dulces.
-¡¡¡TRUCO O TRATO!!!-exclamaron tres vocecitas chillonas mientras el timbre no dejaba de sonar.
El hombre se levantó del sillón después de soltar un bufido de resignación.
Aquella, iba a ser una noche muy larga.

Eran aproximadamente las doce y cuarto de la noche. El documental sobre la festividad de Halloween había acabado hacía bastante tiempo. Y ahora, retransmitían el clásico de Alfred Hitchcock “Psicosis”.
 Ronald Sullivan dormitaba en el sofá. Los envoltorios de cuatro Rocochocs descansaban encima de su barriga, que subía y bajaba pausadamente.
Había tenido que soportar la visita de catorce niños hiperactivos, y de tres enfurecidas madres. Que le habían recriminado su denigrante comportamiento, al negarse a darle a sus retoños unos cuantos caramelos. Y por haberlos asustado al echarlos de su casa esgrimiendo un verdadero cuchillo de cocina.
Las indignadas madres se habían marchado después de amenazar al hombre con llamar a la policía si volvía a hacerle algo parecido a un niño más.
Ronald las había ignorado. Cerró la puerta sonoramente, se dejó caer pesadamente encima del mullido sofá y siguió llenando la panza con cerveza y chocolate.
De repente, el timbre volvió a sonar. Solo fue una vez. Pero el sonido se clavó en los oídos del hombre y lo despertó de su placida cabezada.
-¡Lárgate puñetero mocoso, no te daré las putas golosinas, así que ya puedes dejar de timbrar!-exclamó Ronald con el sabor de las Rocochocs aún en la boca
El aviso no pareció surtir efecto, ya que esta vez no fue una, si no dos. Las veces que la desconocida visita pulsó el botón del timbre.
-¡Te doy tres segundos para salir de mi propiedad, o  me veré obligado a echarte yo mismo y créeme, tu no quieres eso!-amenazó el cuarentón levantándose del sofá, mientras recogía de la cocina el afilado cuchillo con el que conseguiría asustar a aquel pequeño intruso.
-Uno...-comenzó a contar después de que el característico Ding Dong volviese a resonar por toda la casa.
-Dos…-se detuvo a medio camino ya que parecía que la visita había desistido en reclamar la presencia del inquilino de la casa. Pero dejó de pulsar el timbre y empezó a petar en la puerta.
-¡…Y tres!-Ronald abrió la puerta, preparado para enfrentarse al invitado no deseado.
Delante de él, se encontraba un pequeño fantasmita.
-¡Te he dicho que te largaras niño!-exclamó mientras empuñaba el cuchillo, como uno de aquellos peligrosos psicópatas de las películas slasher.
El chiquillo no se amedrentó. Es más, alzó con sus pequeñas manitas un saco de arpillera con una sonriente calabaza de fieltro cosido a ella.
-¡Ya te he dicho que no hay caramelos niño!
El pequeño continúo sujetando el saco, reclamando con ese simple gesto, el dulce botín que había venido a buscar.
Ronald bajó lentamente el cuchillo al ver que este, no hacía efecto alguno en el niño. Quien siguió quieto y sin decir nada en el umbral de la puerta.
Había que admitir que su disfraz era verdaderamente siniestro: el pequeño se ocultaba tras una raída y sucia sábana blanca (seguramente cedida por su madre para ahorrarse el dinero de un disfraz en condiciones). La amplia prenda, estaba salpicada con varias manchas de sangre reseca que hacían que el disfraz fuese verdaderamente terrorífico. Dos pequeños agujeros recortados a la altura de los ojos, permitían al pequeño mirar cara a cara a Ronald. Este, mantuvo la mirada al pequeño, pero tuvo que apartarla poco después. Aquellos ojos inquisitivos parecían querer indagar en el interior del adulto. En busca de sus mas profundos y inconfesables secretos.
-No te lo volveré a repetir chico. Vete, ya es muy tarde y tu madre estará muy preocupada por ti.
El fantasmita siguió inmóvil. El saco en alto, y los ojos bien abiertos.
El vecindario entero estaba en completo silencio. Los niños que hace nada paseaban por las calles reclamando caramelos, ya debían estar en la seguridad de sus casas. Haciendo el recuento del dulce botín de aquella fructífera noche.
En aquel momento, Ronald estaba solo ante el pequeño fantasma. Y eso, al hombre le aterraba. No sabía el porqué. Pero la sola presencia del pequeño le producía terribles escalofríos. El temor, pronto pasó a convertirse en miedo. Pero, ¿miedo a qué? ¿A aquel inofensivo niño oculto tras una maltrecha sábana?
El adulto se increpó a si mismo por la actitud que estaba demostrando. Lo que tenía delante era un simple chiquillo. Entonces, ¿Por qué aquel incomprensible miedo estaba apoderándose de él?   
El niño continuaba apostado delante del hombre. No se había movido ni un solo milímetro en todo este tiempo (también habría jurado que en ningún momento había cerrado los ojos)
Dispuesto a acabar con aquella terrible farsa de una vez con todas. Ronald agarró un pliegue de la sábana, y tiró de ella violentamente.
Ojala no lo hubiera hecho.
Lo primero que pasó cuando el hombre despojó al pequeño del disfraz, fue que un ejército de moscas escapó despavorido en todas direcciones. Chocando contra la cara de Ronald, y obligándole a cerrar los ojos y la boca (además de tener que taparse la nariz) para evitar así que uno de aquellos indeseables insectos entrase donde no debía.
Después, cuando el zumbido de aquellas pequeñas alas desapareció, y el adulto decidió destapar sus fosas nasales. Llegó a ellas el terrible hedor de la putrefacción.
Y por ultimo, los ojos de Ronald se abrieron por completo, preparado para descubrir, la causa de tan horrible olor.
El sonoro grito de puro terror que destrozó sus cuerdas vocales, se escuchó en todo el vecindario. Pero, nadie salió a averiguar quien lo produjo ya que ¿Quién iba a preocuparse de que alguien gritase en la noche más terrorífica del año?


Una pequeña figura caminaba tranquilamente por la desierta calle del silencioso vecindario. Arrastraba un saco lleno de chucherías que su madre le había preparado hacía tantos años.
“Cuando abran la puerta tu di Truco o trato” le había dicho su madre “Vete a casas que conozcas como la de la señora Henderson y vuelve antes de las once” Después de eso le había dado un beso en la mejilla y le había ajustado la sábana antes de despedirse “Feliz Halloween mi aterrador fantasmita” 
Aquella había sido la última vez que el pequeño había visto a su madre. Ya que aquella misma noche, el pequeño fue brutalmente asesinado. Su cuerpecito, fue hallado a la mañana siguiente. En el jardín de una casa, donde el pequeño pretendía reclamar unos dulces a los que nunca pudo hincarles el diente.
Las sonrientes y luminosas calabazas linterna, proyectaban sus tenebrosas sombras en el duro pavimento. Y las resecas hojas otoñales, se arrastraban suavemente alrededor del fantasmita. Este, llevaba en su mano una Rocochoc que había tomado de la última casa que había visitado.
El hombre que le había abierto la puerta no quería acordar el trato, por lo que tuvo que aceptar el truco. Le había quitado el disfraz revelando su repulsivo aspecto. Y el débil corazón de aquel hombre, no había podido soportar la visión de tal monstruosidad. Por lo que detuvo su funcionamiento en aquel mismo instante.
El pequeño había observado detenidamente como se había retorcido en el suelo ante sus pies. Hasta que, finalmente exhaló su último aliento.
Después, solo había tenido que sortear el abotargado cadáver, y dirigirse al salón. Donde le estaba esperando su recompensa en forma de chocolatina con almendras.
Sus podridos y amarillentos dientecillos, se quebraban a medida que masticaba la dura cobertura de chocolate.  Pero le daba igual. Debía de disfrutar de aquellas dulces golosinas a pesar de venir acompañadas por trozos de piezas bucales. Ya que no volvería a disfrutar de aquellas delicias, hasta el año que viene.
Había llegado a las puertas del cementerio local. Donde se reunía un nutrido grupo de personas que presentaban un terrible aspecto. Claramente, todas ellas eran muertos como el chiquillo.
El olor a carne muerta que exhalaban sus cuerpos, animó a las moscas y gusanos de los alrededores a congregarse alrededor de los cadáveres. Convirtiéndolos en particulares buffets andantes.
Los muertos observaban el cielo. La noche pronto moriría, y con ella, también lo harían ellos. Quienes, esperarían pacientes, la llegada del próximo treinta y uno de octubre. Momento en el cual, las puertas se abrirían, permitiéndoles poder vagar por la tierra durante una noche más.
El amanecer hizo acto de presencia. Y los cuerpos de los fallecidos comenzaron a desaparecer. Halloween había terminado.
Antes de desaparecer él también. El pequeño fantasmita introdujo en su boca un caramelo de naranja, mientras sonreía y susurraba una frase que solo pudo escuchar el viento: Truco o Trato.

Como veis queridos amiguitos, Halloween es más que una simple fiesta para niños pequeños. Espero que lo tengáis muy en cuenta cuando salgáis a la calle enfundados en aterradores disfraces para asustar a unos cuantos incautos. Y espero que los incautos no seáis vosotros.
Y para los que se queden en casa y reciban la visita de unos pequeños monstruitos pidiendo truco o trato. Espero que seáis sabios y aceptéis el trato en vez del truco. No queremos que corráis la misma suerte que el pobre Ronald y que este, sea vuestro último Halloween.
Bueno, este viejo cadáver os desea un feliz Halloween, disfrutadlo, que por desgracia, solo lo celebramos una vez al año.  

@KillRubn 

jueves, 25 de octubre de 2012

El cazador cazado

El cazador cazado - Ilusiones de tinta


Bienvenidos de nuevo a mi tenebrosa cripta queridos amigos y amigas de lo macabro. Si estáis de vuelta por mis dominios eso quiere decir que buscáis más aterradores relatos que llevaros a la boca ¿Me equivoco? Pues tranquilos, que con el viejo Señor de la Cripta y sus estremecedoras historias acabareis atragantándoos.
Para hoy, os tengo preparado un relato que tiene justo lo que estaréis buscando: Sangre, Mucha sangre.
Así que, acomodaos en uno de mis “cómodos” ataúdes y disfrutad con...

El cazador cazado       


El afilado cuchillo se hundió repetidamente en la tersa espalda de la joven. Cuantas más veces hundía el helado filo en la blanda carne. Más chorros de caliente y reluciente sangre se escurrían de los profundos cortes, recorriendo la curvatura de su espalda como si de un carnal circuito se tratara.
Sintió sus afiladas uñas de putón hundiéndose en sus carnosas nalgas. Pero no se quejó, no emitió grito alguno, él era el cazador y ella la indefensa presa. Así que siguió regodeándose con aquella carita pecosa que le suplicaba entrecortadamente clemencia, mientras se ahogaba en su propia sangre.
La hoja se clavó por última vez y con extrema violencia en una hendidura ya abierta. Atravesó unos pocos milímetros más de carne y se encajó profundamente en una vértebra, produciendo un desagradable crujido. Pero ella ya estaba muerta, y afortunadamente, no llegó a sentir el cuchillo alojarse en la profundidad de su estructura ósea.
Trevor Mulder dejó caer el flácido cuerpo sin vida contra el duro pavimento. Colocó su mano derecha en su pecho y sintió los latidos de su desbocado corazón, que poco a poco, recuperó su pulso habitual. Las gotas de sudor que le embadurnaban la cara se reunieron en su barbilla, y comenzaron a caer al suelo mezclándose con la sangre de su joven víctima.
Sangre.
El corazón de Trevor volvió a latir a mil por hora cada vez que observaba a aquel charco volverse cada vez más y más grande.
Le encantaba aquel preciado líquido, su color, su olor…su sabor.
Recordaba el tiempo en el que no era más que un travieso jovencito de nueve años al que le fascinaba ver a su padre verter en su adorada copa litros y litros del rojizo vino que guardaba en su abotargada bodega. Después de oler y remover concienzudamente el contenido del recipiente, su padre se lo llevaba a los labios y bebía de aquel líquido carmesí hasta apurar la última gota. El rojo acabó convirtiéndose en su color predilecto.
Una calurosa tarde de verano, mientras pedaleaba tranquilamente por el pequeño bosque que rodeaba su casa. El pequeño Trevor se encontró con un regalo del destino: un gato moribundo.
Como resultado de un probable enfrentamiento gatuno, el felino había sido derrotado y abandonado a su suerte en medio de aquel bosque.
-Pobrecito.- había comentado el niño, nada más bajar de su bicicleta. Pero su expresión de tristeza cambió cuando se fijo en el lomo y la cara del animal que no paraban de rezumar sangre fresca. Los lastimosos maullidos de auxilio no fueron escuchados por el pequeño Trevor, que solo podía concentrarse en aquella materia que escapaba lentamente del cuerpo del minino. Arrebatándole poco a poco la vida.
Era hipnótico. De repente, Trevor se imaginó un rió lleno de aquel líquido, una lluvia que lanzase sangre en vez de agua, un océano inmenso y carmesí…Su inocente mente comenzó a mutar monstruosamente. El “niñito de mamá” había desaparecido, y lo había suplantado un peligroso ser que se cobijaba dentro del pequeño. Un pérfido monstruo que había esperado pacientemente, agazapado en lo más profundo de su ser, a una ocasión como aquella.
Trevor quería ver más sangre, por lo que recogió lentamente del suelo una robusta rama. Meditó durante unos segundos lo que estaba a punto de hacer, pero aquella monstruosa ansia era más fuerte que él. Estrelló la tosca arma contra el gato. Este maulló dolorido, pero el niño no se amedrentó, y continuó con su macabra iniciación.
La sangre salía disparada en todas las direcciones, los sesos se desparramaron por el suelo, el gato trataba inútilmente de escapar de aquella tortura. Pero Trevor solo se detuvo cuando no pudo reconocer lo que era aquella masa visceral que escupía sangre a raudales. El niño gritó, pero no de remordimiento, si no de satisfacción. Aquella cálida tarde de agosto había nacido el asesino, el torturador… el cazador.
La mente de Trevor volvió a aquel oscuro y sórdido callejón, donde el charco de sangre había rodeado por completo a la chica. Con tranquilidad y parsimonia, Trevor se liberó de su flamante guante derecho de cuero. Se agachó lentamente, y mojó su mano  en el líquido rojo. Después se acercó la mano a su boca y comenzó a lamer aquella sustancia que acababa de arrebatar a la joven. Repitió el proceso tres veces más, y cuando se sintió satisfecho. Trevor limpió su boca con varias toallitas húmedas que guardaba en su querido maletín negro. Junto a su reluciente y afilado cuchillo.
Ahora se sentía mucho mejor, aquella prostituta había apaciguado su insaciable furia homicida.
Se preguntó a si mismo la edad de la muchacha, ¿dieciocho?, ¿tal vez diecinueve años?
“Seguro que era una drogadicta. Una de aquellas chiquillas nacidas en aquellas depravadas calles en las que la violencia y el vicio se dan de la mano.” pensó para sí el psicópata. “Seguro que antes era una chica estudiosa y aplicada que nunca daba problemas a sus papis. Hasta que algún día, un camello la abordó en cualquier esquina ofreciéndole alguna atractiva droga de diseño. Ella aceptó y cuando le entró el mono comenzó su viaje de descenso a los infiernos. Seguro que su único propósito en la vida era conseguir más dinero con el que adquirir su preciada droga. Y, todo aquel largo y tortuoso camino la había llevado a esto. A tener que prostituirse, y a verse obligada a ofrecer felaciones a cambio de  unos míseros dólares. ¿Quién podría haberla advertido de que, un hombre vestido con traje y acompañado de un elegante maletín iba a darle muerte mientras le hacía “un trabajito”?”
Trevor dejó su diálogo interno aparcado por un momento. “¿Eso qué he oído son sirenas?”. El hombre no esperó la respuesta. Se abrochó su ceñido pantalón (que marcaba delatadamente su tremenda erección), y escondió el grácil cuerpecillo de la drogadicta prostituta en el espacioso contenedor de basura que descansaba a su izquierda, oculto entre kilos de malolientes deshechos en plena descomposición.
Salió del oscuro callejón cuando logró (tras varios intentos) calmarse y aparentar normalidad. Su rostro debía ser una mascara, no debía parecer feliz ni tampoco nervioso. En resumen, no debía expresar emoción alguna.
Las calles estaban desiertas a esas horas de la noche de aquel nuboso martes, pero Trevor era muy precavido. Nunca se sabe cuando puedes encontrarte con un policía o cualquier persona capaz de reconocerte en una investigación policial.
Trevor no era de los que matan sin pensar. El analizaba a cada víctima, pensaba detenidamente en las consecuencias de acabar con su vida y si a alguien le podía preocupar su muerte. Por eso, la mayoría de sus víctimas eran vagabundos y prostitutas, deshechos de la sociedad que nadie echaría de menos.
Aunque alguna que otra vez había despachado a alguna deportiva chica que se dedicaba a practicar footing a altas horas de la madrugada. O, a un joven oriental que se disponía  fumarse un cigarro en la parte trasera del restaurante en el que trabajaba… en esas excepciones Trevor se sentía mucho más “cazador”. Escoger a la presa, vigilarla, pensar en como cazarla… todo aquello le hacía sentirse mejor, más “creativo”. Era excitante desplegar el periódico de la mañana y leer la noticia del asesinato perpetrado por él. Ver la fotografía del lugar del crimen y regodearse cuando la policía no descubría al sospechoso… aquello le hacía sentir superior.
Nadie descubriría nunca su secreto. Nadie descubriría que Trevor Mulder, el vecino ejemplar, el trabajador eficiente, era en realidad un peligroso asesino en serie. Que su hobby favorito era apuñalar y beber sangre humana, como si de un aterrador vampiro se tratase.
Vampiro.
Muertos que vuelven a la vida para alimentarse de la sangre de los vivos. Bestias inhumanas que cazan bajo la protección de la fría noche.
En cierto modo, Trevor se identificaba con ellos. Aquellas bestias y el, compartían muchos aspectos en común. Para empezar la adoración por la sangre.
Trevor sonrió maléficamente pensando en la idea de conocer a alguna de aquellas criaturas. “Seguro que haríamos buenas migas” pensó con una sonrisa en los labios.
El hombre entró en la estación de metro más próxima, donde esperó pacientemente la llegada del primero que pasase por aquel desierto andén.
Le daba igual el destino, en aquel momento se sentía poderoso. Aquella noche, había vuelto a arrebatar la vida a otra patética criatura de la creación. Había vuelto a interpretar el papel de la impasible muerte en aquella tétrica función nocturna.
Paso un cuarto de hora hasta que dos ojos luminosos anunciaron la llegada del metro, que aminoró lentamente su marcha hasta detenerse con un chirrido metálico.
Trevor se adentró en el interior del vehiculo que, en aquel momento habría sus puertas. Se sentó cerca de las puertas y observó detenidamente a sus compañeros de viaje. En el extremo derecho del vagón se encontraba dormitando un joven afroamericano con aspecto de pandillero. En sus orejas descansaban unos auriculares que emitían una atronadora música que Trevor identificó como rap. Y, delante de Trevor, descansaba la figura de la joven de aspecto más angelical que el asesino había visto jamás. Su mirada se dirigió atentamente al libro que sostenía en sus delicadas y pálidas manos. Trevor leyó detenidamente el título y se fijó en su portada. Recordaba haber visto ese mismo libro muchas veces en las manos de decenas de jovencitas de instituto. Incluso lo tenían varias secretarias de su empresa. ¡Claro! Era una de esas bochornosas novelas donde los vampiros brillaban a la luz del sol como si de vulgares esferas de discoteca se trataran. Y donde se enamoraban de jóvenes con las hormonas desatadas, mientras se enfrentaban a unos Hombres lobos bastante deplorables. Trevor odiaba todos aquellos escritos que convertían a los vampiros en afeminadas y patéticas criaturas.
Drácula, de Bram Stoker, Carmilla de Sheridan Le Fanu… esos eran los verdaderos vampiros. Seres oscuros y ancestrales. Peligrosos monstruos ocultos bajo una apariencia humana.
Trevor dejó apartado aquellos asuntos literarios y se concentró en la joven.
No debería tener más de veinte años. Llevaba una larga y oscura melena que  recogía en una recatada coleta que colgaba de su espalda. Y su piel era de un blanco invernal parecido a la porcelana más frágil. Pero lo que más le llamó la atención a Trevor fue su cuello.
Sangre.
La imagen de cientos de gotas resbalando sin cesar por aquella piel invernal turbó sus sentidos. Aquella Blancanieves de carne y hueso despertó de su letargo al peligroso cazador.
Trevor intentó detenerlo, pero la bestia ya se había apoderado de él. La muerte de la prostituta no le había saciado, y ahora exigía la sangre de la joven y casta Blancanieves.
El cazador pensó seriamente en perseguir al joven afroamericano, pero desecho rápidamente la idea. Hacía poco tiempo que había tenido un espantoso encuentro en el que acabó con una puñalada superficial en el estómago y sin el dinero de su cartera. Desde aquel incidente, Trevor había decidido dejar en paz a aquellos peligrosos pandilleros que poblaban los callejones de la ciudad.
Los ojos de la joven se posaron en Trevor, y su corazón se aceleró violentamente. En su oscura mente el cazador se impacientaba.
Trevor decidió mantenerse ocupado para tratar de no tener que abalanzarse sobre aquella joven en aquel momento. Con un pañuelo de papel comenzó a limpiar sus gruesas gafas. Después, consultó la hora en su flamante Rolex de plata. Continuó realizando más patéticas actividades hasta que la chica bajó del metro. Trevor también abandonó el vehículo, dejando al dormido afroamericano en su interior.
No sabía lo que le ocurría. Nunca antes le había pasado esto. Nunca cometía dos asesinatos en una misma noche. Se arriesgaba mucho siguiendo a aquella joven por esas tenebrosas calles.
Trevor mantenía un cauteloso espacio entre su presa y él. Pero no era suficiente. El asesino no conocía las calles que transitaba, desconocía la parada donde había bajado… De repente, comenzó a preguntarse si había sido una buena idea seguir a aquella joven. Pero ya no había vuelta atrás. El cazador exigía una presa, ¡y la exigía ya!
De repente la joven Blancanieves giró a la izquierda, adentrándose en un oscuro callejón.
“Perfecto”. Trevor agradeció aquella misteriosa ayuda e introdujo su mano enguantada en el interior de su maletín. Rebuscó con la cubierta mano su contenido, hasta que encontró el mango de su querido cuchillo. Lo sacó cuidadosamente de su ataúd de cuero y lo observó atentamente con admiración a la luz de la luna llena. Aquella hoja volvería a probar la sangre.
Trevor debía tener cuidado. Tenía que ser silencios y letal. No debía dejar que Blancanieves lo descubriera con un cuchillo en su mano. Debía reprimir sus instintos homicidas. Pronto podría hundir su arma en el cuello de la joven y se saciaría lamiendo su sangre. Después, escondería su cadáver, se marcharía de aquel callejón y esperaría pacientemente un tiempo para volver a cazar.
Trevor esperaba que la muerte de Blancanieves calmara al cazador y lo convenciera para que descansara durante unos días.
El cuchillo temblaba en la mano de Trevor. No podía esperar más. ¡Blancanieves debía morir ahora!
El asesino aceleró el paso sin importarle delatar su posición. Ya no le importaba.
El cazador se disponía a abalanzarse sobre la joven, con el mortífero cuchillo en alto. Pero ella se había parado en seco, como si la joven se hubiera petrificado. Continuó en aquella posición, como si el mismo tiempo hubiera detenido su eterno avance.
Trevor no sabía que hacer, el también estaba parado en aquel perdido callejón con un cuchillo en una mano y un maletín en la otra.
Blancanieves continuaba quieta, como si estuviera esperando pacientemente un autobús fantasmal. O como si lo que estuviera esperando, fuera su muerte a manos de Trevor.
Tenía que hacer algo. En cualquier momento la joven se daría la vuelta y se encontraría con la visión de un ejecutivo cuarentón asesino. ¿Quién sabría lo que ocurriría entonces?
La mente de Trevor volvió a funcionar, y el cazador volvió a tomar el control del cuerpo del hombre. El cerebro procesó fugazmente un mensaje que envió con velocidad sónica a la mano derecha de Trevor. El cuchillo rajó el aire que le separaba de su presa. Su objetivo ya estaba a pocos centímetros. Pronto, la sangre volvería a derramarse a los pies del cazador. Pero de pronto, Trevor ya no sentía el arma en su mano. El cazador observaba horrorizado el rostro de la chica, quien se había dado lentamente la vuelta.
La sangre que circulaba por sus venas se congeló al instante al verle el rostro a la desmejorada Blancanieves.
Su cara había sufrido una monstruosa transformación. Aquellos ojos azules se habían vuelto del negro más profundo y sórdido que el asesino había visto jamás. Pero lo peor, y lo más terrorífico eran los mortales instrumentos que contenía su boca. Una boca repleta de dientes blancos y afilados como cuchillas. Unos dientes extremadamente punzantes que se dirigían indomables hacía Trevor.
De repente, la bella Blancanieves se había convertido en la monstruosa Bestia de los cuentos infantiles.
Por primera vez en su vida Trevor sintió el miedo apoderándose de él. El cazador se había convertido de repente en la patética presa.
El último pensamiento que procesó su cerebro antes de que Blancanieves se le echase violentamente al cuello. Fue que había descubierto al fin a uno de ellos. A un No Muerto. A un ser de las sombras. A un…vampiro.
Con ese pensamiento en mente, Trevor abandonó el mundo de los vivos con una sonrisa en los labios.

Elissa terminó de alimentarse de la sangre de aquel patético hombrecillo. Su dentadura se alejó del blanquecino cuello del hombre. Y, poco a poco, volvió a recuperar el aspecto dócil y bello de antes. Sus mortales piezas bucales se ocultaron en las encías dejando ver una dentadura de aspecto humano. Sus facciones se volvieron a tersar, y sus ojos recuperaron el color azul que tanto gustaba a los hombres.
Sacó de su bolso un precioso pañuelo de seda y comenzó a limpiarse la boca con recato, como si estuviera en un elitista restaurante de cinco estrellas. Cuando acabó de limpiarse, Elissa ocultó el helado cuerpo del hombre en un contenedor de basura. Como había estado haciendo durante los últimos años.
Un objeto brilló intensamente en el suelo, y la bella vampira se agachó para recogerlo. Era un cuchillo que debía de pertenecer al cadáver. Elissa esbozó una siniestra sonrisa. Por lo visto aquel patético hombre pretendía matarla. A ella. A una vampiresa. Al depredador más peligroso que albergaba el planeta Tierra.
Elissa sabía desde el principio que la estaba persiguiendo, pero nunca imaginó que aquel patético oficinista pretendiera atacarla, y mucho menos asesinarla. Daba igual. Lo importante es que se había alimentado. La sed ya no la reclamaría hasta dentro de unos días.
La centenaria vampiresa abandonó el oscuro callejón en el que descansaba el seco y sonriente cuerpo de Trevor Mulder. El cazador cazado.

Como acabáis de ver amigos y amigas, hasta el más experimentado de los cazadores puede convertirse en cualquier momento en la asustada presa.
Trevor siempre quiso conocer a un vampiro. Y finalmente lo consiguió. Aunque, ese encuentro lo dejó con la garganta algo “seca” de la emoción.
Espero que hayáis disfrutado con la historia de Trevor Mulder. El desafortunado cazador cazado. ¡Hasta la próxima queridos cripteros!

@KillRubn

La bestia tras la piel

La bestia tras la piel - Ilusiones de tinta

Los gruñidos se escuchan cada vez más lejos. Parece que lo que quiera que te esté persiguiendo, ha desistido en continuar en tu búsqueda. Aunque no por eso dejas de caminar. Puede que en cualquier momento decida volver a por ti.
Vagas sin rumbo por el espectral bosque. Esperando encontrar una salida con la que poder escapar de este infierno.
La luna llena reina solitaria en ese siniestro cielo negro sin estrellas. Fue en el momento en el que se alzó la luna llena cuando, tu y tus amigos comenzasteis a escuchar esos aullidos lejanos a los que no disteis ninguna importancia. A ninguno de vosotros os importó que en ese bosque apareciesen descuartizados varios excursionistas. Es más, eso es encantó. Ya que las chicas que llevasteis a vuestra acampada, se mostraron más “accesibles” cuando les metisteis el miedo en el cuerpo a base de truculentas leyendas urbanas y escalofriantes historias, que las echaron literalmente a vuestros brazos.
Pero, las pisadas se hicieron más fuertes, y los gruñidos podían escucharse nítidamente en el silencio de la noche. Y de repente, todo eran gritos de auxilio y aullidos estremecedores. Sangre y lágrimas.
Tú fuiste listo, y escapaste de esa carnicería a tiempo. Mientras tus compañeros trataban de herir inútilmente a esa criatura.
Eso había ocurrido aproximadamente hacía diez minutos. Durante todo ese tiempo, te vistes obligado a correr por tu vida. Mientras tus amigos chillaban de dolor al ser destrozados por las fauces de aquella misteriosa bestia.
Unos muros de fría piedra y una verja de metal oxidado se materializaron delante de ti.
“Cementerio” te repites aquella palabra tres veces al leerla en la vieja verja.
Nunca has escuchado que en el interior del bosque, existiese un cementerio. Claro que, nunca te hablaron de aquella bestia que habitaba en el, así que ¿Quién sabe cuantos secretos guarda este aterrador lugar?
Te resistes a cruzar el umbral del cementerio. Nunca te han gustado esos lugares y siempre los has evitado en la medida de lo posible. Pero aquellos aterradores aullidos te obligan a tomar una respuesta inmediata. Y como no te ves en condiciones de enfrentarte a aquel monstruo desarmado. Te atreves a enfrentarte a tus miedos y a entrar a ocultarte en aquel fúnebre lugar.
Es un cementerio abandonado de eso no te quepa ninguna duda. Lo constatas al reparar en todas las malas hierbas que crecen por todos lados, y en el mal estado de las lápidas.
Te fijas en un detalle insólito al posar la mirada en esos monumentos funerarios. Y es que, en ninguno de ellos figura el nombre del fallecido, ni la fecha de defunción, ni nada que indique la identidad de quienes reposan eternamente en aquellas anónimas tumbas.
Detienes tu camino, cuando te encuentras delante de un mausoleo con las puertas de metal abiertas de par en par. Como si, los que allí estuviesen enterrados, esperasen la visita de unos familiares que llorasen su pérdida y que nunca llegan.
No te quedan más opciones que la de refugiarte en aquella edificación funeraria y esperar a que el día reinase.
Cuando cierras las puertas de metal te envuelve la más densa de las oscuridades. Es entonces cuando te acuerdas de que en el bolsillo derecho de tus pantalones. Guardas un mechero que enciendes al momento. La pequeña llama ilumina tu rostro, y revela miles de motas de polvo que llenan el interior del mausoleo. En ese momento, agradeces no ser asmático, ya que estarías en un serio problema.
Te atreves a adentrarte en ese tenebroso lugar, esperando encontrarte las tumbas de toda una familia. Pero la construcción parece vacía. A excepción de unas escaleras situadas en el centro del mausoleo que descienden hacía las entrañas del cementerio.
Piensas en la posibilidad de salir de aquel lugar cuando, de las profundidades del mausoleo, una voz espectral te reclama por tu nombre.
Lo lógico sería escapar de allí, pero la voz parece tener un efecto hipnótico en ti. Ya que, en ese momento te descubres bajando las escaleras e introduciéndote en las entrañas de lo desconocido.
Llegas sano y salvo a lo que parecen ser una red de túneles subterráneos. El repentino correteo de una traviesa rata hace que te pongas en camino. Sin saber bien a donde te diriges.
La voz vuelve a reclamarte, y te lleva por lugares en los que las telas de araña te obligan a apartarte, para no tener esa asquerosa sustancia recubriendo todo tu cuerpo.
Por fin llegas al lugar del que procede la voz. Una puerta de acero hundida en la roca, que se abre automáticamente. Con un desagradable chirrido de sus oxidados goznes.
El mechero se queda de repente sin combustible y se apaga. Pero no importa, ya que el lugar en el que entras, esta iluminado con miles de velas.
Es una cripta. Lo sabes en el momento en el que reparas en el ataúd de piedra situado en el centro de ella.   
Entras en ese siniestro lugar recorriéndolo con la mirada. Era un lugar poco acogedor. Había estanterías llenas de libros polvorientos, decenas de aparatos de tortura propios de la Inquisición. Esqueletos y calaveras de todos los tamaños y formas y muchas más cosas que te producen un escalofrío que recorre tu espalda como una serpiente sinuosa.
El ataúd de piedra se abre. Y de su interior, sale un ser que te recuerda, a un famoso personaje, de una vieja serie de televisión de los noventa.
Su piel es acartonada. Unos cuantos mechones de pelo plateado coronan su calva. Su boca repleta de podridos dientes parece estar marcada por una eterna sonrisa. Y sus ojos faltos de parpados, te observan inquisitivamente.
-Bienvenido a mi cripta inesperado visitante.-te saluda el animado cadáver, mientras abandona su féretro y se alisa sus antiguos ropajes.-Veo que has decidido aceptar mi invitación, y has venido a visitarme en esta fría noche. Debes de estar cansado. Por lo visto has estado escapando de alguien, o “algo”. Pero no temas, a este lugar no se atreven a entrar ni los vivos…ni los muertos. Aunque tú, eres la excepción querido amigo. ¿Qué quien demonios soy yo, me preguntas? Pues un aburrido cadáver con muuuucho tiempo libre. ¿Que cual es mi nombre? Es difícil de responder, ya que hace tanto tiempo que no uso mi nombre mortal, que se ha acabado perdido. Pero puedes usar el nombre por el que se me conoce en todo el cementerio. Llámame Señor de la cripta.
Cada vez que visites este infecto lugar, te irás con la mejor sensación de todas: el Terror. Y eso lo conseguiré de una forma u otra. Puede que os deleite con mis tenebrosos relatos, o que os cuente algo sobre algún asesino o ser de ultratumba. O quizás os recomiende un buen libro o una fantástica película que podáis disfrutar, en la “seguridad” de vuestros hogares.
Como es el primer día, he querido empezar nuestro aterrador viaje, con un relato de mi macabra colección. En el, te encontrarás con mi propia versión de La Bella y la Bestia. Pero, no esperéis encontrar una historia de amor. No. En esta historia, la bestia es eso. Un monstruo sediento de sangre. Y la Bella, pues una inocente muchacha, que tendrá que evitar caer en sus afiladas garras. Así que, prepárate para afrentarte a…

La bestia tras la piel


Los continuos gritos de auxilio que la joven emitía, resonaron por los largos pasillos de aquella abandonada fábrica a las afueras de Madrid.
Nadie podía escucharla, pero ella continúo implorando una milagrosa ayuda que nunca llegaría.
Llevaba un buen rato escapando de “él” por aquellos laberínticos pasillos, y sus maltratados pies le exigían un buen descanso.
La chica decidió parar cuando un traicionero y puntiagudo cristal que descansaba en el suelo, le perforó dolorosamente la desnuda planta de su pie derecho. Ahogó un gemido dolor y buscó refugio detrás de una torre de enormes cajas de madera, que en su día debieron contener algo de valor.
Los ojos de la chica se embadurnaron de lágrimas. Aquello no podía ser cierto, lo que había visto era producto de su imaginación, aquella cosa no podía existir. La joven se repitió aquellas palabras una y otra vez, mientras se sacaba lenta y dolorosamente, el afilado cristal que se había alojado en su pie. Frustrada, la joven arrojó el sanguinolento fragmento, lo más lejos que pudo de ella.
Se había perdido. Se había internado por aquel ruinoso edificio a ciegas y en la más completa oscuridad. Tenía que buscar la salida. Debía escapar de aquella fábrica infernal y de aquel horrible ser que se escondía en ella. Quería volver a la seguridad de su casa, quería abrazar a sus padres y a su insoportable hermano pequeño. Dormir en su mullida cama, asistir a las horribles clases de su instituto. Quedar con sus amigas, enamorarse… Quería vivir.
Se tiró violentamente de los pelos. Maldijo la hora en la que había desobedecido el castigo impuesto por sus padres y  había abandonado el domicilio familiar para ir a la discoteca con sus alocadas amigas. Se lo había pasado bien, había bailado, bebido y flirteando con todos los jovencitos que se cruzaban en su camino. Pero cuando salieron del marchoso edificio a las tantas de la mañana la joven estaba sola. Sus amigas se habían juntado con un par de esculturales jóvenes y las dos los estaban comiendo a besos y lascivas caricias. Por su parte, ella no había logrado cazar a nadie que mereciese la pena. Aunque no le importó, ella no quería ganarse la fama de facilonas que ellas tenían grabado a fuego en sus provocativos escotes. Así que se despidió de aquel par de hormonas ambulantes y emprendió el camino de vuelta a su casa. Donde seguramente la estarían esperándola una furiosa pareja de progenitores armados con un poderoso castigo. De repente, no le hizo tanta gracia la idea de volver a casa. Pero, ¿Qué más podía hacer?
La chica cruzó las oscuras calles tranquilamente. A veces, algún cuarentón borracho con ganas de juerga la abordaba con asquerosos piropos que hacían reír a pleno pulmón a sus estúpidos compañeros. En esos casos, la chica los ignoraba completamente. Por suerte, ella tenía en sus orejas los auriculares de su iPod, y no tenía que escuchar la mayoría de las barbaridades que decían aquellos indeseables.
El efecto del alcohol en aquellos hombres era brutal. Muchos tenían pinta de ser serios empresarios de día, pero por la noche se convertían en babosos hombrecillos con ganas de juerga.
La chica llevaba unos diez minutos caminando por las calles de su querida Madrid. Y sólo le quedaban unos pocos minutos para llegar a la seguridad de su casa cuando lo notó.
Al principio sólo fue un pequeño soplo de aire frío. Pero de pronto, aquel gélido aire le recorrió lentamente su espalda. Como si de una suave caricia de amante se tratara.
Aterrada, la joven se dio completamente la vuelta esperando encontrarse con un violador, o un asesino dispuesto a acabar con su joven vida. Pero ninguno de aquellos monstruos la estaba esperando.
La calle estaba desierta. Los coches no cruzaban la carretera, los juerguistas ya no caminaban por las calles. Parecía que todo el mundo hubiese desaparecido, y que ella se había convertido en la única persona viva en la faz de la tierra.
Apagó su iPod y lo guardó lentamente en su carísimo bolso. Sin la música, el mundo perdió por completo su sonido.
Todo estaba en sepulcral silencio.
No se lo podía creer, ¿acaso se había vuelto sorda?, ¿No volvería a escuchar nada?, ¿Habría estado escuchando su música a tanto volumen como para que sus tímpanos hubieran reventado?
Decidió dirigirse a su casa sin más demora. Allí, su padre podría ayudarla, era un eminente médico. Pero alguien la estaba esperando en su camino.
La chica no distinguió bien lo que era. Lo único que pudo ver antes de que un oscuro manto le ocultase su campo de visión fueron unos aterradores ojos amarillos e inhumanos.
Cuando los ojos desaparecieron, todo se volvió oscuro.
No supo cuanto tiempo llevaba envuelta en sombras en aquel extraño estado de semiinconsciencia. Pero, cuando despertó sintió sus extremidades terriblemente adormecidas.
Sus ojos tardaron un poco en acostumbrarse a la penumbra del lugar. Poco a poco distinguió los objetos que la rodeaban. En una enorme y polvorienta mesa había desparramado cientos de amarillentos folios, y otros sucios objetos, cinco sillas con las patas rotas, y el apolillado colchón donde estaba recostada.
La chica se levantó algo mareada, pero logró sobreponerse. Trató de encontrar su bolso, pero, como había esperado, quién la hubiera secuestrado lo habría puesto a buen recaudo.
De repente, un terrible hedor atacó sus fosas nasales. Mientras se tapaba la nariz con una mano, la otra buscaba con desesperación el pomo de la puerta que tenía delante.
Ojala no la hubiera abierto.
Miles de velas desperdigadas por todas partes iluminaban completamente la siniestra escena. Decenas de cuerpos colgaban de oxidados ganchos en el techo, balanceándose en una continua danza macabra. Eran hombres y mujeres de todas las edades, razas, y… hasta niños. Todos en diferente estado de descomposición y desprovistos de diferentes partes de su cuerpo. Algunos no eran más que esqueléticas figuras con carne negra pegada.
Un monstruoso gruñido rebotó en la ruinosa estancia, pero ella no lo escuchó. Se dirigió con paso trémulo al centro de aquella infernal cámara de los horrores. Donde, en un improvisado altar de piedra, reposaban varios pedazos, de lo que en su día debió de ser un precioso bebé. Ahora, no era más que un triste amasijo de sangre y vísceras sanguinolentas.
Aquello era demasiado, la joven no pudo evitarlo y vomitó todo el contenido de su estómago.
No podía creer lo que sus ojos estaban viendo, aquello era una verdadera carnicería. Era un perturbador paisaje que sólo una mente enferma podría concebir en el interior de un amurallado manicomio. Cuerpos mutilados, sangre por todas partes y pilas de huesos podridos desperdigados por el suelo. La joven sabía que  aquella negra estampa le acompañaría todas las noches de su vida. Ya nunca podría dormir tranquila.
Otro gruñido la alertó, pero ya era demasiado tarde. Y fue entonces cuando él apareció.
Aquel ser parecía arrancado de una de sus peores pesadillas. Su oscura piel escamosa relucía de manera siniestra a la tenue luz de las velas. Sus garras, sujetaban lo que parecían restos carnales del infante, y todavía le colgaban tiras de flácida piel en su boca repleta de mortales incisivos.
El monstruo se erguía majestuoso sobre sus robustos cuartos traseros, mirándola fijamente a los ojos. Con aquellos ojos amarillos e inhumanos que parecían decirle: “Tú serás la siguiente”.
Escapó en el acto, no permitió que aquella cosa se le echara encima. Pero el ser no la comenzó a perseguir hasta que ella hubo abandonado su oscuro santuario.
Y allí estaba, refugiándose indefensa tras una pila de cajas mientras esperaba la llegada de aquel ser infernal.
Se preguntó por qué, aquel ser la había dejado escapar. Estaba claro que podría haberla aprisionado en cualquier momento. Pero el había esperado pacientemente a que ella se alejara lo más posible de el.
“¡Esta jugando conmigo!” pensó para sí la joven. “Como el gato que juega con el ratón antes de zampárselo.”
Si, sin duda era la respuesta más lógica. Aquel monstruo quería divertirse un rato con ella. Perseguirla por sus dominios y en el momento más oportuno…cazarla sin compasión como el vil depredador que era. Así, la joven se convertiría en un cuerpo más de los cientos que reposaban en su guarida. ¡Pues no lo permitiría!, no se dejaría vencer tan fácilmente.
Decidió ponerse en movimiento. Ya se encontraba mejor, había recuperado fuerzas, y la herida en su pie le dolía menos. Se aseguró de que aquel ser no merodeara por la zona, y al rato ya había dejado atrás su precario escondrijo.
Caminaba muy despacio, ya que no podía apoyar del todo la planta de su pie derecho en el suelo. Pero, tras unos metros de agudos e insoportables dolores, la joven logró llegar a una astillada puerta entreabierta. Pensó en entrar, pero la simple idea de encontrarse con otra terrorífica escena como la que había visto antes la aterrorizó. ¿Quién sabía cuantas más macabras sorpresas la esperaban tras aquella puerta? Pero el característico gruñido de la criatura que la perseguía la ayudo a tomar la decisión. Entró atropelladamente en la oscura estancia, mientras cerraba con cuidado la maltratada puerta tras de sí. Se sentó en el frío suelo y rezó a cualquiera deidad que la pudiera ayudar en ese momento.
Guardo silencio cuando escuchó los pasos del engendro cerca de ella. El tiempo transcurrió mas lento de lo habitual por cada paso que daba el ser. Cada segundo que pasaba le acercaba más a la endeble puerta tras la que se cobijaba la indefensa joven. Esta, sintió el corazón en un puño cuando los pies del negro ser pararon delante de la puerta. Aguantó la respiración y rezó en silencio para que aquel infernal ser desapareciera del mundo. Sus oraciones parecieron ser escuchadas. Ya que, después de que lanzara un gruñido, de lo que parecía frustración, el ser volvió sobre sus pasos.
La chica se mantuvo quieta, hasta que las zancadas del monstruo fueron inaudibles. Entonces lloró desconsoladamente. Quería escapar de aquella pesadilla, ya no aguantaba más.
Su mano rozó, de repente, un objeto frío y metálico que agarró esperanzada. Tuvo que concentrar mucho la vista para poder distinguir lo que era. Un mechero zippo de plata, con una preciosa águila real con las alas desplegadas grabado en el centro.
Volvió a rezar para que aún le quedase algo de combustible a aquella pequeña joya. Una sonrisa de satisfacción le iluminó el rostro, cuando una pequeña, pero poderosa y cálida llama, iluminó la fría habitación. Con paso firme, la joven comenzó a buscar decidida una salida con la que poder escapar de aquella terrible pesadilla. Pero lo que encontró fue otra cosa más perturbadora.
La chica se dirigió lentamente hacía la pared que tenía en frente suya, la cual, estaba completamente empapelada. La adolescente acercó con cuidado la poderosa llama del mechero, que iluminó de pronto decenas de fotografías. Hombres, adolescentes, niños…todas las fotografías mostraban a personas siempre sonrientes. La joven reparó de repente en una palabra que poseían todos aquellos rostros: Desaparecido.
“Miguel Costas Lama de 6 años de edad desapareció el pasado sábado 13 de mayo en los alrededores del parque del Retiro de Madrid, si alguien lo encuentra o conoce su paradero póngase inmediatamente en contacto con su familia…” La chica volvió a leer atentamente el papel, conocía aquel nombre. ¡Claro que lo conocía! Lo había oído cientos de veces en todos los telediarios. Era aquel niño que raptaron hacía ya un mes. De repente, a la mente de la joven le asaltaron las imágenes de todos aquellos cuerpos putrefactos ¿Estaría el inocente Miguel entre ellos?, ¿Fue aquel ser quién lo arrancó de las protectoras manos de su madre aquel aciago día?
Sofía Fernández de 23 años, Rafael Alonso de 34, Ricardo Escalada de 14 años… también habían desaparecido este año. Pero la muchacha siguió leyendo más carteles. Agustín Gómez desaparecido el 24 de diciembre de 1991, Lucía López desaparecida el 10 de agosto de 1984… y así hasta el último cartel, que databa en febrero del 74.
Todas aquellas personas habían sido capturadas por él. Y todas habían sido buscadas sin éxito y olvidadas para siempre en aquella endiablada fábrica. Se preguntó cuanto tiempo tardaría su foto en ocupar un lugar en aquella siniestra pared de los olvidados.
“Blanca Lahera Forteza desaparecida el 20 de abril de 2012 en alguna discoteca del centro de Madrid, si alguien la encuentra, o conoce su paradero, póngase en contacto con su familia…” Y encima de aquel texto aparecería su sonriente foto, único testigo de su paso por este mundo.
Blanca estaba indecisa, no sabía que hacer. Todo parecía perdido, aquel ser la encontraría tarde o temprano, ¿qué más daba lo que hiciese?
La joven se apartó de aquella fúnebre pared y se increpó a si misma su pesimismo. Saldría de allí viva, y alertaría a las autoridades del peligro que contenía aquella abandonad fábrica. Dirigió el mechero a su derecha y continúo su camino, pero frenó en seco al encontrarse una pila de objetos a sus pies. Predominaban las carteras y la deshilachada y ensangrentada ropa. Pero había muchas más cosas: bolsos, mochilas, navajas, relojes y decenas de móviles. Sin duda aquellas pertenencias eran los trofeos que aquel monstruo se agenciaba de los inertes cuerpos sus victimas. Además de todos los carteles de desaparecido que aquel ser debía de llevarse de las calles de Madrid. Entonces Blanca se preguntó que era aquel ser ¿acaso era un demonio salido de las entrañas del infierno?, ¿un experimento fallido de algún malvado y vil laboratorio?...  ¿¡Qué diablos podía ser aquella criatura que raptaba personas para después devorarlas cual bestia salvaje!?
Blanca decidió buscar algún móvil en condiciones con el que poder hacer una mísera llamada. Pero pronto desistió en su empresa ya que, o tenían la pantalla rota, o se habían quedado sin batería. Frustrada, comenzó a arrojar los teléfonos inalámbricos por toda la estancia, sin preocuparse por el estruendo que producían al destrozarse contra el duro suelo. De repente, y sin darse cuenta, Blanca sacó un pesado objeto de aquella inestable pila. Acercó la luz del zippo para iluminarlo, pero la chica ya sabía lo que era.
Una pistola.
De pronto, el arma se volvió más pesada en la insignificante mano de Blanca. Nunca en su vida había tocado un arma de fuego. Pero sólo su tacto, ya la hacía sentir más segura. Si aquel monstruo aparecía, Blanca lo estaría esperando para convertirlo en un colador… ¿¡Pero en qué estaba pensando!? Ella no había visto una pistola más que en películas y series de televisión. No sabía disparar, y mucho menos si funcionaba, o si aún le quedaban balas. ¿Qué podía hacer? ¿¡Qué demonios iba a hacer!?
Comenzó a caminar en círculos intentando calmarse. La pistola le pesaba más y más, y un espantoso frío la estaba congelando rápidamente. Su pie herido pisó algo blando, y chilló horrorizada. Sin poder evitarlo, la chica apuntó con la pistola al suelo. Donde un destrozado bebé de plástico le sonrío con una siniestra sonrisa. Más tranquila, y con el corazón latiendo a velocidad normal, Blanca recogió el maltratado juguete del suelo. Le faltaba el brazo derecho, y su coqueto vestidito estaba algo roto. Pero aún se podía leer algo en él, un nombre escrito en rotulador rosa permanente: Clara.
Las lágrimas volvieron a aflorar en los ojos de Blanca. Volvió a llorar. Por ella, por Clara, y por todo aquel que había perecido en aquel maldito lugar. Cuando se quedó sin lágrimas que derramar, la chica volvió a posar el triste juguete en el suelo, donde esperaría eternamente a una dueña que nunca vendría.
Agarrando con una mano la empuñadura de la pistola y con otra el mechero, Blanca se dirigió con paso firme a la salida de aquella particular sala de trofeos. Estaba preparada y decidida a acabar con aquella vil criatura aunque supusiera su fatídica muerte. Lucharía en nombre de todas aquellas victimas anónimas, mataría a aquella sabandija asquerosa. Acabaría con aquel monstruoso error de la naturaleza para siempre.
El pasillo pronto se llenó de aquellos guturales gruñidos que anticipaban la llegada de la bestia. Blanca levantó con mucho esfuerzo el arma apuntando al frente. No tuvo que esperar mucho tiempo para poder vislumbrarlo. Aquellos bestiales ojos la miraron con superioridad, y aquella boca mostró con regocijo su temible dentadura. Por su parte, Blanca le devolvió la dura mirada, y profiriendo un poderos grito apretó el duro gatillo al mismo tiempo que la bestia se abalanzaba sobre ella. En el último momento, la joven se despidió de todos sus seres queridos preparándose para lo peor.
El disparo resonó por todos los escondrijos de aquella monstruosa fábrica. Pero nadie escuchó el aullido de victoria del ganador.

Abrió los ojos con mucho esfuerzo. Había tenido una noche movidita. Recordaba haber raptado a una chica de castaña cabellera de aquellas frías calles. Su olor lo había atraído hacía ella, fue sencillo, lo único que tuvo que hacer fue hipnotizarla y llevarla a su guarida, como había hecho cientos de veces. Decidió jugar un rato con ella, ya que en casa le esperaba un delicioso y tierno tentempié con el que saciar su hambre durante unas horas.
La joven confusa y desorientada había escapado al verle. Todos lo hacían. En cuanto contemplaban su aterrador aspecto y su abundante despensa, en lo único que pensaban era en escapar. Pero era imposible. Aquella fábrica se había convertido, a lo largo de los años en su hogar. Conocía de memoria todos lo escondites posibles en los que se podía cobijar una aterrada presa.
Pero fue entonces cuando todo se torció. Aquella mocosa había encontrado su sala de trofeos. El sabía que ella se cobijaba allí, el olor de su sangre lo atraía como una abeja hacía la miel. Y su miedo se podía palpar detrás de aquella endeble puerta. Sin embargo la dejó con vida un rato más. Dejaría que la joven se arrancara las uñas con saña de pura desesperación. La idea le encantaba. Pero de pronto, la chica apareció ante él con una pistola en la mano. El monstruo no se preguntó de donde demonios la había sacado. Supuso que, entre toda aquella montaña de objetos sustraídos a sus victimas, tenía que haber a la fuerza un arma. ¿Sería de aquel pandillero dominicano que le había sentado tan mal? ¿O acaso perteneció a aquel policía local que había puesto en peligro su hogar?
La joven había disparado el arma. Y la bala atravesó la gruesa piel de la criatura adentrándose dolorosamente en su hombro derecho. Pero la bestia ignoró el dolor, y armado con sus zarpas, destrozó con saña el esbelto cuerpo de la chica.
Le había arrancado el corazón aun latente del pecho. Lo había estrujado, produciendo una lluvia de sangre que cubrió su oscura piel. Y, después de darle un violento mordisco al carnoso órgano. La bestia había lanzado un poderoso aullido de victoria que resonó por todos sus dominios. Aquella noche había vuelto a matar, había vuelto a alimentarse, había vuelto a ser la bestia.
Se levantó algo mareado del sucio camastro, donde había descansado durante unas pocas horas. Y se dirigió con paso trémulo hacía el agrietado espejo que descansaba en la pared de su izquierda.
La luz de la mañana atravesó la mugrienta ventana del techo y permitió al ser, verse reflejado.
Su aspecto era completamente diferente. Por las mañanas, el ser se despertaba con el aspecto de la persona de la que se había alimentado. Había poseído el aspecto de cien personas de diferente índole: el de una desdichada ama de casa, el de una atractiva prostituta, el de un ejecutivo sin escrúpulo…Aunque aquella habilidad no funcionaba con niños ni bebés. Al ser le daba igual, incluso lo agradecía. Sería muy extraño y grotesco ver a un bebé cubierto de sangre y vísceras, gateando entre decenas de destrozados cadáveres.
Blanca Lahera Forteza sonrió grotescamente al agrietado espejo. Su cara tenía sangre seca pegada, y en sus desnudos pechos y vientre, descansaban los últimos pedazos de la verdadera Blanca.
El oscuro ser posó su mirada en el hombro, donde la herida de bala había desaparecido completamente. Siempre ocurría lo mismo. Por muy profunda que fuese la herida, si el monstruo se alimentaba, esta se curaba milagrosamente.
La criatura decidió asearse un poco con el agua que recogía en un cubo en las noches de lluvia. Dejó que aquel helado líquido le recorriera su desnudo cuerpo, despegando cualquier trozo de víscera que aun se mantuviese pegado en su tersa piel.
Cuando acabó de lavarse por completo, la criatura abandonó su precaria habitación y se dirigió hacía su sala de trofeos. Cruzó la despensa, deleitándose con el olor de la carne en putrefacción. Y con aquel maravilloso olor refugiado en sus fosas nasales, la bestia continuo su camino.
De pronto, la criatura se encontró el destrozado cuerpo de Blanca tirado de cualquier manera en medio de aquel lúgubre pasillo. Detuvo su marcha y la observó detenidamente. Su caja torácica estaba reventada, y su interior no contenía nada. El corazón, los pulmones, el estómago... El monstruo se había alimentado de la joven sin compasión.
Los ojos muertos de la muchacha le observaron funestamente. Pero la criatura los ignoró. Siguió caminando y pensando para sí mismo que debía colgar el cadáver en su despensa con los demás en cuanto volviera.
Abrió la puerta de la sala de los trofeos y la cruzó hasta llegar a la montaña de pertenencias. Donde estuvo rebuscando durante veinte minutos hasta encontrar lo que buscaba: ropa limpia.
Una holgada falda, unas botas, una camisa y una cálida cazadora. El ser se vistió con aquellas impolutas prendas. Y cuando vestido decentemente, se preparó para salir a la ciudad.
Tenía trabajo que hacer.

La falsa Blanca estaba sentada en uno de los bancos del sosegado parque del Retiro de Madrid. Contemplando con fascinación la magnífica estatua del Ángel Caído.
Observando detenidamente la trágica expresión de su rostro y su figura, que se retuerce mientras una funesta serpiente se enrosca en su cuerpo. Obligándole a abandonar el reino de los cielos y precipitándole hacía las profundidades del infierno.
Llevaba una hora sentado delante de la escultura. Preguntándose el porqué en la expresión del Príncipe de las Tinieblas.
Le encantaba aquella estatua. Se podía pasar horas enteras delante de ella. Se sentía igual que Lucifer. Era un incomprendido. Habían sido expulsados del Paraíso.
Lucifer había desafiado a Dios. Pero él no le había hecho nada a nadie. Él ya había nacido así, su bestial naturaleza había nacido con él, en aquella abandonada fábrica de las afueras de Madrid.
¿Qué era? ¿un mutante?, ¿un demonio como el que dormitaba eternamente en ese parque? Nunca obtenía la respuesta a aquella pregunta. Solo sabía que por las noches se convertía en un aterrador monstruo, y que por las mañanas se levantaba transformado en alguien que no era él. Aunque no podía negar su naturaleza, sabía muy bien que debajo de aquella falsa piel, dormitaba una bestia terrible e insaciable.
Siempre había sido así, desde que despertó ya convertido en la bestia aquella fría noche del 74. Desde entonces su única preocupación en la vida era alimentarse. Y su único pasatiempo, colgar a sus víctimas por las piernas y dejarlas descomponerse al aire libre.
La gente continuaba con sus quehaceres tranquilamente. Ignorando que, muy cerca de ellos, un terrible ser los seleccionaba mentalmente para convertirlos en su próxima comida.
¿Quién podía ser el siguiente? ¿La deportiva joven que practicaba diariamente footing por orden directa de su cardiólogo? ¿La acaramelada pareja que expresaba libremente su amor en el verde césped del parque? ¿O el despreocupado artista que dibujaba al Ángel Caído en su bloc de dibujo?
Cualquiera podía ser la próxima víctima, cualquiera podía acabar en el estómago de la bestia. Y tendría que decidir rápido, ya que estaba a punto de anochecer. Y la bestia pronto reclamaría salir de su carnal prisión y divertirse con algún pobre diablo.
Su nariz captó el olor de un posible victima. La criatura se guió por aquel dulce aroma. Caminó por el parque ya vacío, mientras notaba como la bestia en su interior destrozaba el falso disfraz. Con la ayuda de sus manos, el monstruo comenzó a arrancarse tiras de piel, enseñando su verdadero aspecto.
Cuando se deshizo de toda la piel y la ropa, ya no le quedaba nada que le hiciese parecer humano. Ahora era una bestia que acechaba cautelosamente a una mujer que hacía el amor con un hombre escondidos entre frondosos arbustos.
“Perfecto” pensó para sí la vil criatura. “Cena de dos platos”.
La bestia se abalanzó sobre la incauta pareja, que yacía ajena a la pesadilla que se les echaba encima. Cuando unos ojos amarillos y inhumanos los hipnotizaron, y cuando se despertaron mareados y confusos en la guarida de la bestia. Preparados para encontrarse al verdadero infierno y al mismísimo Diablo.

                                          FIN

-Parece ser que en esta historia queda claro ese viejo dicho que dice “si la bestia se viste de seda, bestia queda” ¿No crees?
Espero que hayáis disfrutado de esta historia y del esquelético narrador que te la ha relatado. Y espero volver a verte por aquí. Recuerda, que mi cripta está siempre abierta a quines quieran disfrutar con el autentico TERROR


Rubén Giráldez González  (búscame en twitter @KillRubn)