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domingo, 16 de diciembre de 2012

La vida. Capítulo 2

El Barrio 13 era un lugar de gente humilde que se conformaba con lo que tenía porque así debía ser.
Había otros Barrios más ricos donde las casas estaban separadas por grandes fincas y aseguradas por vigilantes que hacían rondas constantes por las calles.
Yo conocía a una joven que vivía dos calles más abajo. Como sabréis, cada ser humano ha de emparejarse con otro, y yo había decidido hacerlo con Ella. ¿Por qué no? Era una mujer sana, bella y delicada. Ella y sus padres seguían el “Modelo Familiar” lógico y normal. En resumidas cuentas, Ella era un buen partido, por lo que acabamos comprometiéndonos, pues era lo que tocaba a esa edad.
Mi vida era rutinaria y normal. Salía cada mañana, recuerdo que desde muy joven lo hacía, con mis zapatillas de andas por casa a por el periódico, que, como cada día, el repartidor había lanzado a su suerte contra mi puerta. Lo curioso ( o quizá no tanto para mi antigua sociedad) es que cuando abría la puerta que daba a la calle, me asomaba para atisbar el periódico y al localizarlo me acercaba a él, también salía el vecino de en frente, del número 1823. Nos mirábamos y saludándonos con la mano decíamos << Buenos días >>, esbozábamos algo parecido a una sonrisa y volvíamos a nuestras respectivas casas. Por eso, la mañana que salí a por el periódico, le localicé, fui hacia él, levanté la mirada hacia la 1823 y comencé a levantar la mano a modo de saludo, yo supe, al no encontrar otro saludo al otro lado, antes que nadie, que algo malo había pasado.
Aún prometido con Ella, pero todavía no casado, aquel martes me levanté, me desperecé, me calcé mis zapatillas de andar por casa y me dirigí, después de vestirme, a por el periódico.
Habían pasado unos días desde la muerte del vecino y era una mañana tan soleada como lo fueron los días de su muerte y de su funeral.
Bajé las estrechas escaleras tranquilamente, llegué al rellano y lo que ví cuando abrí la puerta hizo que se me olvidara mi principal objetivo.
La casa 1823 había sido adquirida por un nuevo inquilino.
Avancé unos pasos por el camino adoquinado que atravesaba mi pequeño jardín, cuando la que iba a ser mi nueva vecina alzó la mirada hacia mi. Llevaba dos cajas, una sobre la otra, entre los brazos y estaba rodeada por muchas cajas más. A su derecha y en frente de su casa, tenía aparcada una furgoneta con la que supongo estaba haciendo la mudanza.
Al verme pareció que se sobresaltara pero en seguida se recompuso, me sonrió amablemente y me dijo - ¿Vas a venir de una vez a ayudarme o te vas a quedar ahí parado como un panoli todo el día?-
Me quedé tan sorprendido que no supe cómo reaccionar, paralizado, así que asentí y rápidamente fui a ayudarla a descargar más cajas y a introducirlas en su no tan nueva casa. Era la primera vez en mi vida que alguien me hablaba con ese tono ¡y sólo acababa de conocerla! Yo no lo sabía, pero hoy en día, visto con la perspectiva que te ofrece el paso del tiempo, en ese momento decisivo en la historia de mi vida, comencé a sentir lo que más tarde aprendería. Me enamoré.

@PattiSD

domingo, 2 de diciembre de 2012

LA VIDA CAPÍTULO 1

¿Cómo contar la historia de la vida si yo he formado parte de ella durante tan poco tiempo? Si tan siquiera la conozco en su plenitud, sólo un pestañeo de un lugar y de un momento que no dice nada pero que, sin embargo lo dice todo.

Puedo, entonces, contaros la vida que he podido observar y conocer, que a muchos resultará conocida y a otros muchos todo lo contrario.
La vida puede ser azar, pues por pura casualidad en la unión de dos personas nace otra, y es ese individuo y no otro el que nace y comienza a formar parte de un mundo que ahora se convierte en el suyo.
La vida puede estar regida por el azar, pues por pura casualidad en la unión de dos personas nace otra, y es ese individuo y no otro el que nace, y comienza a formar parte de un mundo que ahora se convierte en el suyo.
Es tan extraño ser uno mismo física y mentalmente y no cualquier otra persona…
Es de lógica, entonces, pensar que yo existo porque un día nací. Supongo que hasta ahí estaréis todos de acuerdo conmigo.
El lugar en el que nací es conocido como el Barrio 13, y es en el que he residido durante toda mi vida, como es normal. Si naces en un Barrio, lo lógico es que te quedes ahí. Todo el mundo lo hace y yo no iba a ser el primero en romper con lo establecido.
Desde pequeño mi familia había seguido el “Modelo Lógico de Familia”, por lo menos según las costumbres del Barrio 13, porque es verdad que dependiendo de aquel en el que te encuentres pueden variar algunas costumbres, pero básicamente el “Modelo Familiar” es el mismo en todos.


Mi madre es una mujer trabajadora, ama de casa. Mi padre trabaja en la fábrica de vidrio, la que está entre el Barrio 12 y el mío. Un año hubo un incendio en la fábrica que, a pesar de poder ser contenido con eficacia, ocasionó un grave accidente. En concreto fue a mi vecino el de la izquierda, el pobre desde entonces no pudo usar su diestra.


Nuestras casas están dispuestas en calles paralelas unidas entre sí cada varias manzanas y no se suelen diferenciar en mucho. Algún vecino cambia algo de vez en cuando para hacerla más personal, incluso recuerdo a un vecino que se atrevió a poner un gnomo en el jardín ¡Qué locuras! Diréis. Pues sí. La gente pasaba por delante de su casa sin dar crédito a sus ojos. El gnomo no solo era una novedad en sí, si no que poseía unos colores tan llamativos que hacían destacar su casa entre todas, como un faro en una noche de niebla frente al mar. Esto le ocasionó el vacío de algunos vecinos, porque no entendían qué le había pasado al vecino del gnomo para hacer una cosa así. En los Barrios todo marcha bien, porque todos actuamos igual, no hay otra manera de hacerlo, y ese hombre… ¿Qué pretendía? Bueno, no os podéis ni imaginar el revuelo que levantó el gnomo de jardín, al final el hombre se arrepintió, pidió disculpas a sus vecinos y quitó el gnomo del jardín. Los vecinos volvieron a hablarle como antes y todo volvió a la normalidad. Todavía cuando pasas delante del jardín ves que la hierba donde había estado el gnomo está un poco más seca.
Un mes después de este suceso murió de una parada cardiorrespiratoria el único habitante de la casa 1823, paralela a la mía. El vecino fallecido era uno de los hombres más sanos que yo haya podido conocer. Este hecho y diversos acontecimientos que sucederían más tarde hicieron que me replanteara la teoría de que la vida puede estar dirigida por el azar, para llegar a la conclusión de que podría estar marcada por un destino ya fijado.

jueves, 15 de noviembre de 2012

LA VIDA; PRÓLOGO



Nadie recuerda cómo nació pero sin embargo celebra el día de su nacimiento como si lo hiciera. Gracias a los recuerdos de otras personas que también estuvieron y que sí tienen memoria de ello, se puede llegar a conocer cómo fue aquel acontecimiento y el recuerdo de aquellas palabras que cuentan su historia acaban formando parte de los recuerdos que conforman su vida. Así es como a través del recuerdo de alguien puedes llegar a recordar momentos que de otra forma hubiera sido imposible.

Inspirado por aquello que me devolvió la vida que nunca tuve escribo estas palabras con la esperanza de que puedan haceros el mismo favor que me hicieron a mí.

Ésta, señores y señoras, es mi historia.

@PattiSD 

jueves, 1 de noviembre de 2012

La belleza del sol



Siempre había intentado imaginarme cómo sería. A mis cuarenta y dos años por fin estaba en la habitación después de una operación de cinco largas horas. Una venda cubría mis ojos, pues podía sentirla alrededor de mi cabeza.
El médico me había dicho que la mantuviera veinticuatro horas después de la operación y ya llevaba tres horas que había permanecido durmiendo. Jessica, mi hermana mayor, estaba conmigo en la habitación. Me había dicho que había una amplia ventana y que le tomaría una foto para cuando pudiera ver, porque dentro de una hora nos iríamos a mi casa en los alrededores de Madrid, en un pueblecito en el que hay mucha flora. Las vistas de la ventana (decía) daban al otro edificio del hospital nuevo de Infanta Sofía y por un lado se veían las hermosas palmeras que habían plantado en la entrada.
Yo estaba impaciente por ver. Ver los árboles, verdes en primavera, de cálidos marrones en otoño y fríos grises y blancos en invierno... Ver los pájaros que cantaban cada mañana, a mis dos hijos Pablo y Amanda y a mi marido con el que llevaba casada diez felices años, el cual había permanecido pacientemente toda la noche en la sala de espera cuando me operaban y cuando dormía sentado a mi lado, pero mi hermana le había casi obligado a que se retirara a descansar diciéndole que ella le relevaba. A parte de que quería ver todo aquello a lo que me alcanzara la vista, lo que de verdad tenía ganas de observar eran los rayos del sol. Toda mi vida imaginándome como sería despertarse cada mañana con los rayos del sol en la cara y con la visión de mis hijos revoloteando con la ilusión de ver a sus amigos en el colegio, sabiendo con seguridad que les he peinado bien y que van con la ropa adecuada…
Mientras pensaba en cómo estaría de guapa mi hermana ya mayor desde la última vez que la vi, hacía tantos años antes del accidente, me advirtió de que ya era la hora de irse a casa.
Con toda mi ilusión me colgué el bolso, que me tendía Jess, del hombro después de vestirme y me fui palpando las paredes pensando que estas eran las últimas veces que tendría que tocar todo para poder avanzar.
Mi hermana me agarró del brazo y con la confianza que me confería bajamos en el ascensor.
Ya me había despedido de las enfermeras, que tan amablemente me habían ayudado en todo lo que necesitara, y le regalé a Clara, con la que había entablado más conversación, una tarjeta con una foto de nosotras dos. Claro está, que yo tenía fotos de todas ellas, para poder reconocerlas y saber cómo eran, además Jess había escrito sus nombres debajo de cada cara.
En ese momento me entraron ganas de correr, de ir hacia el coche, a pesar de no saber ni donde estaba, y conducir dirección a mi casa para ver a mi familia... tenía tantas ganas...
Seguro que todo sería precioso. Estábamos en primavera, cosa que me entusiasmaba muchísimo, porque echaba de menos los colores de las flores.
De repente tuve miedo. ¿Y si todo lo que recordaba y creía conocer no era como yo lo recordaba? ¿Y si no sabría acostumbrarme a esta nueva vida? Lo peor de todo eran los pensamientos de inseguridad, los pensamientos que atenazaban mi mente con sus dudas sobre la operación, y sobre si daría efecto y podría ver de nuevo.
Mi hermana me hablaba cuando subimos al coche y me esforcé en escucharla, porque ya me había perdido en el hilo de mis pensamientos.
Mis sentidos estaban tan agudizados por los nervios que podía oír el sonido de las ruedas del coche al girar y rodar sobre el asfalto. Sentía calor en mi cara, y sabía que eso significaba que hacía sol y que éste me llamaba e insistía en que abriese los ojos.
El viento soplaba suave. Bajé la ventana y asomé los dedos un poco, para notar su caricia en mis yemas.
El olor a menta en el coche lo llenaba todo. Tantos años y mi hermana seguía usando el mismo ambientador de coche. Te despejaba las fosas nasales y te llegaba al cerebro recreándote una imagen de inmensos valles, con viento fresco y un lago cristalino. También recordaba al olor de la pasta de dientes, pero eso era menos especial y a mí siempre me ha gustado lo especial, las cosas que te hacen sentir que son únicas porque son tuyas, porque aunque alguien más las utilice, siempre te vendrá a la mente tu uso, su uso por las personas a las que quieres.
 Jessica puso la radio, pero ya estábamos llegando, no se por qué, pero lo sentía en mi pecho, cómo mi corazón se hinchaba y creía que se me saldría y alcanzaría el cielo, el mundo.
Cuando Jessica aparcó me temblaban las piernas.
Todavía me faltaban muchas horas para poder quitarme la venda, pero la excitación y el deseo, me hacían temblar de arriba a abajo, como si una corriente pasara por mi cuerpo y saliera, como si solo estuviera de paso pero la siguieran muchas más.
Creo que se notó cuán nerviosa estaba, porque mi hermana me cogió una mano y me susurró que me tranquilizara. No iba a pasar nada malo, incluso podría volver a pintar como lo hacía antes, me dijo. Estaba tan nerviosa...
Parecerá una tontería, pero había sufrido mucho cuando perdí la visión. A mí me encantaba leer a todas horas, me encantaba quedarme embobada mirando algo, un paisaje, un cuadro, una foto, algo que me encantara. Pero desde el accidente no pude hacerlo y esta oportunidad que se me ofreció, aquél donante... fue como si naciera de nuevo.
Oí los gritos de mis hijos y sus rápidas pisadas por la acera que conducía a la calle, donde nos encontrábamos mi hermana y yo en el coche.
Respiré profundamente y bajé del coche. Mis hijos me abrazaron y me llenaron de besos y de palabras de alegría. Que me habían echado de menos, que Amanda se iba a hacer un peinado muy bonito para que cuando pudiese ver la viera muy guapa. Pablo me dijo que él no se haría un peinado bonito, porque quería que le viese como era siempre.
No pude evitar llorar. Tenía tantísimas ganas de verlos...
Oí la voz de mi marido, David, el cual me leía todas las noches la novela que yo quisiera y no podía sentirme más orgullosa de haber encontrado un hombre tan bueno.
Cuando llegó hasta mí me abrazó y con la ayuda de mi hermana cogieron mis maletas y me acompañaron hasta la puerta de la casa. Abrí la puerta y mi hermana dijo que tenía que marcharse y volvería mañana para poder “vernos”.
Esa noche, mis dos hijos pequeños, mi marido y yo, dormimos juntos en la cama de matrimonio, arropados por una gran manta, esperando que se hiciese de día.
A la mañana siguiente, cuando desperté me giré y vi el reloj, eran las diez y media y mi familia seguía durmiendo conmigo. Cerré los ojos y suspiré, pero de repente los volví a abrir mucho y miré la habitación. Gritando de alegría desperté a mi familia. Amanda subió la persiana, dejando entrar a la habitación la belleza del sol.

@PattiSD 
Patricia Sánchez Díaz