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domingo, 2 de diciembre de 2012
Gritos humanos
LA CRIPTA DEL TERROR
Bienvenidos una
vez más a mi aterradora cripta pequeñines. Esta vez, me encantaría
rendir homenaje a una de las figuras literarias más influyentes del
género del terror. Hablo ni más ni menos que de Howard Phillips
Lovecraft.
Este encantador
personaje, nacido en Providence un veinte de agosto de mil
ochocientos noventa. Fue el creador de un género conocido como
Horror Cósmico en el que se alejó de los estereotipos del terror
sobrenatural propios de la época, para crear un terror “espacial”.
Por eso me
apetece contribuir a explayar su conocida y adorada obra a todos
aquellos que quieran disfrutar de nuevas dimensiones del horror con
este humilde relato al que llamo…
Gritos humanos
Me llamo Joseph Kingston, o al menos
solían llamarme así antes de mi “renacimiento”. Ahora, se me es
más conocido como paciente sesenta y ocho del hospital psiquiátrico
Arkham para mentes enfermas.
Según mis cálculos, llevo encerrado
entre estas cuatro blancas paredes tres años. Tres largos años en
los que he aguardado pacientemente la llegada una noche de luna tan
llena como la que observo por la pequeña ventana de la pared más
alejada de mí.
Aquella, era la noche y el momento en
el que todos mis esfuerzos tendrían su merecida recompensa.
Antes de ser encerrado en este
tenebroso lugar de locura y pasar a formar parte de esta particular
“familia”, yo no era más que un modesto librero. Mi vida
avanzaba apacible entre la lectura de miles de novelas, ensayos,
poemas o cualquier manuscrito que pasase por mis curiosas manos.
Hasta que un día, recibí la fúnebre noticia del suicidio de mi
padre.
Andrew Kingston, era un eminente
profesor de literatura inglesa que me enseñó el valor de la palabra
escrita. En sus tiempos libres era un extravagante coleccionista.
Tenía en su haber decenas de los más extraños objetos que recibía
de un misterioso compañero arqueólogo: estatuillas antropomórficas
de diferentes culturas, miles de amuletos a los que se le atribuían
misteriosos poderes, y tratados antiguos por los que pagaba jugosas
sumas de dinero.
Era un hombre culto e inteligente,
además de ser un orgulloso cristiano. Por eso, cuando me informaron
de que el veinte de enero de mil novecientos veinticinco, en el
silencio de la noche Andrew Kingston se ahorcó en su despacho, yo me
negué a creerlo. Pero así era. Se había quitado la vida, cosa que
iba contra las leyes de Dios. Por eso comencé a sospechar que algo
raro le había pasado a mi padre para que tuviera que recurrir a
semejante solución.
Pasé horas en el despacho de mi padre,
examinando sus documentos más recientes. Pero solo encontré unas
cuantas páginas de lo que parecía ser las memorias de mi difunto
progenitor que no informaban de nada relativo a su suicidio. Mis
esfuerzos no estaban dando resultados hasta que pensé en examinar la
biblioteca particular donde reposaban los libros más importantes
para mi padre. Allí tampoco encontré nada, ni una mísera carta de
despedida. La ira comenzó a agolparse en mi interior y en un
arrebato de locura, comencé a arrojar aquellos valiosos compendios
de saber por toda la habitación. En medio de aquel salvaje frenesí
derribé si darme cuenta el enorme mueble, que produjo un enorme y
atronador estruendo al caer al suelo.
Mientras trataba de tranquilizarme,
volví a fijarme en la desnuda pared donde el mueble volcado ocultaba
una misteriosa puerta a ojos ajenos.
Sin más demora busqué por toda la
habitación la llave que abriría aquella enigmática puerta y lo que
quisiese que se guardara en su interior. Y mientras mi cuerpo se
afanaba en rebuscar en los cajones de la mesa de roble en busca de la
llave perdida, mi mente no paraba de pensar en los motivos por los
cuales mi padre se veía obligado a tener un cuarto secreto.
Finalmente la encontré en el tercer
cajón. Dentro de una ajada biblia, a modo de particular marca
páginas, reposaba una extraña llave de plata con unas intrigantes
letras grabadas por toda la llave de origen desconocido para mí.
La puerta se abrió con un quejido que
me hizo rechinar los dientes y cerrar los ojos al instante. Y al
abrirlos me encontré con la más profunda de las oscuridades.
Armándome de valor y valiéndome de una vela, me dispuse a
adentrarme en aquella tenebrosa estancia, decidido a encontrar el
secreto que ocultaba mi padre en aquel misterioso cuarto.
Gracias a la tenue luz que producía el
cirio que sostenía mi temblorosa mano, logré no tropezar con una
silla rastrera que esperaba paciente un inoportuno descuido por mi
parte que, afortunadamente nunca llegó a producirse.
La luz reveló una gigantesca mesa en
la que encontré decenas de valiosas velas que me ayudaron a alumbrar
por completo la habitación.
Cuando la oscuridad desapareció, me
encontré con una habitación repleta de cientos de los más extraños
objetos. Lo que más abundaba, eran unas inusuales figuras de
grotescas formas. Algunas eran de piedra, otras de metal, y las más
amorfas de madera. Pero todas tenían algo en común: unos tentáculos
que crecían en los lugares más insospechados.
Me pregunté que representaban aquellas
tallas, pero dejé esas figuras cuando mis ojos se posaron en una
caja que descansaba en la mesa. La examiné y me llevé una grata
sorpresa al ver que la llave que tenía también correspondía a la
cerradura de la caja. Esta, estaba repleta de decenas de documentos.
Impaciente, abrí una carta que databa de hacía tan solo una semana.
Comencé a leer la pulcra letra de mi padre:
Esta es una carta de despedida.
Espero que quien esté leyendo estas palabras sea mi querido hijo
Joseph. Esta carta también es un aviso para que el que lo lea haga
lo que yo no pude hacer: quemar el contenido de esta caja.
Desde que descubrí la existencia de
los Primigenios, mi minúscula mente ha querido saber más sobre
ellos. He recorrido las bibliotecas de medio mundo buscando el
preciado Necronomicon sin ningún resultado. He charlado con locos
que juran haber estado en presencia de estos dioses amorales. Y he
recopilado tanta información como he podido sobre ellos. De repente,
pasé de ser un eminente conocedor de la lengua inglesa, a ser un
principiante de ocultista. Comencé a obsesionarme. Pasaba noches en
vela desvelando los misterios de aquellos dioses y empecé a aislarme
del mundo exterior.
Cada paso que daba en mi
investigación me hacia estar más cerca de mis “amos” y de su
enigmática naturaleza. Una noche tuve mi primer sueño inducido por
aquellos seres. Una experiencia inexpresable en la que fui arrastrado
por todo el universo conocido y por conocer. Miles de voces me
hablaban a la vez haciéndome pensar que me iba a estallar la cabeza
en cualquier momento. Pero por suerte no fue así y me vi flotando en
la inmensidad del espacio, donde el mismísimo Nyarlathotep me habló
con oscuras palabras. Tenía una misión para mí. Una oscura tarea
que rechacé completar inmediatamente. Y cuando el oscuro dios se dio
cuenta de que su sirviente no iba a satisfacer sus deseos decidió
vengarse de mí. A partir de ese momento el poderoso Primigenio me ha
estado torturando de mil formas inimaginables mediante los sueños.
He muerto decenas de veces. Mi piel ha sido arrancada para
confeccionar estrafalarios ropajes, mis huesos han sido triturados
hasta convertirse en polvo, y mis ojos han explotado en sus cuencas
con una sola mirada de ese ser. Evito dormirme, el solo pensamiento
de volver a enfrentarme a esa criatura me aterra hasta límites
insospechados.
Durante todo el día he estado
pensando en una solución para acabar con esta infernal tortura y con
su insufrible dolor. Pero es una idea que va en contra de mi
religión, aunque pensándolo mejor, a estas alturas dudo que exista
ese Dios benevolente en el que creía fervientemente. Los verdaderos
Dioses son estos seres alienígenas con millones de años a sus
espaldas.
Espero encontrar en la muerte la
tranquilidad que necesita mi perturbada alma. Y vuelvo a pedir a
quien este leyendo estas últimas palabras, que queme el trabajo de
estos últimos años. Y que comprenda, que en este universo hay cosas
que es mejor no saber.
Si eres mi hijo Joseph, espero que
me comprendas y que sobretodo, me creas. Espero que me perdones y que
sepas, que en esta vida y en la siguiente siempre te querré mi
pequeño “devorador” de libros.
Cuando terminé la carta estaba
terriblemente confundido, emocionado y aterrado a la vez. Aquella
vorágine de sentimientos me obligó a sentarme en la silla más
cercana y releer seis veces más el escrito. Aquellos últimos
pensamientos que plasmó mi padre en el papel hablaban de cosas
inconcebibles.
Indagué mas en el contenido de la caja
ignorando la petición de quemarla. Encontré varios cuadernos en los
que mi padre plasmaba todos sus descubrimientos sobre aquellos
blasfemos dioses. Con cada página que leía me veía cada vez más
fascinado por aquellas criaturas de una forma que solo puedo definir
como morbosa.
No recuerdo cuanto tiempo estuve en
aquella pequeña habitación. A mi me parecieron minutos, pero
pudieron haber sido horas ya que paré de leer cuando la fatiga, el
hambre y la sed hicieron mella en mí.
Me sorprendí a mi mismo cuando me
llevé la caja a mi casa donde continué la investigación después
de una opípara cena. Aquellos seres y sus secretos me atraparon y me
convirtieron en otra persona. De repente, me pasaba días enteros
encerrados en casa. Salía muy rara vez de ella y eso, mis vecinos lo
notaron. Sus visitas al principió me agradaban, pero pronto
comenzaron a ser una verdadera molestia cuando no paraban de
preguntarme si había superado la muerte de mi padre. Era en ese
momento en el que los echaba de mi casa lanzándoles graves
improperios con los que se marchaban con indignidad. Fue así como
comencé a ganarme el apelativo de “huraño” entre mis vecinos.
Cosa que me importaba bien poco mientras aquellas patéticas
criaturas no se inmiscuyeran en mis asuntos.
Fue en una tranquila noche de verano
cuando tuve el primer sueño. Fue exactamente como mi padre relató,
fui arrastrado por todo el universo. Cerré los ojos y traté de no
pensar en nada mientras viajaba en aquel particular estado. Pero no
lo conseguí. Estaba ansioso. Por fin iba a ver el aspecto de
aquellos Dioses que tanto me obsesionaban. Por fin iba a conocerlos.
Pero, a medida que pensaba en aquella idea otra más aterradora cruzó
mi mente. Había leído en las notas de mi padre que todos los que
habían estado en presencia de un Primigenio habían enloquecido. ¿Me
pasaría lo mismo a mí?, ¿Perdería el juicio y me ahorcaría poco
después en mi despacho como le pasó a mi padre?
Mi cuerpo paró y una voz que sonaba
como si fuesen miles de chillonas vocecillas me ordenó que abriera
los ojos. Me pregunté con quien me encontraría al abrirlos ¿con el
sabio Yog-Sothoth, con el invidente Azathoth, o con la fértil
Shub-Niggurath?
Cuando los abrí no encontré a ninguna
de esas deidades, de hecho no encontré nada. Flotaba en medio de la
nada más absoluta a merced del caprichoso destino.
Comenzaba a pensar que quedaría en
aquel horrible transito durante toda la eternidad cuando la horrible
voz volvió a hablarme.
-Joseph Kingston, se bienvenido a mi
reino.
-¿Dónde estamos?-pregunté confuso a
la voz- ¿Dónde estas tú?
-Estamos en el Vacío, un lugar sin
tiempo y sin espacio. Aquí es donde moran los seres aún no natos,
como yo.
Mi mente aún estaba asimilando estas
palabras cuando la voz volvió a hablar.
-Te he hecho llamar Joseph para que me
des la vida. Necesito nacer. Y necesito un cuerpo donde crecer.
-¿Eres un Primigenio?-pregunté
tímidamente.
-Aun no lo soy puesto que aún no he
nacido. Te necesito Joseph. Deja que forme parte de ti y vive
eternamente a través de mí con todo lo que ello implica.
Escuché repetidamente aquellas últimas
palabras en mi cabeza. El ser nonato me estaba proponiendo
convertirme en parte de un Primigenio. Entonces sería todopoderoso y
eterno.
Acepté efusivamente y la voz me ordenó
que buscase un texto maldito con el que poder atraerle hasta mí.
Tardé todo un año en encontrar aquel
valioso pergamino y cuando finalmente lo hice, descubrí que estaba
en manos de Los hijos del eclipse. Una secta adoradora al culto de
Cthulhu.
Al principio se mostraron reacios a mis
palabras, pero el sumo sacerdote tranquilizo a sus acólitos
informándoles que el dormitante amo le había hablado de mi llegada.
Que era el elegido que ese culto llevaban tantos años esperando y
que traería una época de esplendor a este decadente mundo. Yo dejé
que aquellos hombres creyeran lo que quisieran, mi única intención
era que el Primigenio naciese. Y para ello necesitaba el valioso
pergamino.
El sumo sacerdote decidió que el
ritual se llevase a cabo cuanto antes. Y cuando todo estuvo todo
listo, el culto se puso en contacto conmigo inmediatamente.
Estaba ansioso. Aquella cálida noche
de principios de verano iba a convertirme en parte de un ser
superior. Los secretos del universo dejarían de tener secretos para
mí.
Se decidió que el ritual se realizase
en el sótano mi casa.
Los hijos del eclipse se dispusieron a
poner a prueba su ferviente fe con aquel fastuoso ritual. Los
integrantes más jóvenes estaban nerviosos, esa noche podría ser la
oportunidad de estar ante la presencia de uno de aquellos amos de los
que se decía que hacían quebrar la frágil mente de los humanos con
tan solo una mirada.
Comenzó el ritual. El sumo sacerdote,
enfundado en una escarlata túnica desplegó el valioso pergamino en
un altar improvisado y me indicó con un gesto de la mano que me
situase en el centro del pentagrama, dibujado previamente con la
sangre que un ferviente acolito donó de buena gana.
Me tumbé completamente desnudo y
observé como aquellos sectarios esnifaban un polvo amarillo de un
cuenco que iban pasándose unos a otros. Supuse que sería algún
tipo de droga con la que pretendían no enloquecer si el Primigenio
se fijaba en ellos.
Los acólitos se dispusieron en círculo
alrededor mío y dio comienzo el ritual.
Oscuras palabras comenzaron a salir de
la boca del sumo sacerdote mientras recitaba la tenebrosa llamada.
A medida que el ritual avanzaba comencé
a sentir un leve cosquilleo que fue extendiéndose por todo el
cuerpo. Y de repente la ya familiar voz de mi amo retumbó en las
paredes de mi cráneo.
Ya llegaba.
El sumo sacerdote comenzaba a mostrar
signos de fatiga y su arrugada cara relucía a causa del incipiente
sudor.
El cosquilleo se convirtió de repente
en una rápida descarga que recorrió todos los rincones de mi
cuerpo. Y esta es la parte más confusa, ya que me quedé
inconsciente después de la fugaz descarga. Pero aun así, pude
escuchar los gritos de terror de los acólitos y el sonido de la
sangre salpicando violentamente el suelo. Todo aquello precedido por
un desagradable ruido que solo puedo describir como cientos de uñas
partidas arañando al mismo tiempo un astillado cristal. Después de
aquello, solo quedó el más completo de los silencios que me
acompaño durante lo que a mi me pareció un largo lapso de horas de
duración.
No pensé en la suerte que tuvieron los
hijos del eclipse, ya que los desgarradores gritos de auxilio y el
terrible sonido de la carne desgarrándose hablaban por si solos.
Mi amo por fin se dirigió a mí. Sus
palabras resonaron dentro de mi cabeza, grabándose a fuego en lo más
profundo de mi mente. Y fue entonces cuando el Primigenio me reveló
su verdadero nombre.
La policía entró en mi casa,
alertados por las quejas de mis vecinos quienes estaban realmente
preocupados por los continuos gritos de auxilio que salían del
interior del domicilio.
Cuando entraron en el sótano se
encontraron con una verdadera carnicería. El suelo estaba sembrado
de cuerpos destrozados, las paredes estaban adornadas con extraños
símbolos de origen pagano. Y, en medio de aquella dantesca escena,
desnudo y embadurnado con la sangre de los cadáveres, se encontraba
un hombre encogido sobre si mismo que no paraba de repetir un
enigmático y extraño nombre <<Agro-Bageroth>>
Me internaron en el manicomio Arkham
inmediatamente después de quedar demostrado que yo no era el
causante de aquella matanza. Todos los eminentes psiquiatras que me
han diagnosticado no han conseguido que hable sobre lo ocurrido
aquella noche. Yo solo repito Agro-Bageroth una y otra vez. Cientos
de veces me han preguntado por el significado de aquel nombre.
Entonces, les hablo de un poderoso dios extraterrestre que habita
dentro de mí y que responde a ese poderoso nombre. Y es entonces,
cuando aquellos patéticos seres comienzan a acosarme a preguntas
sobre mis miedos y mis frustraciones a las que me niego rotundamente
a contestar.
Se han olvidado de mí. Me han dado por
perdido. Para ellos no era más que otra mente rota como las cientos
que habitan el lugar. Un despojo del género humano que convenía
mantener encerrado entre cuatro paredes y con una minúscula ventana
como único recordatorio del mundo exterior al que se me habían
cerrado las puertas.
Esta noche se cumplen tres años desde
que acogí en mi seno a Agro-Bageroth. Tres largos años en los que
el recién nacido Primigenio ha estado descansando y preparándose
pacientemente para la llegada de aquella medianoche. En la que por
fin, saldrá de mi cuerpo convertido en el poderoso ser al que está
destinado a convertirse.
Él me ha hablado de grandes secretos
del universo y de cómo será mi vida al formar parte de su entidad.
Y yo lo escucho fascinado y me impaciento terriblemente.
En este particular estado me siento
como una madre primeriza. Quiero que mi retoño nazca ya. Pero luego
pienso en el momento del “parto” en el que (según las notas de
mi padre) el Primigenio se liberará de aquel refugio carnal. Aquello
suena verdaderamente doloroso y desagradable. Y es en esas ocasiones,
cuando Agro-Bageroth me reconforta con sus palabras.
-El dolor es un ínfimo precio que
pagar por el privilegio que se te ofrece. Serás parte de mí. Serás
poderoso, serás sabio… y serás eterno.
Aquello a veces no hacía
más que llevarme a varios quebraderos de cabeza. En el momento en
que Agro-Bageroth naciese, yo (mi parte humana) desaparecería. Bien
era cierto que sería para convertirme en parte de un ser superior,
pero la idea no dejaba de rondarme la cabeza. Y esta noche, a solo
dos minutos de que la luna llena aparezca en el firmamento dando
comienzo al nacimiento, yo Joseph Kingston tengo serias dudas sobre
lo que estoy a punto de hacer.
Recuerdo a mi padre.
Quien se vio inevitablemente atraído por los secretos de los
Primigenios y que se suicidó por temor a una petición de sus amos.
¿Acaso también le habían pedido renunciar a su humanidad? ¿Por
eso había decidido terminar con su existencia siendo aun humano?
En la celda contigua,
Mary ríe descontroladamente mientras tararea una siniestra nana.
Pienso en ella. Por lo visto, después de dar a luz a su primer hijo,
la mujer comenzó a escuchar unas celestiales voces que le decían
que el pequeño era maligno y que debía acabar con él
inmediatamente. Así continuó todo un año hasta que ahogó a su
primogénito en el río que bordeaba su granja.
Mary estaba loca, pero
mañana seguiría siendo humana. No como yo, a quien le queda poco
más de un minuto para convertirme en Agro-Bageroth.
El Primigenio esta
impaciente. Noto como se revuelve en alguna recóndita parte de mí
ser.
La luna llena se dejo ver
por el hueco de la ventana y inmediatamente siento una terrible y
familiar descarga que cruza todas las partes de mi cuerpo.
Me levanto de mi camastro
inmediatamente mientras los tentáculos del dios se dejan ver por
debajo de mi nívea piel. Se mueven furiosos y cada vez son más.
Recorren todo mi cuerpo, desde la cabeza a los pies. Y empujan
violentamente la piel para poder salir.
Es demasiado dolor para
un patético cuerpo humano. Intento aguantar pero no puedo. Hago lo
único que me permite Agro-Bageroth. Quien necesita el resto de mi
cuerpo inerte para poder moverse libremente.
Grito.
Profiero el grito más
desgarrador que se ha escuchado jamás sobre la faz de la tierra. Un
grito de inmenso dolor que alerta a los celadores, quienes ya se
afanan en abrir la puerta de mi celda.
Pero sobre todo, ese
sonido que escapaba de lo profundo de mi ser, es una especie de
recordatorio de lo que un día fui. De lo que signifiqué para
algunas personas antes de entregarme en cuerpo y alma a aquella
deidad alienígena que destroza mi cuerpo. Logrando así salir
convertido de él en un visceral Primigenio que se prepara para
comenzar a vivir en perfecta simbiosis conmigo.
Este último grito, es un
grito humano.
Como habréis descubierto chicos,
hay secretos en este universo que es mejor no revelar. Y seres a lo
es que es mejor tomar por pura fantasía o leyenda.
Bueno, espero haberos convencido de
las maravillas que ofrece la obra de Lovecraft que aguarda impaciente
su lectura.
¡Hasta otra ocasión queridos
cripteros!
jueves, 15 de noviembre de 2012
LA CRIPTA DEL TERROR.
RESEÑA DE INSTINTO DE SUPERVIVIENTE
Bueno chicos. En esta ocasión, me permito la libertad de prescindir de uno de mis relatos para hacer una breve reseña que espero que os entusiasme tanto como uno de mis aterradores relatos.
Hoy os voy a recomendar Instinto de Superviviente de Darío Vilas. Una novela de la exitosa Línea Z de Dolmen editorial.
Algunos estaréis pensando que es otra novela zombie más. Pues estáis MUY pero que MUY equivocados pequeños.
Instinto de Superviviente es más que una novela zombie, (cierto es que estos putrefactos personajes supondrán un constante peligro para los protagonistas. Aunque estos seres, en ocasiones, no son tan horribles como algunos vivos) es una dura y cruda historia de supervivencia como nunca se ha visto en una novela.
“No hubo señales, no existían previsiones. El mundo no estaba preparado para hacer frente a una catástrofe como aquella. El caos se desató, arrasando con una civilización ignorante de lo que se avecinaba. Andrés sí lo vio venir, y por eso fue la única persona que pudo mantener con vida al pequeño Damián. Juntos tratarán de escapar de una ciudad tomada por legiones de muertos vivientes, en busca de otros supervivientes.
Sin embargo, hay una amenaza más aterradora que las hordas de zombis; un enemigo imbatible: el instinto humano.”
Esta es la sinopsis. A primera vista no nos cuenta nada que no hayamos visto hasta ahora (ciudad devastada por un ejército de cadáveres andantes y unos personajes que intentan sobrevivir a esta catástrofe) pero, a partir de las primeras páginas sabes que lo que estas leyendo no es lo usual en una novela Z.
Debo recalcar el detalle de que el autor es un verdadero profesional a la hora de crear personajes. Ya que su fuerte es profundizar en la psique de ellos, sacando a relucir lo peor (y en contadas ocasiones) lo mejor del ser humano (como ya se ha visto en los relatos ambientados en Simetría). Es por eso, que muchas veces debemos fiarnos menos de los vivos que de los muertos vivientes.
Esta novela tiene dos historias. Primero, el frenético relato de Andrés y el pequeño Damián (que no te dejará ni un momento de respiro) que intentan escapar de la ciudad sitiada por los No muertos. Y la segunda (y la más desgarradora) la de la madre del pequeño, Marga. Que se embarcara en su propia odisea.
La novela tiene pocos personajes. Pero es un verdadero acierto, ya que con ella Darío, lo que consigue es que te encariñes con ellos (cosa que recomiendo tratar de no hacer por razones que se descubrirán durante la lectura)
En esta novela pululan unos misteriosos seres que harán peligrar la vida de nuestros queridos protagonistas. Y que se llaman, misteriosamente “faros” y que personalmente, a un servidor, le encantaron. El escritor vigués promete aclararnos mas cosas sobre estas criaturas en su próxima novela (esperemos que así sea).
Así que tenemos zombies, personajes realmente interesantes, una buena historia y unas extrañas criaturas (los “faros”). ¿Qué más se le puede pedir a esta novela?
Esta, es la primera parte de una trilogía que continúa con la próxima Lantana, donde nace el instinto. Y culminará en una tercera parte que el autor promete, que será memorable.
Es algo corta (son 224 páginas que no podrás parar de leer), con un interesante prólogo de Javier Pellicer. Y con una estupenda ilustración del siempre genial Alejandro Colucci. Por lo que, fácilmente puede pasar a formar parte de vuestra biblioteca particular.
Sobre el autor diré que es un vigués y buen amigo de vuestro querido anfitrión. Y que, poco a poco, se está haciendo un gran hueco en el mundo de la literatura hispánica.
Antes de esta novela. Darío había escrito Piezas desequilibradas E imperfecta Simetría (dos antologías de relatos que espero poder reseñar más adelante) que le han servido para darse a conocer.
También ha sido ganador del Premio Nosferatu de 2010 gracias a su relato Orgullo de Padre. Y, es asesor editorial y de la web Cultura Hache. Vive por, y para la difusión del horror hispano.
No dudo en declarar, que este autor, es el mentor de este viejo cadáver. Un excelente escritor que espero que continúe con la labor que mejor se le da: aterrar.
En definitiva, Instinto de Superviviente es una excelente novela zombie (de lo mejor que he leído en lo que va de año) que os recomiendo encarecidamente.
Bueno chiquillos, os espero de nuevo en mi cripta. Donde espero que, en lo próxima ocasión, pueda tener la oportunidad de alimentar vuestros miedos con más relatos made in the Crypt.
Saludos.
@KillRubn
jueves, 1 de noviembre de 2012
La cripta del terror
Es Halloween queridos
engendros. Una horrible noche en la que el terror y los sustos (de muerte)
están asegurados para todo el mundo. Cosa que, queridos amigos, al viejo Señor
de la Cripta le entusiasma mucho. Por eso yo también quiero contribuir a
repartir el terror a todos aquellos que buscan pasar un mal rato ¿Y que mejor
para hacer eso que con una terrorífica historia de mi macabra colección?
El protagonista del
relato de esta espectral noche odia profundamente Halloween. Pero, va a
descubrir que esta festividad esconde terribles secretos, dispuestos a hacerle
pasar la peor noche de su vida. Así, que encended unas cuantas calabazas
linterna para iluminar la habitación, e ignorad los desgarradores gritos que
forman la particular banda sonora de la noche y disfrutad con…
Truco o trato
El vecindario entero estaba poblado
por un nutrido grupo de pequeños demonios, brujas, vampiros, zombies y demás
seres de pesadilla. Que recorrían fugazmente las calles, deteniéndose en cada
casa. Donde esperaban pacientes a que sus inquilinos les abriesen la puerta.
Momento en el cual, los diminutos monstruitos dirían la famosa frase que
llevaban todo el día ensayando “Truco o Trato” mientras muestran unos sacos
dispuestos para recoger los “tratos” de la noche. Aunque, si por el contario,
los habitantes de la casa eligiesen truco en vez de trato. Estos, se verían
obligados a sufrir las bromas y jugarretas de las monstruosas visitas. Que
podían ser, desde pequeñas inocentadas como la de arrojar huevos a la fachada
de las casas, o otras actividades mucho más “macabras”. Por lo que era
conveniente aceptar el trato, y sellarlo dejando algún que otro dulce en las
bolsas de los monstruosos chiquillos.
Ronald Sullivan cerró de golpe las
cortinas, ocultando la bochornosa visión de la calle infestada por toda la
parafernalia propia de la celebración de Halloween. Cientos de calabazas
linterna talladas con siniestras sonrisas de dientes puntiagudas invadían casas
y muros, iluminando tenebrosamente las calles. Mientras proyectaban aterradoras
sombras que durarían hasta que la vela que albergaban en su interior se apagase
con un pequeño siseo.
Todo aquel que pululaba por el
vecindario en ese momento se ocultaba tras una mascara o disfraz grotesco. Y
los más pequeños, practicaban aquella extravagante costumbre que era la de
reclamar golosinas a grito de “Truco o trato”.
Todas las casas estaban decoradas
para la ocasión. Las telarañas falsas cubrían las puertas de las casas. Los
esqueletos de plástico que colgaban de los árboles, se mecían a causa de la
suave brisa nocturna, como si de macabros ahorcados se tratasen. Las lápidas de
cartón piedra se multiplicaban por los jardines, convirtiéndolos en
improvisados cementerios de quita y pon. Todos aquellos hogares se habían
transformado en particulares casas del horror. Todas, excepto una. La de Ronald
Sullivan, que permanecía inalterada y sin ningún cambio. Ya que para el
amargado solterón, el treinta y uno de octubre no era más que otro día más.
Para él, Halloween no estaba apuntado en su calendario de celebraciones y
fiestas particular. Todas las costumbres y parafernalias propias de esa noche
le repugnaban.
Decir que Ronald Sullivan odiaba
Halloween era quedarse muy corto. Al solitario cuarentón, aquella celebración
le producía un verdadero desagrado. Odiaba entrar en los supermercados y
tiendas de la ciudad y encontrarse con los estantes repletos de grotescas
mascaras de plástico, estrafalarios disfraces y repulsivas películas de terror
a mitad de precio. El hombre incluso agradecía al gerente, el momento en el que
ordenaba llevárselo todo al almacén, de donde no saldría nada hasta el año que
viene.
Otra cosa que odiaba Ronald eran
los niños. Ya que, en ese día aquellos pequeños bribones se comportaban como
verdaderos vándalos. Los gritos y chillidos que emitían los pequeños desde la
calle, le producían una terrible jaqueca. Motivo por el cual, Ronald encendió
el televisor esperando así, poder amortiguar el escándalo producido por
aquellas pequeñas bestias de primaria.
El televisor emitió un sonoro grito
femenino que debió escucharse a varias casas de distancia. El hombre machacó el
botón del mando a distancia destinado a bajar el volumen del aparato pora
evitar quedarse sordo.
La pantalla mostraba como una
adolescente semidesnuda era brutalmente asesinada por un asesino enmascarado.
Quien no dejaba de hundir su enorme cuchillo de carnicero en el estómago de la
joven. Esta, solo dejó de gritar, cuando el mono de mecánico del asesino estuvo
completamente embadurnado con su sangre.
Con una expresión de desagrado en
rostro, Ronald cambio de canal. Esperando poder encontrar algo decente en la
programación de ese día. Pero, como ya esperaba, eso no ocurrió. Una sucesión
de películas (clásicas y modernas) de terror llenaban todos los canales:
Vampiros que acechaban a bellas damas, caníbales extraterrestres dispuestos a
no dejar ningún terrícola entero. Cementerios donde los muertos se alzaban de
sus tumbas, dispuestos a devorar todo ápice de carne humana del idílico pueblo
colindante…
Al final, Ronald desechó toda
aquella galería de horrores y decidió ver un documental sobre el origen de
Halloween que emitían en el canal histórico. Aunque antes, decidió visitar la
cocina para abastecerse de todo lo necesario para soportar las dos horas y
medio que duraba el documental. Abrió la nevera y sacó el último par de
cervezas que le quedaban. Por ultimo, abrió la alacena donde guardaba su más
preciado tesoro: una caja de Rocochocs con seis unidades.
Se le hizo la boca agua con solo
contemplar la caja de cartón que contenía aquellas delicias de chocolate.
Las Rocochocs eran unas
chocolatinas con trocitos de almendras, que el hombre había disfrutado desde la
tierna edad de siete años. Momento en el cual, su madre le había obsequiado con
esa deliciosa barra de chocolate por el buen comportamiento demostrado en su
ultima visita en el supermercado. No gritó, no se escapó, no pataleó, no hizo
nada que provocase el enfado a su madre. Aquel día incluso la había ayudado a
dejar los productos en el carrito de la compra. Por lo que su madre, agradecida
por ese gesto, se permitió comprarle aquel dulce a su obediente hijo. Este,
destrozó rápidamente el envoltorio que guardaba la chocolatina, y devoró con
saña el delicioso producto.
Desde ese momento, las Rocochocs se
habían convertido en su manjar secreto. Las comía continuamente. En su despensa
nunca podía faltar un paquete de aquellas chocolatinas. Y su ingesta, había
comenzado a preocupar a su medico de cabecera. Quien comenzaba a avisar al
hombre, de que sus niveles de azúcar habían subido alarmantemente en los
últimos años.
La mención de su madre, hizo que la
mente de Ronald se llenase con negros recuerdos de la mujer que le dio a luz.
Evelyn Sullivan había sido una
buena madre hasta que su retoño cumplió los cinco años. Momento en el que, el
señor Sullivan abandonó a su familia sin dar explicación alguna. Fue a partir
de ese momento, cuando la señora Sullivan comenzó a dejarse llevar de hombre a
hombre. Se encariñaba con ellos, vivían dos o tres años como un prototipo de
familia feliz. Y poco tiempo después, la mujer siempre se cansaba de aquel
falso marido de prueba al que le ordenaba largarse cuanto antes. Para así,
poder estar libre y sin compromiso. Dispuesta a buscar a un nuevo pretendiente.
El pequeño Ronald había conocido a
tantos “padres” y ninguno de ellos pudo ejercer de verdad como tal. Ya que,
cuando comenzaba a encariñarse con alguno. Su madre, lo expulsaba de su vida,
para traer un nuevo desconocido a casa.
El odio hacia su madre crecía cada
año que pasaba. El trato que recibía por parte de aquella mujer era nulo.
Incluso le culpaba a él por su mala suerte con los hombres. Juraba que a ellos
no les gustaba tener que aguantar a un insoportable mocoso durante el resto de
sus días. Pero la verdad era que Evelyn se había convertido en una asquerosa
bruja sin corazón desde el abandono de su marido.
Los años pasaron, y su madre
comenzó a dejar de ser atractiva a los hombres. Su efímera belleza se había
marchitado como las rosas que se dejan abandonadas en los cementerios, ante la
tumba de un ser poco querido.
Así fue como, la destrozada mujer,
buscó consuelo en los brazos de su repudiado hijo. Este, dejó creer a su madre
que seguía queriéndola. Y durante sus últimos años de vida, Evelyn pensó que por
fin, los dos podían tener la preciosa relación madre e hijo que nunca habían
tenido. Pero, un fatídico día, la veterana mujer, sufrió un inesperado
“accidente” que acabo con aquel período de aparente felicidad.
Evelyn había “resbalado” y caído
por las escaleras de su casa. Los escalones habían destrozado sus deteriorados
huesos, afectados por su reciente reuma. Y la dolorosa caída, había culminado
con el brutal golpe en la cabeza contra el duro suelo. Que la mató al instante.
Gracias a aquel nefasto “accidente”,
Ronald consiguió aquella fantástica casa en la calle Elm. Ya que su madre se la
había cedido (junto a un buena cantidad monetaria) en el testamento que había
rescrito poco después de la preciosa reconciliación con su querido hijo.
Sin su madre. Ronald por fin era
libre para vivir su vida. Tenía una casa para el solo y ninguna mujer que lo
asfixiase. El no iba a cometer los errores de su padre. No iba a casarse con
una mujer que le convirtiese en su particular esclavo. Ni se vería obligado a
marcharse de su hogar para no ver más a esa zorra.
No necesitaba para nada a una
mujer. Si necesitaba follar, no tenía más que coger el coche y dirigirse al
burdel de Lou. En el que por unos cuantos pavos se podría desfogar con una
preciosa chica a la que no le debería nada más que el precio del servicio
realizado.
El incesante sonido del timbre y
las risitas infantiles, delataban la llegada de los primeros visitantes en
busca de golosinas y dulces.
-¡¡¡TRUCO O TRATO!!!-exclamaron
tres vocecitas chillonas mientras el timbre no dejaba de sonar.
El hombre se levantó del sillón
después de soltar un bufido de resignación.
Aquella, iba a ser una noche muy
larga.
Eran aproximadamente las doce y
cuarto de la noche. El documental sobre la festividad de Halloween había acabado
hacía bastante tiempo. Y ahora, retransmitían el clásico de Alfred Hitchcock
“Psicosis”.
Ronald Sullivan dormitaba en el sofá. Los
envoltorios de cuatro Rocochocs descansaban encima de su barriga, que subía y
bajaba pausadamente.
Había tenido que soportar la visita
de catorce niños hiperactivos, y de tres enfurecidas madres. Que le habían
recriminado su denigrante comportamiento, al negarse a darle a sus retoños unos
cuantos caramelos. Y por haberlos asustado al echarlos de su casa esgrimiendo
un verdadero cuchillo de cocina.
Las indignadas madres se habían
marchado después de amenazar al hombre con llamar a la policía si volvía a
hacerle algo parecido a un niño más.
Ronald las había ignorado. Cerró la
puerta sonoramente, se dejó caer pesadamente encima del mullido sofá y siguió
llenando la panza con cerveza y chocolate.
De repente, el timbre volvió a
sonar. Solo fue una vez. Pero el sonido se clavó en los oídos del hombre y lo
despertó de su placida cabezada.
-¡Lárgate puñetero mocoso, no te
daré las putas golosinas, así que ya puedes dejar de timbrar!-exclamó Ronald
con el sabor de las Rocochocs aún en la boca
El aviso no pareció surtir efecto,
ya que esta vez no fue una, si no dos. Las veces que la desconocida visita
pulsó el botón del timbre.
-¡Te doy tres segundos para salir
de mi propiedad, o me veré obligado a
echarte yo mismo y créeme, tu no quieres eso!-amenazó el cuarentón levantándose
del sofá, mientras recogía de la cocina el afilado cuchillo con el que
conseguiría asustar a aquel pequeño intruso.
-Uno...-comenzó a contar después de
que el característico Ding Dong volviese a resonar por toda la casa.
-Dos…-se detuvo a medio camino ya
que parecía que la visita había desistido en reclamar la presencia del
inquilino de la casa. Pero dejó de pulsar el timbre y empezó a petar en la
puerta.
-¡…Y tres!-Ronald abrió la puerta,
preparado para enfrentarse al invitado no deseado.
Delante de él, se encontraba un
pequeño fantasmita.
-¡Te he dicho que te largaras
niño!-exclamó mientras empuñaba el cuchillo, como uno de aquellos peligrosos
psicópatas de las películas slasher.
El chiquillo no se amedrentó. Es
más, alzó con sus pequeñas manitas un saco de arpillera con una sonriente
calabaza de fieltro cosido a ella.
-¡Ya te he dicho que no hay
caramelos niño!
El pequeño continúo sujetando el
saco, reclamando con ese simple gesto, el dulce botín que había venido a
buscar.
Ronald bajó lentamente el cuchillo
al ver que este, no hacía efecto alguno en el niño. Quien siguió quieto y sin
decir nada en el umbral de la puerta.
Había que admitir que su disfraz
era verdaderamente siniestro: el pequeño se ocultaba tras una raída y sucia
sábana blanca (seguramente cedida por su madre para ahorrarse el dinero de un
disfraz en condiciones). La amplia prenda, estaba salpicada con varias manchas
de sangre reseca que hacían que el disfraz fuese verdaderamente terrorífico.
Dos pequeños agujeros recortados a la altura de los ojos, permitían al pequeño
mirar cara a cara a Ronald. Este, mantuvo la mirada al pequeño, pero tuvo que apartarla
poco después. Aquellos ojos inquisitivos parecían querer indagar en el interior
del adulto. En busca de sus mas profundos y inconfesables secretos.
-No te lo volveré a repetir chico.
Vete, ya es muy tarde y tu madre estará muy preocupada por ti.
El fantasmita siguió inmóvil. El
saco en alto, y los ojos bien abiertos.
El vecindario entero estaba en
completo silencio. Los niños que hace nada paseaban por las calles reclamando
caramelos, ya debían estar en la seguridad de sus casas. Haciendo el recuento
del dulce botín de aquella fructífera noche.
En aquel momento, Ronald estaba
solo ante el pequeño fantasma. Y eso, al hombre le aterraba. No sabía el
porqué. Pero la sola presencia del pequeño le producía terribles escalofríos.
El temor, pronto pasó a convertirse en miedo. Pero, ¿miedo a qué? ¿A aquel
inofensivo niño oculto tras una maltrecha sábana?
El adulto se increpó a si mismo por
la actitud que estaba demostrando. Lo que tenía delante era un simple
chiquillo. Entonces, ¿Por qué aquel incomprensible miedo estaba apoderándose de
él?
El niño continuaba apostado delante
del hombre. No se había movido ni un solo milímetro en todo este tiempo
(también habría jurado que en ningún momento había cerrado los ojos)
Dispuesto a acabar con aquella
terrible farsa de una vez con todas. Ronald agarró un pliegue de la sábana, y
tiró de ella violentamente.
Ojala no lo hubiera hecho.
Lo primero que pasó cuando el
hombre despojó al pequeño del disfraz, fue que un ejército de moscas escapó
despavorido en todas direcciones. Chocando contra la cara de Ronald, y
obligándole a cerrar los ojos y la boca (además de tener que taparse la nariz)
para evitar así que uno de aquellos indeseables insectos entrase donde no
debía.
Después, cuando el zumbido de
aquellas pequeñas alas desapareció, y el adulto decidió destapar sus fosas
nasales. Llegó a ellas el terrible hedor de la putrefacción.
Y por ultimo, los ojos de Ronald se
abrieron por completo, preparado para descubrir, la causa de tan horrible olor.
El sonoro grito de puro terror que
destrozó sus cuerdas vocales, se escuchó en todo el vecindario. Pero, nadie
salió a averiguar quien lo produjo ya que ¿Quién iba a preocuparse de que
alguien gritase en la noche más terrorífica del año?
Una pequeña figura caminaba
tranquilamente por la desierta calle del silencioso vecindario. Arrastraba un
saco lleno de chucherías que su madre le había preparado hacía tantos años.
“Cuando abran la puerta tu di Truco
o trato” le había dicho su madre “Vete a casas que conozcas como la de la señora
Henderson y vuelve antes de las once” Después de eso le había dado un beso en
la mejilla y le había ajustado la sábana antes de despedirse “Feliz Halloween
mi aterrador fantasmita”
Aquella había sido la última vez
que el pequeño había visto a su madre. Ya que aquella misma noche, el pequeño
fue brutalmente asesinado. Su cuerpecito, fue hallado a la mañana siguiente. En
el jardín de una casa, donde el pequeño pretendía reclamar unos dulces a los
que nunca pudo hincarles el diente.
Las sonrientes y luminosas
calabazas linterna, proyectaban sus tenebrosas sombras en el duro pavimento. Y
las resecas hojas otoñales, se arrastraban suavemente alrededor del fantasmita.
Este, llevaba en su mano una Rocochoc que había tomado de la última casa que
había visitado.
El hombre que le había abierto la
puerta no quería acordar el trato, por lo que tuvo que aceptar el truco. Le
había quitado el disfraz revelando su repulsivo aspecto. Y el débil corazón de
aquel hombre, no había podido soportar la visión de tal monstruosidad. Por lo
que detuvo su funcionamiento en aquel mismo instante.
El pequeño había observado
detenidamente como se había retorcido en el suelo ante sus pies. Hasta que,
finalmente exhaló su último aliento.
Después, solo había tenido que
sortear el abotargado cadáver, y dirigirse al salón. Donde le estaba esperando
su recompensa en forma de chocolatina con almendras.
Sus podridos y amarillentos
dientecillos, se quebraban a medida que masticaba la dura cobertura de
chocolate. Pero le daba igual. Debía de
disfrutar de aquellas dulces golosinas a pesar de venir acompañadas por trozos
de piezas bucales. Ya que no volvería a disfrutar de aquellas delicias, hasta
el año que viene.
Había llegado a las puertas del
cementerio local. Donde se reunía un nutrido grupo de personas que presentaban
un terrible aspecto. Claramente, todas ellas eran muertos como el chiquillo.
El olor a carne muerta que
exhalaban sus cuerpos, animó a las moscas y gusanos de los alrededores a
congregarse alrededor de los cadáveres. Convirtiéndolos en particulares buffets
andantes.
Los muertos observaban el cielo. La
noche pronto moriría, y con ella, también lo harían ellos. Quienes, esperarían
pacientes, la llegada del próximo treinta y uno de octubre. Momento en el cual,
las puertas se abrirían, permitiéndoles poder vagar por la tierra durante una
noche más.
El amanecer hizo acto de presencia.
Y los cuerpos de los fallecidos comenzaron a desaparecer. Halloween había
terminado.
Antes de desaparecer él también. El
pequeño fantasmita introdujo en su boca un caramelo de naranja, mientras
sonreía y susurraba una frase que solo pudo escuchar el viento: Truco o Trato.
Como
veis queridos amiguitos, Halloween es más que una simple fiesta para niños
pequeños. Espero que lo tengáis muy en cuenta cuando salgáis a la calle
enfundados en aterradores disfraces para asustar a unos cuantos incautos. Y
espero que los incautos no seáis vosotros.
Y
para los que se queden en casa y reciban la visita de unos pequeños monstruitos
pidiendo truco o trato. Espero que seáis sabios y aceptéis el trato en vez del
truco. No queremos que corráis la misma suerte que el pobre Ronald y que este,
sea vuestro último Halloween.
Bueno,
este viejo cadáver os desea un feliz Halloween, disfrutadlo, que por desgracia,
solo lo celebramos una vez al año.
@KillRubn
@KillRubn
jueves, 25 de octubre de 2012
El cazador cazado
Bienvenidos
de nuevo a mi tenebrosa cripta queridos amigos y amigas de lo macabro. Si
estáis de vuelta por mis dominios eso quiere decir que buscáis más aterradores
relatos que llevaros a la boca ¿Me equivoco? Pues tranquilos, que con el viejo
Señor de la Cripta y sus estremecedoras historias acabareis atragantándoos.
Para
hoy, os tengo preparado un relato que tiene justo lo que estaréis buscando:
Sangre, Mucha sangre.
Así
que, acomodaos en uno de mis “cómodos” ataúdes y disfrutad con...
El cazador cazado
El afilado cuchillo se hundió
repetidamente en la tersa espalda de la joven. Cuantas más veces hundía el
helado filo en la blanda carne. Más chorros de caliente y reluciente sangre se
escurrían de los profundos cortes, recorriendo la curvatura de su espalda como
si de un carnal circuito se tratara.
Sintió sus afiladas uñas de putón
hundiéndose en sus carnosas nalgas. Pero no se quejó, no emitió grito alguno,
él era el cazador y ella la indefensa presa. Así que siguió regodeándose con
aquella carita pecosa que le suplicaba entrecortadamente clemencia, mientras se
ahogaba en su propia sangre.
La hoja se clavó por última vez y
con extrema violencia en una hendidura ya abierta. Atravesó unos pocos
milímetros más de carne y se encajó profundamente en una vértebra, produciendo
un desagradable crujido. Pero ella ya estaba muerta, y afortunadamente, no
llegó a sentir el cuchillo alojarse en la profundidad de su estructura ósea.
Trevor Mulder dejó caer el flácido
cuerpo sin vida contra el duro pavimento. Colocó su mano derecha en su pecho y
sintió los latidos de su desbocado corazón, que poco a poco, recuperó su pulso
habitual. Las gotas de sudor que le embadurnaban la cara se reunieron en su
barbilla, y comenzaron a caer al suelo mezclándose con la sangre de su joven
víctima.
Sangre.
El corazón de Trevor volvió a latir
a mil por hora cada vez que observaba a aquel charco volverse cada vez más y
más grande.
Le encantaba aquel preciado
líquido, su color, su olor…su sabor.
Recordaba el tiempo en el que no
era más que un travieso jovencito de nueve años al que le fascinaba ver a su
padre verter en su adorada copa litros y litros del rojizo vino que guardaba en
su abotargada bodega. Después de oler y remover concienzudamente el contenido
del recipiente, su padre se lo llevaba a los labios y bebía de aquel líquido
carmesí hasta apurar la última gota. El rojo acabó convirtiéndose en su color
predilecto.
Una calurosa tarde de verano,
mientras pedaleaba tranquilamente por el pequeño bosque que rodeaba su casa. El
pequeño Trevor se encontró con un regalo del destino: un gato moribundo.
Como resultado de un probable
enfrentamiento gatuno, el felino había sido derrotado y abandonado a su suerte
en medio de aquel bosque.
-Pobrecito.- había comentado el
niño, nada más bajar de su bicicleta. Pero su expresión de tristeza cambió
cuando se fijo en el lomo y la cara del animal que no paraban de rezumar sangre
fresca. Los lastimosos maullidos de auxilio no fueron escuchados por el pequeño
Trevor, que solo podía concentrarse en aquella materia que escapaba lentamente
del cuerpo del minino. Arrebatándole poco a poco la vida.
Era hipnótico. De repente, Trevor
se imaginó un rió lleno de aquel líquido, una lluvia que lanzase sangre en vez
de agua, un océano inmenso y carmesí…Su inocente mente comenzó a mutar
monstruosamente. El “niñito de mamá” había desaparecido, y lo había suplantado
un peligroso ser que se cobijaba dentro del pequeño. Un pérfido monstruo que
había esperado pacientemente, agazapado en lo más profundo de su ser, a una
ocasión como aquella.
Trevor quería ver más sangre, por
lo que recogió lentamente del suelo una robusta rama. Meditó durante unos
segundos lo que estaba a punto de hacer, pero aquella monstruosa ansia era más
fuerte que él. Estrelló la tosca arma contra el gato. Este maulló dolorido,
pero el niño no se amedrentó, y continuó con su macabra iniciación.
La sangre salía disparada en todas
las direcciones, los sesos se desparramaron por el suelo, el gato trataba
inútilmente de escapar de aquella tortura. Pero Trevor solo se detuvo cuando no
pudo reconocer lo que era aquella masa visceral que escupía sangre a raudales.
El niño gritó, pero no de remordimiento, si no de satisfacción. Aquella cálida
tarde de agosto había nacido el asesino, el torturador… el cazador.
La mente de Trevor volvió a aquel
oscuro y sórdido callejón, donde el charco de sangre había rodeado por completo
a la chica. Con tranquilidad y parsimonia, Trevor se liberó de su flamante
guante derecho de cuero. Se agachó lentamente, y mojó su mano en el líquido rojo. Después se acercó la mano
a su boca y comenzó a lamer aquella sustancia que acababa de arrebatar a la
joven. Repitió el proceso tres veces más, y cuando se sintió satisfecho. Trevor
limpió su boca con varias toallitas húmedas que guardaba en su querido maletín
negro. Junto a su reluciente y afilado cuchillo.
Ahora se sentía mucho mejor,
aquella prostituta había apaciguado su insaciable furia homicida.
Se preguntó a si mismo la edad de
la muchacha, ¿dieciocho?, ¿tal vez diecinueve años?
“Seguro que era una drogadicta. Una
de aquellas chiquillas nacidas en aquellas depravadas calles en las que la
violencia y el vicio se dan de la mano.” pensó para sí el psicópata. “Seguro
que antes era una chica estudiosa y aplicada que nunca daba problemas a sus
papis. Hasta que algún día, un camello la abordó en cualquier esquina
ofreciéndole alguna atractiva droga de diseño. Ella aceptó y cuando le entró el
mono comenzó su viaje de descenso a los infiernos. Seguro que su único
propósito en la vida era conseguir más dinero con el que adquirir su preciada
droga. Y, todo aquel largo y tortuoso camino la había llevado a esto. A tener
que prostituirse, y a verse obligada a ofrecer felaciones a cambio de unos míseros dólares. ¿Quién podría haberla
advertido de que, un hombre vestido con traje y acompañado de un elegante
maletín iba a darle muerte mientras le hacía “un trabajito”?”
Trevor dejó su diálogo interno
aparcado por un momento. “¿Eso qué he oído son sirenas?”. El hombre no esperó
la respuesta. Se abrochó su ceñido pantalón (que marcaba delatadamente su
tremenda erección), y escondió el grácil cuerpecillo de la drogadicta
prostituta en el espacioso contenedor de basura que descansaba a su izquierda,
oculto entre kilos de malolientes deshechos en plena descomposición.
Salió del oscuro callejón cuando
logró (tras varios intentos) calmarse y aparentar normalidad. Su rostro debía
ser una mascara, no debía parecer feliz ni tampoco nervioso. En resumen, no
debía expresar emoción alguna.
Las calles estaban desiertas a esas
horas de la noche de aquel nuboso martes, pero Trevor era muy precavido. Nunca
se sabe cuando puedes encontrarte con un policía o cualquier persona capaz de
reconocerte en una investigación policial.
Trevor no era de los que matan sin
pensar. El analizaba a cada víctima, pensaba detenidamente en las consecuencias
de acabar con su vida y si a alguien le podía preocupar su muerte. Por eso, la
mayoría de sus víctimas eran vagabundos y prostitutas, deshechos de la sociedad
que nadie echaría de menos.
Aunque alguna que otra vez había
despachado a alguna deportiva chica que se dedicaba a practicar footing a altas
horas de la madrugada. O, a un joven oriental que se disponía fumarse un cigarro en la parte trasera del
restaurante en el que trabajaba… en esas excepciones Trevor se sentía mucho más
“cazador”. Escoger a la presa, vigilarla, pensar en como cazarla… todo aquello
le hacía sentirse mejor, más “creativo”. Era excitante desplegar el periódico
de la mañana y leer la noticia del asesinato perpetrado por él. Ver la
fotografía del lugar del crimen y regodearse cuando la policía no descubría al
sospechoso… aquello le hacía sentir superior.
Nadie descubriría nunca su secreto.
Nadie descubriría que Trevor Mulder, el vecino ejemplar, el trabajador
eficiente, era en realidad un peligroso asesino en serie. Que su hobby favorito
era apuñalar y beber sangre humana, como si de un aterrador vampiro se tratase.
Vampiro.
Muertos que vuelven a la vida para
alimentarse de la sangre de los vivos. Bestias inhumanas que cazan bajo la
protección de la fría noche.
En cierto modo, Trevor se
identificaba con ellos. Aquellas bestias y el, compartían muchos aspectos en
común. Para empezar la adoración por la sangre.
Trevor sonrió maléficamente
pensando en la idea de conocer a alguna de aquellas criaturas. “Seguro que
haríamos buenas migas” pensó con una sonrisa en los labios.
El hombre entró en la estación de
metro más próxima, donde esperó pacientemente la llegada del primero que pasase
por aquel desierto andén.
Le daba igual el destino, en aquel
momento se sentía poderoso. Aquella noche, había vuelto a arrebatar la vida a
otra patética criatura de la creación. Había vuelto a interpretar el papel de
la impasible muerte en aquella tétrica función nocturna.
Paso un cuarto de hora hasta que
dos ojos luminosos anunciaron la llegada del metro, que aminoró lentamente su
marcha hasta detenerse con un chirrido metálico.
Trevor se adentró en el interior
del vehiculo que, en aquel momento habría sus puertas. Se sentó cerca de las
puertas y observó detenidamente a sus compañeros de viaje. En el extremo
derecho del vagón se encontraba dormitando un joven afroamericano con aspecto
de pandillero. En sus orejas descansaban unos auriculares que emitían una
atronadora música que Trevor identificó como rap. Y, delante de Trevor,
descansaba la figura de la joven de aspecto más angelical que el asesino había
visto jamás. Su mirada se dirigió atentamente al libro que sostenía en sus
delicadas y pálidas manos. Trevor leyó detenidamente el título y se fijó en su
portada. Recordaba haber visto ese mismo libro muchas veces en las manos de
decenas de jovencitas de instituto. Incluso lo tenían varias secretarias de su empresa.
¡Claro! Era una de esas bochornosas novelas donde los vampiros brillaban a la
luz del sol como si de vulgares esferas de discoteca se trataran. Y donde se
enamoraban de jóvenes con las hormonas desatadas, mientras se enfrentaban a
unos Hombres lobos bastante deplorables. Trevor odiaba todos aquellos escritos
que convertían a los vampiros en afeminadas y patéticas criaturas.
Drácula, de Bram Stoker, Carmilla
de Sheridan Le Fanu… esos eran los verdaderos vampiros. Seres oscuros y
ancestrales. Peligrosos monstruos ocultos bajo una apariencia humana.
Trevor dejó apartado aquellos
asuntos literarios y se concentró en la joven.
No debería tener más de veinte
años. Llevaba una larga y oscura melena que
recogía en una recatada coleta que colgaba de su espalda. Y su piel era
de un blanco invernal parecido a la porcelana más frágil. Pero lo que más le
llamó la atención a Trevor fue su cuello.
Sangre.
La imagen de cientos de gotas
resbalando sin cesar por aquella piel invernal turbó sus sentidos. Aquella
Blancanieves de carne y hueso despertó de su letargo al peligroso cazador.
Trevor intentó detenerlo, pero la
bestia ya se había apoderado de él. La muerte de la prostituta no le había
saciado, y ahora exigía la sangre de la joven y casta Blancanieves.
El cazador pensó seriamente en
perseguir al joven afroamericano, pero desecho rápidamente la idea. Hacía poco
tiempo que había tenido un espantoso encuentro en el que acabó con una puñalada
superficial en el estómago y sin el dinero de su cartera. Desde aquel incidente,
Trevor había decidido dejar en paz a aquellos peligrosos pandilleros que
poblaban los callejones de la ciudad.
Los ojos de la joven se posaron en
Trevor, y su corazón se aceleró violentamente. En su oscura mente el cazador se
impacientaba.
Trevor decidió mantenerse ocupado
para tratar de no tener que abalanzarse sobre aquella joven en aquel momento.
Con un pañuelo de papel comenzó a limpiar sus gruesas gafas. Después, consultó
la hora en su flamante Rolex de plata. Continuó realizando más patéticas actividades
hasta que la chica bajó del metro. Trevor también abandonó el vehículo, dejando
al dormido afroamericano en su interior.
No sabía lo que le ocurría. Nunca
antes le había pasado esto. Nunca cometía dos asesinatos en una misma noche. Se
arriesgaba mucho siguiendo a aquella joven por esas tenebrosas calles.
Trevor mantenía un cauteloso
espacio entre su presa y él. Pero no era suficiente. El asesino no conocía las
calles que transitaba, desconocía la parada donde había bajado… De repente,
comenzó a preguntarse si había sido una buena idea seguir a aquella joven. Pero
ya no había vuelta atrás. El cazador exigía una presa, ¡y la exigía ya!
De repente la joven Blancanieves
giró a la izquierda, adentrándose en un oscuro callejón.
“Perfecto”. Trevor agradeció
aquella misteriosa ayuda e introdujo su mano enguantada en el interior de su
maletín. Rebuscó con la cubierta mano su contenido, hasta que encontró el mango
de su querido cuchillo. Lo sacó cuidadosamente de su ataúd de cuero y lo
observó atentamente con admiración a la luz de la luna llena. Aquella hoja
volvería a probar la sangre.
Trevor debía tener cuidado. Tenía
que ser silencios y letal. No debía dejar que Blancanieves lo descubriera con
un cuchillo en su mano. Debía reprimir sus instintos homicidas. Pronto podría
hundir su arma en el cuello de la joven y se saciaría lamiendo su sangre.
Después, escondería su cadáver, se marcharía de aquel callejón y esperaría
pacientemente un tiempo para volver a cazar.
Trevor esperaba que la muerte de
Blancanieves calmara al cazador y lo convenciera para que descansara durante
unos días.
El cuchillo temblaba en la mano de
Trevor. No podía esperar más. ¡Blancanieves debía morir ahora!
El asesino aceleró el paso sin
importarle delatar su posición. Ya no le importaba.
El cazador se disponía a
abalanzarse sobre la joven, con el mortífero cuchillo en alto. Pero ella se
había parado en seco, como si la joven se hubiera petrificado. Continuó en
aquella posición, como si el mismo tiempo hubiera detenido su eterno avance.
Trevor no sabía que hacer, el
también estaba parado en aquel perdido callejón con un cuchillo en una mano y
un maletín en la otra.
Blancanieves continuaba quieta,
como si estuviera esperando pacientemente un autobús fantasmal. O como si lo
que estuviera esperando, fuera su muerte a manos de Trevor.
Tenía que hacer algo. En cualquier
momento la joven se daría la vuelta y se encontraría con la visión de un
ejecutivo cuarentón asesino. ¿Quién sabría lo que ocurriría entonces?
La mente de Trevor volvió a funcionar,
y el cazador volvió a tomar el control del cuerpo del hombre. El cerebro
procesó fugazmente un mensaje que envió con velocidad sónica a la mano derecha
de Trevor. El cuchillo rajó el aire que le separaba de su presa. Su objetivo ya
estaba a pocos centímetros. Pronto, la sangre volvería a derramarse a los pies
del cazador. Pero de pronto, Trevor ya no sentía el arma en su mano. El cazador
observaba horrorizado el rostro de la chica, quien se había dado lentamente la
vuelta.
La sangre que circulaba por sus
venas se congeló al instante al verle el rostro a la desmejorada Blancanieves.
Su cara había sufrido una
monstruosa transformación. Aquellos ojos azules se habían vuelto del negro más
profundo y sórdido que el asesino había visto jamás. Pero lo peor, y lo más
terrorífico eran los mortales instrumentos que contenía su boca. Una boca
repleta de dientes blancos y afilados como cuchillas. Unos dientes
extremadamente punzantes que se dirigían indomables hacía Trevor.
De repente, la bella Blancanieves
se había convertido en la monstruosa Bestia de los cuentos infantiles.
Por primera vez en su vida Trevor
sintió el miedo apoderándose de él. El cazador se había convertido de repente
en la patética presa.
El último pensamiento que procesó
su cerebro antes de que Blancanieves se le echase violentamente al cuello. Fue
que había descubierto al fin a uno de ellos. A un No Muerto. A un ser de las
sombras. A un…vampiro.
Con ese pensamiento en mente,
Trevor abandonó el mundo de los vivos con una sonrisa en los labios.
Elissa terminó de alimentarse de la
sangre de aquel patético hombrecillo. Su dentadura se alejó del blanquecino
cuello del hombre. Y, poco a poco, volvió a recuperar el aspecto dócil y bello
de antes. Sus mortales piezas bucales se ocultaron en las encías dejando ver
una dentadura de aspecto humano. Sus facciones se volvieron a tersar, y sus
ojos recuperaron el color azul que tanto gustaba a los hombres.
Sacó de su bolso un precioso
pañuelo de seda y comenzó a limpiarse la boca con recato, como si estuviera en
un elitista restaurante de cinco estrellas. Cuando acabó de limpiarse, Elissa
ocultó el helado cuerpo del hombre en un contenedor de basura. Como había
estado haciendo durante los últimos años.
Un objeto brilló intensamente en el
suelo, y la bella vampira se agachó para recogerlo. Era un cuchillo que debía
de pertenecer al cadáver. Elissa esbozó una siniestra sonrisa. Por lo visto
aquel patético hombre pretendía matarla. A ella. A una vampiresa. Al depredador
más peligroso que albergaba el planeta Tierra.
Elissa sabía desde el principio que
la estaba persiguiendo, pero nunca imaginó que aquel patético oficinista
pretendiera atacarla, y mucho menos asesinarla. Daba igual. Lo importante es
que se había alimentado. La sed ya no la reclamaría hasta dentro de unos días.
La centenaria vampiresa abandonó el
oscuro callejón en el que descansaba el seco y sonriente cuerpo de Trevor
Mulder. El cazador cazado.
Como
acabáis de ver amigos y amigas, hasta el más experimentado de los cazadores
puede convertirse en cualquier momento en la asustada presa.
Trevor
siempre quiso conocer a un vampiro. Y finalmente lo consiguió. Aunque, ese
encuentro lo dejó con la garganta algo “seca” de la emoción.
Espero
que hayáis disfrutado con la historia de Trevor Mulder. El desafortunado
cazador cazado. ¡Hasta la próxima queridos cripteros!
@KillRubn
@KillRubn
La bestia tras la piel
Los
gruñidos se escuchan cada vez más lejos. Parece que lo que quiera que te esté
persiguiendo, ha desistido en continuar en tu búsqueda. Aunque no por eso dejas
de caminar. Puede que en cualquier momento decida volver a por ti.
Vagas
sin rumbo por el espectral bosque. Esperando encontrar una salida con la que
poder escapar de este infierno.
La
luna llena reina solitaria en ese siniestro cielo negro sin estrellas. Fue en
el momento en el que se alzó la luna llena cuando, tu y tus amigos comenzasteis
a escuchar esos aullidos lejanos a los que no disteis ninguna importancia. A
ninguno de vosotros os importó que en ese bosque apareciesen descuartizados
varios excursionistas. Es más, eso es encantó. Ya que las chicas que llevasteis
a vuestra acampada, se mostraron más “accesibles” cuando les metisteis el miedo
en el cuerpo a base de truculentas leyendas urbanas y escalofriantes historias,
que las echaron literalmente a vuestros brazos.
Pero,
las pisadas se hicieron más fuertes, y los gruñidos podían escucharse
nítidamente en el silencio de la noche. Y de repente, todo eran gritos de
auxilio y aullidos estremecedores. Sangre y lágrimas.
Tú
fuiste listo, y escapaste de esa carnicería a tiempo. Mientras tus compañeros
trataban de herir inútilmente a esa criatura.
Eso
había ocurrido aproximadamente hacía diez minutos. Durante todo ese tiempo, te
vistes obligado a correr por tu vida. Mientras tus amigos chillaban de dolor al
ser destrozados por las fauces de aquella misteriosa bestia.
Unos
muros de fría piedra y una verja de metal oxidado se materializaron delante de
ti.
“Cementerio”
te repites aquella palabra tres veces al leerla en la vieja verja.
Nunca
has escuchado que en el interior del bosque, existiese un cementerio. Claro
que, nunca te hablaron de aquella bestia que habitaba en el, así que ¿Quién
sabe cuantos secretos guarda este aterrador lugar?
Te
resistes a cruzar el umbral del cementerio. Nunca te han gustado esos lugares y
siempre los has evitado en la medida de lo posible. Pero aquellos aterradores
aullidos te obligan a tomar una respuesta inmediata. Y como no te ves en
condiciones de enfrentarte a aquel monstruo desarmado. Te atreves a enfrentarte
a tus miedos y a entrar a ocultarte en aquel fúnebre lugar.
Es
un cementerio abandonado de eso no te quepa ninguna duda. Lo constatas al
reparar en todas las malas hierbas que crecen por todos lados, y en el mal
estado de las lápidas.
Te
fijas en un detalle insólito al posar la mirada en esos monumentos funerarios.
Y es que, en ninguno de ellos figura el nombre del fallecido, ni la fecha de
defunción, ni nada que indique la identidad de quienes reposan eternamente en
aquellas anónimas tumbas.
Detienes
tu camino, cuando te encuentras delante de un mausoleo con las puertas de metal
abiertas de par en par. Como si, los que allí estuviesen enterrados, esperasen
la visita de unos familiares que llorasen su pérdida y que nunca llegan.
No
te quedan más opciones que la de refugiarte en aquella edificación funeraria y
esperar a que el día reinase.
Cuando
cierras las puertas de metal te envuelve la más densa de las oscuridades. Es
entonces cuando te acuerdas de que en el bolsillo derecho de tus pantalones.
Guardas un mechero que enciendes al momento. La pequeña llama ilumina tu
rostro, y revela miles de motas de polvo que llenan el interior del mausoleo.
En ese momento, agradeces no ser asmático, ya que estarías en un serio
problema.
Te
atreves a adentrarte en ese tenebroso lugar, esperando encontrarte las tumbas
de toda una familia. Pero la construcción parece vacía. A excepción de unas
escaleras situadas en el centro del mausoleo que descienden hacía las entrañas
del cementerio.
Piensas
en la posibilidad de salir de aquel lugar cuando, de las profundidades del
mausoleo, una voz espectral te reclama por tu nombre.
Lo
lógico sería escapar de allí, pero la voz parece tener un efecto hipnótico en
ti. Ya que, en ese momento te descubres bajando las escaleras e introduciéndote
en las entrañas de lo desconocido.
Llegas
sano y salvo a lo que parecen ser una red de túneles subterráneos. El repentino
correteo de una traviesa rata hace que te pongas en camino. Sin saber bien a
donde te diriges.
La
voz vuelve a reclamarte, y te lleva por lugares en los que las telas de araña
te obligan a apartarte, para no tener esa asquerosa sustancia recubriendo todo
tu cuerpo.
Por
fin llegas al lugar del que procede la voz. Una puerta de acero hundida en la
roca, que se abre automáticamente. Con un desagradable chirrido de sus oxidados
goznes.
El
mechero se queda de repente sin combustible y se apaga. Pero no importa, ya que
el lugar en el que entras, esta iluminado con miles de velas.
Es
una cripta. Lo sabes en el momento en el que reparas en el ataúd de piedra
situado en el centro de ella.
Entras
en ese siniestro lugar recorriéndolo con la mirada. Era un lugar poco acogedor.
Había estanterías llenas de libros polvorientos, decenas de aparatos de tortura
propios de la Inquisición.
Esqueletos y calaveras de todos los tamaños y formas y muchas
más cosas que te producen un escalofrío que recorre tu espalda como una
serpiente sinuosa.
El
ataúd de piedra se abre. Y de su interior, sale un ser que te recuerda, a un
famoso personaje, de una vieja serie de televisión de los noventa.
Su
piel es acartonada. Unos cuantos mechones de pelo plateado coronan su calva. Su
boca repleta de podridos dientes parece estar marcada por una eterna sonrisa. Y
sus ojos faltos de parpados, te observan inquisitivamente.
-Bienvenido
a mi cripta inesperado visitante.-te saluda el animado cadáver, mientras
abandona su féretro y se alisa sus antiguos ropajes.-Veo que has decidido
aceptar mi invitación, y has venido a visitarme en esta fría noche. Debes de
estar cansado. Por lo visto has estado escapando de alguien, o “algo”. Pero no
temas, a este lugar no se atreven a entrar ni los vivos…ni los muertos. Aunque
tú, eres la excepción querido amigo. ¿Qué quien demonios soy yo, me preguntas?
Pues un aburrido cadáver con muuuucho tiempo libre. ¿Que cual es mi nombre? Es
difícil de responder, ya que hace tanto tiempo que no uso mi nombre mortal, que
se ha acabado perdido. Pero puedes usar el nombre por el que se me conoce en
todo el cementerio. Llámame Señor de la cripta.
Cada
vez que visites este infecto lugar, te irás con la mejor sensación de todas: el
Terror. Y eso lo conseguiré de una forma u otra. Puede que os deleite con mis
tenebrosos relatos, o que os cuente algo sobre algún asesino o ser de
ultratumba. O quizás os recomiende un buen libro o una fantástica película que
podáis disfrutar, en la “seguridad” de vuestros hogares.
Como
es el primer día, he querido empezar nuestro aterrador viaje, con un relato de
mi macabra colección. En el, te encontrarás con mi propia versión de La Bella y la Bestia. Pero, no esperéis
encontrar una historia de amor. No. En esta historia, la bestia es eso. Un
monstruo sediento de sangre. Y la
Bella, pues una inocente muchacha, que tendrá que evitar caer
en sus afiladas garras. Así que, prepárate para afrentarte a…
La bestia tras la piel
Los continuos gritos de auxilio que
la joven emitía, resonaron por los largos pasillos de aquella abandonada
fábrica a las afueras de Madrid.
Nadie podía escucharla, pero ella
continúo implorando una milagrosa ayuda que nunca llegaría.
Llevaba un buen rato escapando de
“él” por aquellos laberínticos pasillos, y sus maltratados pies le exigían un
buen descanso.
La chica decidió parar cuando un
traicionero y puntiagudo cristal que descansaba en el suelo, le perforó
dolorosamente la desnuda planta de su pie derecho. Ahogó un gemido dolor y
buscó refugio detrás de una torre de enormes cajas de madera, que en su día
debieron contener algo de valor.
Los ojos de la chica se
embadurnaron de lágrimas. Aquello no podía ser cierto, lo que había visto era
producto de su imaginación, aquella cosa no podía existir. La joven se repitió
aquellas palabras una y otra vez, mientras se sacaba lenta y dolorosamente, el
afilado cristal que se había alojado en su pie. Frustrada, la joven arrojó el
sanguinolento fragmento, lo más lejos que pudo de ella.
Se había perdido. Se había internado
por aquel ruinoso edificio a ciegas y en la más completa oscuridad. Tenía que
buscar la salida. Debía escapar de aquella fábrica infernal y de aquel horrible
ser que se escondía en ella. Quería volver a la seguridad de su casa, quería
abrazar a sus padres y a su insoportable hermano pequeño. Dormir en su mullida
cama, asistir a las horribles clases de su instituto. Quedar con sus amigas,
enamorarse… Quería vivir.
Se tiró violentamente de los pelos.
Maldijo la hora en la que había desobedecido el castigo impuesto por sus padres
y había abandonado el domicilio familiar
para ir a la discoteca con sus alocadas amigas. Se lo había pasado bien, había
bailado, bebido y flirteando con todos los jovencitos que se cruzaban en su
camino. Pero cuando salieron del marchoso edificio a las tantas de la mañana la
joven estaba sola. Sus amigas se habían juntado con un par de esculturales
jóvenes y las dos los estaban comiendo a besos y lascivas caricias. Por su
parte, ella no había logrado cazar a nadie que mereciese la pena. Aunque no le
importó, ella no quería ganarse la fama de facilonas que ellas tenían grabado a
fuego en sus provocativos escotes. Así que se despidió de aquel par de hormonas
ambulantes y emprendió el camino de vuelta a su casa. Donde seguramente la
estarían esperándola una furiosa pareja de progenitores armados con un poderoso
castigo. De repente, no le hizo tanta gracia la idea de volver a casa. Pero,
¿Qué más podía hacer?
La chica cruzó las oscuras calles
tranquilamente. A veces, algún cuarentón borracho con ganas de juerga la
abordaba con asquerosos piropos que hacían reír a pleno pulmón a sus estúpidos
compañeros. En esos casos, la chica los ignoraba completamente. Por suerte,
ella tenía en sus orejas los auriculares de su iPod, y no tenía que escuchar la
mayoría de las barbaridades que decían aquellos indeseables.
El efecto del alcohol en aquellos
hombres era brutal. Muchos tenían pinta de ser serios empresarios de día, pero
por la noche se convertían en babosos hombrecillos con ganas de juerga.
La chica llevaba unos diez minutos
caminando por las calles de su querida Madrid. Y sólo le quedaban unos pocos
minutos para llegar a la seguridad de su casa cuando lo notó.
Al principio sólo fue un pequeño
soplo de aire frío. Pero de pronto, aquel gélido aire le recorrió lentamente su
espalda. Como si de una suave caricia de amante se tratara.
Aterrada, la joven se dio
completamente la vuelta esperando encontrarse con un violador, o un asesino
dispuesto a acabar con su joven vida. Pero ninguno de aquellos monstruos la
estaba esperando.
La calle estaba desierta. Los
coches no cruzaban la carretera, los juerguistas ya no caminaban por las
calles. Parecía que todo el mundo hubiese desaparecido, y que ella se había
convertido en la única persona viva en la faz de la tierra.
Apagó su iPod y lo guardó
lentamente en su carísimo bolso. Sin la música, el mundo perdió por completo su
sonido.
Todo estaba en sepulcral silencio.
No se lo podía creer, ¿acaso se
había vuelto sorda?, ¿No volvería a escuchar nada?, ¿Habría estado escuchando
su música a tanto volumen como para que sus tímpanos hubieran reventado?
Decidió dirigirse a su casa sin más
demora. Allí, su padre podría ayudarla, era un eminente médico. Pero alguien la
estaba esperando en su camino.
La chica no distinguió bien lo que
era. Lo único que pudo ver antes de que un oscuro manto le ocultase su campo de
visión fueron unos aterradores ojos amarillos e inhumanos.
Cuando los ojos desaparecieron,
todo se volvió oscuro.
No supo cuanto tiempo llevaba
envuelta en sombras en aquel extraño estado de semiinconsciencia. Pero, cuando
despertó sintió sus extremidades terriblemente adormecidas.
Sus ojos tardaron un poco en
acostumbrarse a la penumbra del lugar. Poco a poco distinguió los objetos que
la rodeaban. En una enorme y polvorienta mesa había desparramado cientos de
amarillentos folios, y otros sucios objetos, cinco sillas con las patas rotas,
y el apolillado colchón donde estaba recostada.
La chica se levantó algo mareada,
pero logró sobreponerse. Trató de encontrar su bolso, pero, como había
esperado, quién la hubiera secuestrado lo habría puesto a buen recaudo.
De repente, un terrible hedor atacó
sus fosas nasales. Mientras se tapaba la nariz con una mano, la otra buscaba
con desesperación el pomo de la puerta que tenía delante.
Ojala no la hubiera abierto.
Miles de velas desperdigadas por
todas partes iluminaban completamente la siniestra escena. Decenas de cuerpos
colgaban de oxidados ganchos en el techo, balanceándose en una continua danza
macabra. Eran hombres y mujeres de todas las edades, razas, y… hasta niños.
Todos en diferente estado de descomposición y desprovistos de diferentes partes
de su cuerpo. Algunos no eran más que esqueléticas figuras con carne negra
pegada.
Un monstruoso gruñido rebotó en la
ruinosa estancia, pero ella no lo escuchó. Se dirigió con paso trémulo al
centro de aquella infernal cámara de los horrores. Donde, en un improvisado
altar de piedra, reposaban varios pedazos, de lo que en su día debió de ser un
precioso bebé. Ahora, no era más que un triste amasijo de sangre y vísceras
sanguinolentas.
Aquello era demasiado, la joven no
pudo evitarlo y vomitó todo el contenido de su estómago.
No podía creer lo que sus ojos
estaban viendo, aquello era una verdadera carnicería. Era un perturbador
paisaje que sólo una mente enferma podría concebir en el interior de un
amurallado manicomio. Cuerpos mutilados, sangre por todas partes y pilas de
huesos podridos desperdigados por el suelo. La joven sabía que aquella negra estampa le acompañaría todas
las noches de su vida. Ya nunca podría dormir tranquila.
Otro gruñido la alertó, pero ya era
demasiado tarde. Y fue entonces cuando él apareció.
Aquel ser parecía arrancado de una
de sus peores pesadillas. Su oscura piel escamosa relucía de manera siniestra a
la tenue luz de las velas. Sus garras, sujetaban lo que parecían restos
carnales del infante, y todavía le colgaban tiras de flácida piel en su boca
repleta de mortales incisivos.
El monstruo se erguía majestuoso
sobre sus robustos cuartos traseros, mirándola fijamente a los ojos. Con
aquellos ojos amarillos e inhumanos que parecían decirle: “Tú serás la
siguiente”.
Escapó en el acto, no permitió que
aquella cosa se le echara encima. Pero el ser no la comenzó a perseguir hasta
que ella hubo abandonado su oscuro santuario.
Y allí estaba, refugiándose
indefensa tras una pila de cajas mientras esperaba la llegada de aquel ser
infernal.
Se preguntó por qué, aquel ser la
había dejado escapar. Estaba claro que podría haberla aprisionado en cualquier
momento. Pero el había esperado pacientemente a que ella se alejara lo más
posible de el.
“¡Esta jugando conmigo!” pensó para
sí la joven. “Como el gato que juega con el ratón antes de zampárselo.”
Si, sin duda era la respuesta más
lógica. Aquel monstruo quería divertirse un rato con ella. Perseguirla por sus
dominios y en el momento más oportuno…cazarla sin compasión como el vil
depredador que era. Así, la joven se convertiría en un cuerpo más de los
cientos que reposaban en su guarida. ¡Pues no lo permitiría!, no se dejaría
vencer tan fácilmente.
Decidió ponerse en movimiento. Ya
se encontraba mejor, había recuperado fuerzas, y la herida en su pie le dolía
menos. Se aseguró de que aquel ser no merodeara por la zona, y al rato ya había
dejado atrás su precario escondrijo.
Caminaba muy despacio, ya que no
podía apoyar del todo la planta de su pie derecho en el suelo. Pero, tras unos
metros de agudos e insoportables dolores, la joven logró llegar a una astillada
puerta entreabierta. Pensó en entrar, pero la simple idea de encontrarse con
otra terrorífica escena como la que había visto antes la aterrorizó. ¿Quién
sabía cuantas más macabras sorpresas la esperaban tras aquella puerta? Pero el
característico gruñido de la criatura que la perseguía la ayudo a tomar la
decisión. Entró atropelladamente en la oscura estancia, mientras cerraba con
cuidado la maltratada puerta tras de sí. Se sentó en el frío suelo y rezó a
cualquiera deidad que la pudiera ayudar en ese momento.
Guardo silencio cuando escuchó los
pasos del engendro cerca de ella. El tiempo transcurrió mas lento de lo
habitual por cada paso que daba el ser. Cada segundo que pasaba le acercaba más
a la endeble puerta tras la que se cobijaba la indefensa joven. Esta, sintió el
corazón en un puño cuando los pies del negro ser pararon delante de la puerta.
Aguantó la respiración y rezó en silencio para que aquel infernal ser
desapareciera del mundo. Sus oraciones parecieron ser escuchadas. Ya que,
después de que lanzara un gruñido, de lo que parecía frustración, el ser volvió
sobre sus pasos.
La chica se mantuvo quieta, hasta
que las zancadas del monstruo fueron inaudibles. Entonces lloró
desconsoladamente. Quería escapar de aquella pesadilla, ya no aguantaba más.
Su mano rozó, de repente, un objeto
frío y metálico que agarró esperanzada. Tuvo que concentrar mucho la vista para
poder distinguir lo que era. Un mechero zippo de plata, con una preciosa águila
real con las alas desplegadas grabado en el centro.
Volvió a rezar para que aún le
quedase algo de combustible a aquella pequeña joya. Una sonrisa de satisfacción
le iluminó el rostro, cuando una pequeña, pero poderosa y cálida llama, iluminó
la fría habitación. Con paso firme, la joven comenzó a buscar decidida una
salida con la que poder escapar de aquella terrible pesadilla. Pero lo que
encontró fue otra cosa más perturbadora.
La chica se dirigió lentamente
hacía la pared que tenía en frente suya, la cual, estaba completamente
empapelada. La adolescente acercó con cuidado la poderosa llama del mechero,
que iluminó de pronto decenas de fotografías. Hombres, adolescentes,
niños…todas las fotografías mostraban a personas siempre sonrientes. La joven
reparó de repente en una palabra que poseían todos aquellos rostros:
Desaparecido.
“Miguel Costas Lama de 6 años de edad
desapareció el pasado sábado 13 de mayo en los alrededores del parque del
Retiro de Madrid, si alguien lo encuentra o conoce su paradero póngase
inmediatamente en contacto con su familia…” La chica volvió a leer atentamente
el papel, conocía aquel nombre. ¡Claro que lo conocía! Lo había oído cientos de
veces en todos los telediarios. Era aquel niño que raptaron hacía ya un mes. De
repente, a la mente de la joven le asaltaron las imágenes de todos aquellos
cuerpos putrefactos ¿Estaría el inocente Miguel entre ellos?, ¿Fue aquel ser
quién lo arrancó de las protectoras manos de su madre aquel aciago día?
Sofía Fernández de 23 años, Rafael
Alonso de 34, Ricardo Escalada de 14 años… también habían desaparecido este
año. Pero la muchacha siguió leyendo más carteles. Agustín Gómez desaparecido
el 24 de diciembre de 1991, Lucía López desaparecida el 10 de agosto de 1984… y
así hasta el último cartel, que databa en febrero del 74.
Todas aquellas personas habían sido
capturadas por él. Y todas habían sido buscadas sin éxito y olvidadas para
siempre en aquella endiablada fábrica. Se preguntó cuanto tiempo tardaría su
foto en ocupar un lugar en aquella siniestra pared de los olvidados.
“Blanca Lahera Forteza desaparecida
el 20 de abril de 2012 en alguna discoteca del centro de Madrid, si alguien la
encuentra, o conoce su paradero, póngase en contacto con su familia…” Y encima
de aquel texto aparecería su sonriente foto, único testigo de su paso por este
mundo.
Blanca estaba indecisa, no sabía
que hacer. Todo parecía perdido, aquel ser la encontraría tarde o temprano,
¿qué más daba lo que hiciese?
La joven se apartó de aquella
fúnebre pared y se increpó a si misma su pesimismo. Saldría de allí viva, y
alertaría a las autoridades del peligro que contenía aquella abandonad fábrica.
Dirigió el mechero a su derecha y continúo su camino, pero frenó en seco al
encontrarse una pila de objetos a sus pies. Predominaban las carteras y la
deshilachada y ensangrentada ropa. Pero había muchas más cosas: bolsos,
mochilas, navajas, relojes y decenas de móviles. Sin duda aquellas pertenencias
eran los trofeos que aquel monstruo se agenciaba de los inertes cuerpos sus
victimas. Además de todos los carteles de desaparecido que aquel ser debía de
llevarse de las calles de Madrid. Entonces Blanca se preguntó que era aquel ser
¿acaso era un demonio salido de las entrañas del infierno?, ¿un experimento
fallido de algún malvado y vil laboratorio?...
¿¡Qué diablos podía ser aquella criatura que raptaba personas para
después devorarlas cual bestia salvaje!?
Blanca decidió buscar algún móvil
en condiciones con el que poder hacer una mísera llamada. Pero pronto desistió
en su empresa ya que, o tenían la pantalla rota, o se habían quedado sin
batería. Frustrada, comenzó a arrojar los teléfonos inalámbricos por toda la
estancia, sin preocuparse por el estruendo que producían al destrozarse contra
el duro suelo. De repente, y sin darse cuenta, Blanca sacó un pesado objeto de
aquella inestable pila. Acercó la luz del zippo para iluminarlo, pero la chica ya
sabía lo que era.
Una pistola.
De pronto, el arma se volvió más
pesada en la insignificante mano de Blanca. Nunca en su vida había tocado un
arma de fuego. Pero sólo su tacto, ya la hacía sentir más segura. Si aquel
monstruo aparecía, Blanca lo estaría esperando para convertirlo en un colador…
¿¡Pero en qué estaba pensando!? Ella no había visto una pistola más que en
películas y series de televisión. No sabía disparar, y mucho menos si
funcionaba, o si aún le quedaban balas. ¿Qué podía hacer? ¿¡Qué demonios iba a
hacer!?
Comenzó a caminar en círculos
intentando calmarse. La pistola le pesaba más y más, y un espantoso frío la
estaba congelando rápidamente. Su pie herido pisó algo blando, y chilló
horrorizada. Sin poder evitarlo, la chica apuntó con la pistola al suelo. Donde
un destrozado bebé de plástico le sonrío con una siniestra sonrisa. Más
tranquila, y con el corazón latiendo a velocidad normal, Blanca recogió el
maltratado juguete del suelo. Le faltaba el brazo derecho, y su coqueto
vestidito estaba algo roto. Pero aún se podía leer algo en él, un nombre
escrito en rotulador rosa permanente: Clara.
Las lágrimas volvieron a aflorar en
los ojos de Blanca. Volvió a llorar. Por ella, por Clara, y por todo aquel que
había perecido en aquel maldito lugar. Cuando se quedó sin lágrimas que
derramar, la chica volvió a posar el triste juguete en el suelo, donde
esperaría eternamente a una dueña que nunca vendría.
Agarrando con una mano la
empuñadura de la pistola y con otra el mechero, Blanca se dirigió con paso
firme a la salida de aquella particular sala de trofeos. Estaba preparada y
decidida a acabar con aquella vil criatura aunque supusiera su fatídica muerte.
Lucharía en nombre de todas aquellas victimas anónimas, mataría a aquella
sabandija asquerosa. Acabaría con aquel monstruoso error de la naturaleza para
siempre.
El pasillo pronto se llenó de
aquellos guturales gruñidos que anticipaban la llegada de la bestia. Blanca
levantó con mucho esfuerzo el arma apuntando al frente. No tuvo que esperar
mucho tiempo para poder vislumbrarlo. Aquellos bestiales ojos la miraron con
superioridad, y aquella boca mostró con regocijo su temible dentadura. Por su
parte, Blanca le devolvió la dura mirada, y profiriendo un poderos grito apretó
el duro gatillo al mismo tiempo que la bestia se abalanzaba sobre ella. En el
último momento, la joven se despidió de todos sus seres queridos preparándose
para lo peor.
El disparo resonó por todos los
escondrijos de aquella monstruosa fábrica. Pero nadie escuchó el aullido de
victoria del ganador.
Abrió los ojos con mucho esfuerzo.
Había tenido una noche movidita. Recordaba haber raptado a una chica de castaña
cabellera de aquellas frías calles. Su olor lo había atraído hacía ella, fue
sencillo, lo único que tuvo que hacer fue hipnotizarla y llevarla a su guarida,
como había hecho cientos de veces. Decidió jugar un rato con ella, ya que en
casa le esperaba un delicioso y tierno tentempié con el que saciar su hambre
durante unas horas.
La joven confusa y desorientada
había escapado al verle. Todos lo hacían. En cuanto contemplaban su aterrador
aspecto y su abundante despensa, en lo único que pensaban era en escapar. Pero
era imposible. Aquella fábrica se había convertido, a lo largo de los años en
su hogar. Conocía de memoria todos lo escondites posibles en los que se podía
cobijar una aterrada presa.
Pero fue entonces cuando todo se
torció. Aquella mocosa había encontrado su sala de trofeos. El sabía que ella
se cobijaba allí, el olor de su sangre lo atraía como una abeja hacía la miel.
Y su miedo se podía palpar detrás de aquella endeble puerta. Sin embargo la
dejó con vida un rato más. Dejaría que la joven se arrancara las uñas con saña
de pura desesperación. La idea le encantaba. Pero de pronto, la chica apareció
ante él con una pistola en la mano. El monstruo no se preguntó de donde
demonios la había sacado. Supuso que, entre toda aquella montaña de objetos
sustraídos a sus victimas, tenía que haber a la fuerza un arma. ¿Sería de aquel
pandillero dominicano que le había sentado tan mal? ¿O acaso perteneció a aquel
policía local que había puesto en peligro su hogar?
La joven había disparado el arma. Y
la bala atravesó la gruesa piel de la criatura adentrándose dolorosamente en su
hombro derecho. Pero la bestia ignoró el dolor, y armado con sus zarpas,
destrozó con saña el esbelto cuerpo de la chica.
Le había arrancado el corazón aun
latente del pecho. Lo había estrujado, produciendo una lluvia de sangre que
cubrió su oscura piel. Y, después de darle un violento mordisco al carnoso
órgano. La bestia había lanzado un poderoso aullido de victoria que resonó por
todos sus dominios. Aquella noche había vuelto a matar, había vuelto a
alimentarse, había vuelto a ser la bestia.
Se levantó algo mareado del sucio
camastro, donde había descansado durante unas pocas horas. Y se dirigió con
paso trémulo hacía el agrietado espejo que descansaba en la pared de su
izquierda.
La luz de la mañana atravesó la
mugrienta ventana del techo y permitió al ser, verse reflejado.
Su aspecto era completamente
diferente. Por las mañanas, el ser se despertaba con el aspecto de la persona
de la que se había alimentado. Había poseído el aspecto de cien personas de
diferente índole: el de una desdichada ama de casa, el de una atractiva
prostituta, el de un ejecutivo sin escrúpulo…Aunque aquella habilidad no
funcionaba con niños ni bebés. Al ser le daba igual, incluso lo agradecía.
Sería muy extraño y grotesco ver a un bebé cubierto de sangre y vísceras,
gateando entre decenas de destrozados cadáveres.
Blanca Lahera Forteza sonrió
grotescamente al agrietado espejo. Su cara tenía sangre seca pegada, y en sus
desnudos pechos y vientre, descansaban los últimos pedazos de la verdadera
Blanca.
El oscuro ser posó su mirada en el
hombro, donde la herida de bala había desaparecido completamente. Siempre
ocurría lo mismo. Por muy profunda que fuese la herida, si el monstruo se
alimentaba, esta se curaba milagrosamente.
La criatura decidió asearse un poco
con el agua que recogía en un cubo en las noches de lluvia. Dejó que aquel
helado líquido le recorriera su desnudo cuerpo, despegando cualquier trozo de
víscera que aun se mantuviese pegado en su tersa piel.
Cuando acabó de lavarse por
completo, la criatura abandonó su precaria habitación y se dirigió hacía su
sala de trofeos. Cruzó la despensa, deleitándose con el olor de la carne en
putrefacción. Y con aquel maravilloso olor refugiado en sus fosas nasales, la
bestia continuo su camino.
De pronto, la criatura se encontró
el destrozado cuerpo de Blanca tirado de cualquier manera en medio de aquel
lúgubre pasillo. Detuvo su marcha y la observó detenidamente. Su caja torácica
estaba reventada, y su interior no contenía nada. El corazón, los pulmones, el
estómago... El monstruo se había alimentado de la joven sin compasión.
Los ojos muertos de la muchacha le
observaron funestamente. Pero la criatura los ignoró. Siguió caminando y
pensando para sí mismo que debía colgar el cadáver en su despensa con los demás
en cuanto volviera.
Abrió la puerta de la sala de los
trofeos y la cruzó hasta llegar a la montaña de pertenencias. Donde estuvo
rebuscando durante veinte minutos hasta encontrar lo que buscaba: ropa limpia.
Una holgada falda, unas botas, una
camisa y una cálida cazadora. El ser se vistió con aquellas impolutas prendas.
Y cuando vestido decentemente, se preparó para salir a la ciudad.
Tenía trabajo que hacer.
La falsa Blanca estaba sentada en
uno de los bancos del sosegado parque del Retiro de Madrid. Contemplando con
fascinación la magnífica estatua del Ángel Caído.
Observando detenidamente la trágica
expresión de su rostro y su figura, que se retuerce mientras una funesta
serpiente se enrosca en su cuerpo. Obligándole a abandonar el reino de los
cielos y precipitándole hacía las profundidades del infierno.
Llevaba una hora sentado delante de
la escultura. Preguntándose el porqué en la expresión del Príncipe de las
Tinieblas.
Le encantaba aquella estatua. Se
podía pasar horas enteras delante de ella. Se sentía igual que Lucifer. Era un
incomprendido. Habían sido expulsados del Paraíso.
Lucifer había desafiado a Dios.
Pero él no le había hecho nada a nadie. Él ya había nacido así, su bestial
naturaleza había nacido con él, en aquella abandonada fábrica de las afueras de
Madrid.
¿Qué era? ¿un mutante?, ¿un demonio
como el que dormitaba eternamente en ese parque? Nunca obtenía la respuesta a
aquella pregunta. Solo sabía que por las noches se convertía en un aterrador
monstruo, y que por las mañanas se levantaba transformado en alguien que no era
él. Aunque no podía negar su naturaleza, sabía muy bien que debajo de aquella
falsa piel, dormitaba una bestia terrible e insaciable.
Siempre había sido así, desde que
despertó ya convertido en la bestia aquella fría noche del 74. Desde entonces
su única preocupación en la vida era alimentarse. Y su único pasatiempo, colgar
a sus víctimas por las piernas y dejarlas descomponerse al aire libre.
La gente continuaba con sus
quehaceres tranquilamente. Ignorando que, muy cerca de ellos, un terrible ser
los seleccionaba mentalmente para convertirlos en su próxima comida.
¿Quién podía ser el siguiente? ¿La
deportiva joven que practicaba diariamente footing por orden directa de su
cardiólogo? ¿La acaramelada pareja que expresaba libremente su amor en el verde
césped del parque? ¿O el despreocupado artista que dibujaba al Ángel Caído en
su bloc de dibujo?
Cualquiera podía ser la próxima
víctima, cualquiera podía acabar en el estómago de la bestia. Y tendría que
decidir rápido, ya que estaba a punto de anochecer. Y la bestia pronto
reclamaría salir de su carnal prisión y divertirse con algún pobre diablo.
Su nariz captó el olor de un
posible victima. La criatura se guió por aquel dulce aroma. Caminó por el
parque ya vacío, mientras notaba como la bestia en su interior destrozaba el
falso disfraz. Con la ayuda de sus manos, el monstruo comenzó a arrancarse
tiras de piel, enseñando su verdadero aspecto.
Cuando se deshizo de toda la piel y
la ropa, ya no le quedaba nada que le hiciese parecer humano. Ahora era una
bestia que acechaba cautelosamente a una mujer que hacía el amor con un hombre
escondidos entre frondosos arbustos.
“Perfecto” pensó para sí la vil
criatura. “Cena de dos platos”.
La bestia se abalanzó sobre la
incauta pareja, que yacía ajena a la pesadilla que se les echaba encima. Cuando
unos ojos amarillos y inhumanos los hipnotizaron, y cuando se despertaron
mareados y confusos en la guarida de la bestia. Preparados para encontrarse al
verdadero infierno y al mismísimo Diablo.
FIN
-Parece
ser que en esta historia queda claro ese viejo dicho que dice “si la bestia se
viste de seda, bestia queda” ¿No crees?
Espero
que hayáis disfrutado de esta historia y del esquelético narrador que te la ha
relatado. Y espero volver a verte por aquí. Recuerda, que mi cripta está siempre
abierta a quines quieran disfrutar con el autentico TERROR.
Rubén Giráldez González (búscame en twitter @KillRubn)
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