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jueves, 25 de octubre de 2012

La bestia tras la piel

La bestia tras la piel - Ilusiones de tinta

Los gruñidos se escuchan cada vez más lejos. Parece que lo que quiera que te esté persiguiendo, ha desistido en continuar en tu búsqueda. Aunque no por eso dejas de caminar. Puede que en cualquier momento decida volver a por ti.
Vagas sin rumbo por el espectral bosque. Esperando encontrar una salida con la que poder escapar de este infierno.
La luna llena reina solitaria en ese siniestro cielo negro sin estrellas. Fue en el momento en el que se alzó la luna llena cuando, tu y tus amigos comenzasteis a escuchar esos aullidos lejanos a los que no disteis ninguna importancia. A ninguno de vosotros os importó que en ese bosque apareciesen descuartizados varios excursionistas. Es más, eso es encantó. Ya que las chicas que llevasteis a vuestra acampada, se mostraron más “accesibles” cuando les metisteis el miedo en el cuerpo a base de truculentas leyendas urbanas y escalofriantes historias, que las echaron literalmente a vuestros brazos.
Pero, las pisadas se hicieron más fuertes, y los gruñidos podían escucharse nítidamente en el silencio de la noche. Y de repente, todo eran gritos de auxilio y aullidos estremecedores. Sangre y lágrimas.
Tú fuiste listo, y escapaste de esa carnicería a tiempo. Mientras tus compañeros trataban de herir inútilmente a esa criatura.
Eso había ocurrido aproximadamente hacía diez minutos. Durante todo ese tiempo, te vistes obligado a correr por tu vida. Mientras tus amigos chillaban de dolor al ser destrozados por las fauces de aquella misteriosa bestia.
Unos muros de fría piedra y una verja de metal oxidado se materializaron delante de ti.
“Cementerio” te repites aquella palabra tres veces al leerla en la vieja verja.
Nunca has escuchado que en el interior del bosque, existiese un cementerio. Claro que, nunca te hablaron de aquella bestia que habitaba en el, así que ¿Quién sabe cuantos secretos guarda este aterrador lugar?
Te resistes a cruzar el umbral del cementerio. Nunca te han gustado esos lugares y siempre los has evitado en la medida de lo posible. Pero aquellos aterradores aullidos te obligan a tomar una respuesta inmediata. Y como no te ves en condiciones de enfrentarte a aquel monstruo desarmado. Te atreves a enfrentarte a tus miedos y a entrar a ocultarte en aquel fúnebre lugar.
Es un cementerio abandonado de eso no te quepa ninguna duda. Lo constatas al reparar en todas las malas hierbas que crecen por todos lados, y en el mal estado de las lápidas.
Te fijas en un detalle insólito al posar la mirada en esos monumentos funerarios. Y es que, en ninguno de ellos figura el nombre del fallecido, ni la fecha de defunción, ni nada que indique la identidad de quienes reposan eternamente en aquellas anónimas tumbas.
Detienes tu camino, cuando te encuentras delante de un mausoleo con las puertas de metal abiertas de par en par. Como si, los que allí estuviesen enterrados, esperasen la visita de unos familiares que llorasen su pérdida y que nunca llegan.
No te quedan más opciones que la de refugiarte en aquella edificación funeraria y esperar a que el día reinase.
Cuando cierras las puertas de metal te envuelve la más densa de las oscuridades. Es entonces cuando te acuerdas de que en el bolsillo derecho de tus pantalones. Guardas un mechero que enciendes al momento. La pequeña llama ilumina tu rostro, y revela miles de motas de polvo que llenan el interior del mausoleo. En ese momento, agradeces no ser asmático, ya que estarías en un serio problema.
Te atreves a adentrarte en ese tenebroso lugar, esperando encontrarte las tumbas de toda una familia. Pero la construcción parece vacía. A excepción de unas escaleras situadas en el centro del mausoleo que descienden hacía las entrañas del cementerio.
Piensas en la posibilidad de salir de aquel lugar cuando, de las profundidades del mausoleo, una voz espectral te reclama por tu nombre.
Lo lógico sería escapar de allí, pero la voz parece tener un efecto hipnótico en ti. Ya que, en ese momento te descubres bajando las escaleras e introduciéndote en las entrañas de lo desconocido.
Llegas sano y salvo a lo que parecen ser una red de túneles subterráneos. El repentino correteo de una traviesa rata hace que te pongas en camino. Sin saber bien a donde te diriges.
La voz vuelve a reclamarte, y te lleva por lugares en los que las telas de araña te obligan a apartarte, para no tener esa asquerosa sustancia recubriendo todo tu cuerpo.
Por fin llegas al lugar del que procede la voz. Una puerta de acero hundida en la roca, que se abre automáticamente. Con un desagradable chirrido de sus oxidados goznes.
El mechero se queda de repente sin combustible y se apaga. Pero no importa, ya que el lugar en el que entras, esta iluminado con miles de velas.
Es una cripta. Lo sabes en el momento en el que reparas en el ataúd de piedra situado en el centro de ella.   
Entras en ese siniestro lugar recorriéndolo con la mirada. Era un lugar poco acogedor. Había estanterías llenas de libros polvorientos, decenas de aparatos de tortura propios de la Inquisición. Esqueletos y calaveras de todos los tamaños y formas y muchas más cosas que te producen un escalofrío que recorre tu espalda como una serpiente sinuosa.
El ataúd de piedra se abre. Y de su interior, sale un ser que te recuerda, a un famoso personaje, de una vieja serie de televisión de los noventa.
Su piel es acartonada. Unos cuantos mechones de pelo plateado coronan su calva. Su boca repleta de podridos dientes parece estar marcada por una eterna sonrisa. Y sus ojos faltos de parpados, te observan inquisitivamente.
-Bienvenido a mi cripta inesperado visitante.-te saluda el animado cadáver, mientras abandona su féretro y se alisa sus antiguos ropajes.-Veo que has decidido aceptar mi invitación, y has venido a visitarme en esta fría noche. Debes de estar cansado. Por lo visto has estado escapando de alguien, o “algo”. Pero no temas, a este lugar no se atreven a entrar ni los vivos…ni los muertos. Aunque tú, eres la excepción querido amigo. ¿Qué quien demonios soy yo, me preguntas? Pues un aburrido cadáver con muuuucho tiempo libre. ¿Que cual es mi nombre? Es difícil de responder, ya que hace tanto tiempo que no uso mi nombre mortal, que se ha acabado perdido. Pero puedes usar el nombre por el que se me conoce en todo el cementerio. Llámame Señor de la cripta.
Cada vez que visites este infecto lugar, te irás con la mejor sensación de todas: el Terror. Y eso lo conseguiré de una forma u otra. Puede que os deleite con mis tenebrosos relatos, o que os cuente algo sobre algún asesino o ser de ultratumba. O quizás os recomiende un buen libro o una fantástica película que podáis disfrutar, en la “seguridad” de vuestros hogares.
Como es el primer día, he querido empezar nuestro aterrador viaje, con un relato de mi macabra colección. En el, te encontrarás con mi propia versión de La Bella y la Bestia. Pero, no esperéis encontrar una historia de amor. No. En esta historia, la bestia es eso. Un monstruo sediento de sangre. Y la Bella, pues una inocente muchacha, que tendrá que evitar caer en sus afiladas garras. Así que, prepárate para afrentarte a…

La bestia tras la piel


Los continuos gritos de auxilio que la joven emitía, resonaron por los largos pasillos de aquella abandonada fábrica a las afueras de Madrid.
Nadie podía escucharla, pero ella continúo implorando una milagrosa ayuda que nunca llegaría.
Llevaba un buen rato escapando de “él” por aquellos laberínticos pasillos, y sus maltratados pies le exigían un buen descanso.
La chica decidió parar cuando un traicionero y puntiagudo cristal que descansaba en el suelo, le perforó dolorosamente la desnuda planta de su pie derecho. Ahogó un gemido dolor y buscó refugio detrás de una torre de enormes cajas de madera, que en su día debieron contener algo de valor.
Los ojos de la chica se embadurnaron de lágrimas. Aquello no podía ser cierto, lo que había visto era producto de su imaginación, aquella cosa no podía existir. La joven se repitió aquellas palabras una y otra vez, mientras se sacaba lenta y dolorosamente, el afilado cristal que se había alojado en su pie. Frustrada, la joven arrojó el sanguinolento fragmento, lo más lejos que pudo de ella.
Se había perdido. Se había internado por aquel ruinoso edificio a ciegas y en la más completa oscuridad. Tenía que buscar la salida. Debía escapar de aquella fábrica infernal y de aquel horrible ser que se escondía en ella. Quería volver a la seguridad de su casa, quería abrazar a sus padres y a su insoportable hermano pequeño. Dormir en su mullida cama, asistir a las horribles clases de su instituto. Quedar con sus amigas, enamorarse… Quería vivir.
Se tiró violentamente de los pelos. Maldijo la hora en la que había desobedecido el castigo impuesto por sus padres y  había abandonado el domicilio familiar para ir a la discoteca con sus alocadas amigas. Se lo había pasado bien, había bailado, bebido y flirteando con todos los jovencitos que se cruzaban en su camino. Pero cuando salieron del marchoso edificio a las tantas de la mañana la joven estaba sola. Sus amigas se habían juntado con un par de esculturales jóvenes y las dos los estaban comiendo a besos y lascivas caricias. Por su parte, ella no había logrado cazar a nadie que mereciese la pena. Aunque no le importó, ella no quería ganarse la fama de facilonas que ellas tenían grabado a fuego en sus provocativos escotes. Así que se despidió de aquel par de hormonas ambulantes y emprendió el camino de vuelta a su casa. Donde seguramente la estarían esperándola una furiosa pareja de progenitores armados con un poderoso castigo. De repente, no le hizo tanta gracia la idea de volver a casa. Pero, ¿Qué más podía hacer?
La chica cruzó las oscuras calles tranquilamente. A veces, algún cuarentón borracho con ganas de juerga la abordaba con asquerosos piropos que hacían reír a pleno pulmón a sus estúpidos compañeros. En esos casos, la chica los ignoraba completamente. Por suerte, ella tenía en sus orejas los auriculares de su iPod, y no tenía que escuchar la mayoría de las barbaridades que decían aquellos indeseables.
El efecto del alcohol en aquellos hombres era brutal. Muchos tenían pinta de ser serios empresarios de día, pero por la noche se convertían en babosos hombrecillos con ganas de juerga.
La chica llevaba unos diez minutos caminando por las calles de su querida Madrid. Y sólo le quedaban unos pocos minutos para llegar a la seguridad de su casa cuando lo notó.
Al principio sólo fue un pequeño soplo de aire frío. Pero de pronto, aquel gélido aire le recorrió lentamente su espalda. Como si de una suave caricia de amante se tratara.
Aterrada, la joven se dio completamente la vuelta esperando encontrarse con un violador, o un asesino dispuesto a acabar con su joven vida. Pero ninguno de aquellos monstruos la estaba esperando.
La calle estaba desierta. Los coches no cruzaban la carretera, los juerguistas ya no caminaban por las calles. Parecía que todo el mundo hubiese desaparecido, y que ella se había convertido en la única persona viva en la faz de la tierra.
Apagó su iPod y lo guardó lentamente en su carísimo bolso. Sin la música, el mundo perdió por completo su sonido.
Todo estaba en sepulcral silencio.
No se lo podía creer, ¿acaso se había vuelto sorda?, ¿No volvería a escuchar nada?, ¿Habría estado escuchando su música a tanto volumen como para que sus tímpanos hubieran reventado?
Decidió dirigirse a su casa sin más demora. Allí, su padre podría ayudarla, era un eminente médico. Pero alguien la estaba esperando en su camino.
La chica no distinguió bien lo que era. Lo único que pudo ver antes de que un oscuro manto le ocultase su campo de visión fueron unos aterradores ojos amarillos e inhumanos.
Cuando los ojos desaparecieron, todo se volvió oscuro.
No supo cuanto tiempo llevaba envuelta en sombras en aquel extraño estado de semiinconsciencia. Pero, cuando despertó sintió sus extremidades terriblemente adormecidas.
Sus ojos tardaron un poco en acostumbrarse a la penumbra del lugar. Poco a poco distinguió los objetos que la rodeaban. En una enorme y polvorienta mesa había desparramado cientos de amarillentos folios, y otros sucios objetos, cinco sillas con las patas rotas, y el apolillado colchón donde estaba recostada.
La chica se levantó algo mareada, pero logró sobreponerse. Trató de encontrar su bolso, pero, como había esperado, quién la hubiera secuestrado lo habría puesto a buen recaudo.
De repente, un terrible hedor atacó sus fosas nasales. Mientras se tapaba la nariz con una mano, la otra buscaba con desesperación el pomo de la puerta que tenía delante.
Ojala no la hubiera abierto.
Miles de velas desperdigadas por todas partes iluminaban completamente la siniestra escena. Decenas de cuerpos colgaban de oxidados ganchos en el techo, balanceándose en una continua danza macabra. Eran hombres y mujeres de todas las edades, razas, y… hasta niños. Todos en diferente estado de descomposición y desprovistos de diferentes partes de su cuerpo. Algunos no eran más que esqueléticas figuras con carne negra pegada.
Un monstruoso gruñido rebotó en la ruinosa estancia, pero ella no lo escuchó. Se dirigió con paso trémulo al centro de aquella infernal cámara de los horrores. Donde, en un improvisado altar de piedra, reposaban varios pedazos, de lo que en su día debió de ser un precioso bebé. Ahora, no era más que un triste amasijo de sangre y vísceras sanguinolentas.
Aquello era demasiado, la joven no pudo evitarlo y vomitó todo el contenido de su estómago.
No podía creer lo que sus ojos estaban viendo, aquello era una verdadera carnicería. Era un perturbador paisaje que sólo una mente enferma podría concebir en el interior de un amurallado manicomio. Cuerpos mutilados, sangre por todas partes y pilas de huesos podridos desperdigados por el suelo. La joven sabía que  aquella negra estampa le acompañaría todas las noches de su vida. Ya nunca podría dormir tranquila.
Otro gruñido la alertó, pero ya era demasiado tarde. Y fue entonces cuando él apareció.
Aquel ser parecía arrancado de una de sus peores pesadillas. Su oscura piel escamosa relucía de manera siniestra a la tenue luz de las velas. Sus garras, sujetaban lo que parecían restos carnales del infante, y todavía le colgaban tiras de flácida piel en su boca repleta de mortales incisivos.
El monstruo se erguía majestuoso sobre sus robustos cuartos traseros, mirándola fijamente a los ojos. Con aquellos ojos amarillos e inhumanos que parecían decirle: “Tú serás la siguiente”.
Escapó en el acto, no permitió que aquella cosa se le echara encima. Pero el ser no la comenzó a perseguir hasta que ella hubo abandonado su oscuro santuario.
Y allí estaba, refugiándose indefensa tras una pila de cajas mientras esperaba la llegada de aquel ser infernal.
Se preguntó por qué, aquel ser la había dejado escapar. Estaba claro que podría haberla aprisionado en cualquier momento. Pero el había esperado pacientemente a que ella se alejara lo más posible de el.
“¡Esta jugando conmigo!” pensó para sí la joven. “Como el gato que juega con el ratón antes de zampárselo.”
Si, sin duda era la respuesta más lógica. Aquel monstruo quería divertirse un rato con ella. Perseguirla por sus dominios y en el momento más oportuno…cazarla sin compasión como el vil depredador que era. Así, la joven se convertiría en un cuerpo más de los cientos que reposaban en su guarida. ¡Pues no lo permitiría!, no se dejaría vencer tan fácilmente.
Decidió ponerse en movimiento. Ya se encontraba mejor, había recuperado fuerzas, y la herida en su pie le dolía menos. Se aseguró de que aquel ser no merodeara por la zona, y al rato ya había dejado atrás su precario escondrijo.
Caminaba muy despacio, ya que no podía apoyar del todo la planta de su pie derecho en el suelo. Pero, tras unos metros de agudos e insoportables dolores, la joven logró llegar a una astillada puerta entreabierta. Pensó en entrar, pero la simple idea de encontrarse con otra terrorífica escena como la que había visto antes la aterrorizó. ¿Quién sabía cuantas más macabras sorpresas la esperaban tras aquella puerta? Pero el característico gruñido de la criatura que la perseguía la ayudo a tomar la decisión. Entró atropelladamente en la oscura estancia, mientras cerraba con cuidado la maltratada puerta tras de sí. Se sentó en el frío suelo y rezó a cualquiera deidad que la pudiera ayudar en ese momento.
Guardo silencio cuando escuchó los pasos del engendro cerca de ella. El tiempo transcurrió mas lento de lo habitual por cada paso que daba el ser. Cada segundo que pasaba le acercaba más a la endeble puerta tras la que se cobijaba la indefensa joven. Esta, sintió el corazón en un puño cuando los pies del negro ser pararon delante de la puerta. Aguantó la respiración y rezó en silencio para que aquel infernal ser desapareciera del mundo. Sus oraciones parecieron ser escuchadas. Ya que, después de que lanzara un gruñido, de lo que parecía frustración, el ser volvió sobre sus pasos.
La chica se mantuvo quieta, hasta que las zancadas del monstruo fueron inaudibles. Entonces lloró desconsoladamente. Quería escapar de aquella pesadilla, ya no aguantaba más.
Su mano rozó, de repente, un objeto frío y metálico que agarró esperanzada. Tuvo que concentrar mucho la vista para poder distinguir lo que era. Un mechero zippo de plata, con una preciosa águila real con las alas desplegadas grabado en el centro.
Volvió a rezar para que aún le quedase algo de combustible a aquella pequeña joya. Una sonrisa de satisfacción le iluminó el rostro, cuando una pequeña, pero poderosa y cálida llama, iluminó la fría habitación. Con paso firme, la joven comenzó a buscar decidida una salida con la que poder escapar de aquella terrible pesadilla. Pero lo que encontró fue otra cosa más perturbadora.
La chica se dirigió lentamente hacía la pared que tenía en frente suya, la cual, estaba completamente empapelada. La adolescente acercó con cuidado la poderosa llama del mechero, que iluminó de pronto decenas de fotografías. Hombres, adolescentes, niños…todas las fotografías mostraban a personas siempre sonrientes. La joven reparó de repente en una palabra que poseían todos aquellos rostros: Desaparecido.
“Miguel Costas Lama de 6 años de edad desapareció el pasado sábado 13 de mayo en los alrededores del parque del Retiro de Madrid, si alguien lo encuentra o conoce su paradero póngase inmediatamente en contacto con su familia…” La chica volvió a leer atentamente el papel, conocía aquel nombre. ¡Claro que lo conocía! Lo había oído cientos de veces en todos los telediarios. Era aquel niño que raptaron hacía ya un mes. De repente, a la mente de la joven le asaltaron las imágenes de todos aquellos cuerpos putrefactos ¿Estaría el inocente Miguel entre ellos?, ¿Fue aquel ser quién lo arrancó de las protectoras manos de su madre aquel aciago día?
Sofía Fernández de 23 años, Rafael Alonso de 34, Ricardo Escalada de 14 años… también habían desaparecido este año. Pero la muchacha siguió leyendo más carteles. Agustín Gómez desaparecido el 24 de diciembre de 1991, Lucía López desaparecida el 10 de agosto de 1984… y así hasta el último cartel, que databa en febrero del 74.
Todas aquellas personas habían sido capturadas por él. Y todas habían sido buscadas sin éxito y olvidadas para siempre en aquella endiablada fábrica. Se preguntó cuanto tiempo tardaría su foto en ocupar un lugar en aquella siniestra pared de los olvidados.
“Blanca Lahera Forteza desaparecida el 20 de abril de 2012 en alguna discoteca del centro de Madrid, si alguien la encuentra, o conoce su paradero, póngase en contacto con su familia…” Y encima de aquel texto aparecería su sonriente foto, único testigo de su paso por este mundo.
Blanca estaba indecisa, no sabía que hacer. Todo parecía perdido, aquel ser la encontraría tarde o temprano, ¿qué más daba lo que hiciese?
La joven se apartó de aquella fúnebre pared y se increpó a si misma su pesimismo. Saldría de allí viva, y alertaría a las autoridades del peligro que contenía aquella abandonad fábrica. Dirigió el mechero a su derecha y continúo su camino, pero frenó en seco al encontrarse una pila de objetos a sus pies. Predominaban las carteras y la deshilachada y ensangrentada ropa. Pero había muchas más cosas: bolsos, mochilas, navajas, relojes y decenas de móviles. Sin duda aquellas pertenencias eran los trofeos que aquel monstruo se agenciaba de los inertes cuerpos sus victimas. Además de todos los carteles de desaparecido que aquel ser debía de llevarse de las calles de Madrid. Entonces Blanca se preguntó que era aquel ser ¿acaso era un demonio salido de las entrañas del infierno?, ¿un experimento fallido de algún malvado y vil laboratorio?...  ¿¡Qué diablos podía ser aquella criatura que raptaba personas para después devorarlas cual bestia salvaje!?
Blanca decidió buscar algún móvil en condiciones con el que poder hacer una mísera llamada. Pero pronto desistió en su empresa ya que, o tenían la pantalla rota, o se habían quedado sin batería. Frustrada, comenzó a arrojar los teléfonos inalámbricos por toda la estancia, sin preocuparse por el estruendo que producían al destrozarse contra el duro suelo. De repente, y sin darse cuenta, Blanca sacó un pesado objeto de aquella inestable pila. Acercó la luz del zippo para iluminarlo, pero la chica ya sabía lo que era.
Una pistola.
De pronto, el arma se volvió más pesada en la insignificante mano de Blanca. Nunca en su vida había tocado un arma de fuego. Pero sólo su tacto, ya la hacía sentir más segura. Si aquel monstruo aparecía, Blanca lo estaría esperando para convertirlo en un colador… ¿¡Pero en qué estaba pensando!? Ella no había visto una pistola más que en películas y series de televisión. No sabía disparar, y mucho menos si funcionaba, o si aún le quedaban balas. ¿Qué podía hacer? ¿¡Qué demonios iba a hacer!?
Comenzó a caminar en círculos intentando calmarse. La pistola le pesaba más y más, y un espantoso frío la estaba congelando rápidamente. Su pie herido pisó algo blando, y chilló horrorizada. Sin poder evitarlo, la chica apuntó con la pistola al suelo. Donde un destrozado bebé de plástico le sonrío con una siniestra sonrisa. Más tranquila, y con el corazón latiendo a velocidad normal, Blanca recogió el maltratado juguete del suelo. Le faltaba el brazo derecho, y su coqueto vestidito estaba algo roto. Pero aún se podía leer algo en él, un nombre escrito en rotulador rosa permanente: Clara.
Las lágrimas volvieron a aflorar en los ojos de Blanca. Volvió a llorar. Por ella, por Clara, y por todo aquel que había perecido en aquel maldito lugar. Cuando se quedó sin lágrimas que derramar, la chica volvió a posar el triste juguete en el suelo, donde esperaría eternamente a una dueña que nunca vendría.
Agarrando con una mano la empuñadura de la pistola y con otra el mechero, Blanca se dirigió con paso firme a la salida de aquella particular sala de trofeos. Estaba preparada y decidida a acabar con aquella vil criatura aunque supusiera su fatídica muerte. Lucharía en nombre de todas aquellas victimas anónimas, mataría a aquella sabandija asquerosa. Acabaría con aquel monstruoso error de la naturaleza para siempre.
El pasillo pronto se llenó de aquellos guturales gruñidos que anticipaban la llegada de la bestia. Blanca levantó con mucho esfuerzo el arma apuntando al frente. No tuvo que esperar mucho tiempo para poder vislumbrarlo. Aquellos bestiales ojos la miraron con superioridad, y aquella boca mostró con regocijo su temible dentadura. Por su parte, Blanca le devolvió la dura mirada, y profiriendo un poderos grito apretó el duro gatillo al mismo tiempo que la bestia se abalanzaba sobre ella. En el último momento, la joven se despidió de todos sus seres queridos preparándose para lo peor.
El disparo resonó por todos los escondrijos de aquella monstruosa fábrica. Pero nadie escuchó el aullido de victoria del ganador.

Abrió los ojos con mucho esfuerzo. Había tenido una noche movidita. Recordaba haber raptado a una chica de castaña cabellera de aquellas frías calles. Su olor lo había atraído hacía ella, fue sencillo, lo único que tuvo que hacer fue hipnotizarla y llevarla a su guarida, como había hecho cientos de veces. Decidió jugar un rato con ella, ya que en casa le esperaba un delicioso y tierno tentempié con el que saciar su hambre durante unas horas.
La joven confusa y desorientada había escapado al verle. Todos lo hacían. En cuanto contemplaban su aterrador aspecto y su abundante despensa, en lo único que pensaban era en escapar. Pero era imposible. Aquella fábrica se había convertido, a lo largo de los años en su hogar. Conocía de memoria todos lo escondites posibles en los que se podía cobijar una aterrada presa.
Pero fue entonces cuando todo se torció. Aquella mocosa había encontrado su sala de trofeos. El sabía que ella se cobijaba allí, el olor de su sangre lo atraía como una abeja hacía la miel. Y su miedo se podía palpar detrás de aquella endeble puerta. Sin embargo la dejó con vida un rato más. Dejaría que la joven se arrancara las uñas con saña de pura desesperación. La idea le encantaba. Pero de pronto, la chica apareció ante él con una pistola en la mano. El monstruo no se preguntó de donde demonios la había sacado. Supuso que, entre toda aquella montaña de objetos sustraídos a sus victimas, tenía que haber a la fuerza un arma. ¿Sería de aquel pandillero dominicano que le había sentado tan mal? ¿O acaso perteneció a aquel policía local que había puesto en peligro su hogar?
La joven había disparado el arma. Y la bala atravesó la gruesa piel de la criatura adentrándose dolorosamente en su hombro derecho. Pero la bestia ignoró el dolor, y armado con sus zarpas, destrozó con saña el esbelto cuerpo de la chica.
Le había arrancado el corazón aun latente del pecho. Lo había estrujado, produciendo una lluvia de sangre que cubrió su oscura piel. Y, después de darle un violento mordisco al carnoso órgano. La bestia había lanzado un poderoso aullido de victoria que resonó por todos sus dominios. Aquella noche había vuelto a matar, había vuelto a alimentarse, había vuelto a ser la bestia.
Se levantó algo mareado del sucio camastro, donde había descansado durante unas pocas horas. Y se dirigió con paso trémulo hacía el agrietado espejo que descansaba en la pared de su izquierda.
La luz de la mañana atravesó la mugrienta ventana del techo y permitió al ser, verse reflejado.
Su aspecto era completamente diferente. Por las mañanas, el ser se despertaba con el aspecto de la persona de la que se había alimentado. Había poseído el aspecto de cien personas de diferente índole: el de una desdichada ama de casa, el de una atractiva prostituta, el de un ejecutivo sin escrúpulo…Aunque aquella habilidad no funcionaba con niños ni bebés. Al ser le daba igual, incluso lo agradecía. Sería muy extraño y grotesco ver a un bebé cubierto de sangre y vísceras, gateando entre decenas de destrozados cadáveres.
Blanca Lahera Forteza sonrió grotescamente al agrietado espejo. Su cara tenía sangre seca pegada, y en sus desnudos pechos y vientre, descansaban los últimos pedazos de la verdadera Blanca.
El oscuro ser posó su mirada en el hombro, donde la herida de bala había desaparecido completamente. Siempre ocurría lo mismo. Por muy profunda que fuese la herida, si el monstruo se alimentaba, esta se curaba milagrosamente.
La criatura decidió asearse un poco con el agua que recogía en un cubo en las noches de lluvia. Dejó que aquel helado líquido le recorriera su desnudo cuerpo, despegando cualquier trozo de víscera que aun se mantuviese pegado en su tersa piel.
Cuando acabó de lavarse por completo, la criatura abandonó su precaria habitación y se dirigió hacía su sala de trofeos. Cruzó la despensa, deleitándose con el olor de la carne en putrefacción. Y con aquel maravilloso olor refugiado en sus fosas nasales, la bestia continuo su camino.
De pronto, la criatura se encontró el destrozado cuerpo de Blanca tirado de cualquier manera en medio de aquel lúgubre pasillo. Detuvo su marcha y la observó detenidamente. Su caja torácica estaba reventada, y su interior no contenía nada. El corazón, los pulmones, el estómago... El monstruo se había alimentado de la joven sin compasión.
Los ojos muertos de la muchacha le observaron funestamente. Pero la criatura los ignoró. Siguió caminando y pensando para sí mismo que debía colgar el cadáver en su despensa con los demás en cuanto volviera.
Abrió la puerta de la sala de los trofeos y la cruzó hasta llegar a la montaña de pertenencias. Donde estuvo rebuscando durante veinte minutos hasta encontrar lo que buscaba: ropa limpia.
Una holgada falda, unas botas, una camisa y una cálida cazadora. El ser se vistió con aquellas impolutas prendas. Y cuando vestido decentemente, se preparó para salir a la ciudad.
Tenía trabajo que hacer.

La falsa Blanca estaba sentada en uno de los bancos del sosegado parque del Retiro de Madrid. Contemplando con fascinación la magnífica estatua del Ángel Caído.
Observando detenidamente la trágica expresión de su rostro y su figura, que se retuerce mientras una funesta serpiente se enrosca en su cuerpo. Obligándole a abandonar el reino de los cielos y precipitándole hacía las profundidades del infierno.
Llevaba una hora sentado delante de la escultura. Preguntándose el porqué en la expresión del Príncipe de las Tinieblas.
Le encantaba aquella estatua. Se podía pasar horas enteras delante de ella. Se sentía igual que Lucifer. Era un incomprendido. Habían sido expulsados del Paraíso.
Lucifer había desafiado a Dios. Pero él no le había hecho nada a nadie. Él ya había nacido así, su bestial naturaleza había nacido con él, en aquella abandonada fábrica de las afueras de Madrid.
¿Qué era? ¿un mutante?, ¿un demonio como el que dormitaba eternamente en ese parque? Nunca obtenía la respuesta a aquella pregunta. Solo sabía que por las noches se convertía en un aterrador monstruo, y que por las mañanas se levantaba transformado en alguien que no era él. Aunque no podía negar su naturaleza, sabía muy bien que debajo de aquella falsa piel, dormitaba una bestia terrible e insaciable.
Siempre había sido así, desde que despertó ya convertido en la bestia aquella fría noche del 74. Desde entonces su única preocupación en la vida era alimentarse. Y su único pasatiempo, colgar a sus víctimas por las piernas y dejarlas descomponerse al aire libre.
La gente continuaba con sus quehaceres tranquilamente. Ignorando que, muy cerca de ellos, un terrible ser los seleccionaba mentalmente para convertirlos en su próxima comida.
¿Quién podía ser el siguiente? ¿La deportiva joven que practicaba diariamente footing por orden directa de su cardiólogo? ¿La acaramelada pareja que expresaba libremente su amor en el verde césped del parque? ¿O el despreocupado artista que dibujaba al Ángel Caído en su bloc de dibujo?
Cualquiera podía ser la próxima víctima, cualquiera podía acabar en el estómago de la bestia. Y tendría que decidir rápido, ya que estaba a punto de anochecer. Y la bestia pronto reclamaría salir de su carnal prisión y divertirse con algún pobre diablo.
Su nariz captó el olor de un posible victima. La criatura se guió por aquel dulce aroma. Caminó por el parque ya vacío, mientras notaba como la bestia en su interior destrozaba el falso disfraz. Con la ayuda de sus manos, el monstruo comenzó a arrancarse tiras de piel, enseñando su verdadero aspecto.
Cuando se deshizo de toda la piel y la ropa, ya no le quedaba nada que le hiciese parecer humano. Ahora era una bestia que acechaba cautelosamente a una mujer que hacía el amor con un hombre escondidos entre frondosos arbustos.
“Perfecto” pensó para sí la vil criatura. “Cena de dos platos”.
La bestia se abalanzó sobre la incauta pareja, que yacía ajena a la pesadilla que se les echaba encima. Cuando unos ojos amarillos y inhumanos los hipnotizaron, y cuando se despertaron mareados y confusos en la guarida de la bestia. Preparados para encontrarse al verdadero infierno y al mismísimo Diablo.

                                          FIN

-Parece ser que en esta historia queda claro ese viejo dicho que dice “si la bestia se viste de seda, bestia queda” ¿No crees?
Espero que hayáis disfrutado de esta historia y del esquelético narrador que te la ha relatado. Y espero volver a verte por aquí. Recuerda, que mi cripta está siempre abierta a quines quieran disfrutar con el autentico TERROR


Rubén Giráldez González  (búscame en twitter @KillRubn)

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